No sólo problemas sanitarios y financieros carga en sus espaldas la industria salmonera. También existe una deuda pendiente con las comunidades

  • 23 junio, 2009

 

No sólo problemas sanitarios y financieros carga en sus espaldas la industria salmonera. La cuenta de pasivos también arroja una deuda pendiente con la comunidad local, celosa del impacto que tuvo esta floreciente industria –y su batallón de nuevos ejecutivos- en sus costumbres, tradiciones y medioambiente. Los aludidos reclaman estigmatización, pero reconocen que en el futuro algo tendrá que cambiar. Por Cristian Rivas (en Santiago) y Maria Eugenia Gonzalez (desde Puerto Montt

Ocurrió hace pocos días: el empresario Mario Montanari formuló varias autocríticas a la forma en que las compañías salmoneras y sus ejecutivos se han relacionado con el entorno de las regiones sureñas donde operan. Al salir del último directorio de SalmonChile, gremio que agrupa las principales firmas del rubro, dijo que había que pensar en una nueva forma de hacer salmonicultura, basada en mejores sueldos y condiciones sanitarias y, sobre todo, involucrarse más con las comunidades.

“Así, cuando un día de lluvia pasemos por un camino de tierra en nuestras camionetas y veamos a una señora caminando, nos detendremos y la llevaremos”, fueron las palabras que usó a su salida del Hotel Meliá en Puerto Varas.

 

Aunque para muchos la cita no refleje más que un bien entendido sentido común, resume de manera muy gráfica uno de los principales cargos que se hacen a los principales ejecutivos que emigraron –desde hace más de dos décadas– a la zona sur para desarrollar esta pujante industria. Se dice que con ellos llegó todo un cambio socio-cultural respecto a la relación que había antes en la zona, donde la agricultura, la ganadería y la pesca eran las principales actividades económicas, con una elite constituida principalmente por inmigrantes alemanes con quienes se compartía de tú a tú.

Se habla de gerentes que, además de hacer empresa, crearon sus propios barrios, colegios, clubes y centros de esparcimiento, y se desenvolvieron dentro de este “ghetto”, sin darle importancia a una relación más estrecha con la comunidad originaria. Esto mismo, al final, llevó a que la industria no lograra compenetrarse plenamente con su entorno ni con el resto de las actividades que también venían creciendo en esas regiones, como el turismo. Más bien, ocurrió lo contrario: crecieron diferencias y enemistades que, con el tiempo, han tomado incluso más fuerza.

La defensa del sector habla de una actividad económica que fue capaz de empujar aceleradamente a una zona alicaída, aportando mayor empleo y con él, más consumo y crecimiento de las ciudades. Dicen que en el mismo lapso de tiempo en que la industria pasó de cero a 2.000 millones de dólares en exportaciones, Puerto Montt creció de 70 mil a 175 mil habitantes, con más de 50 mil puestos de trabajo asociados directa o indirectamente a esta actividad.

Pero la visión en la comunidad local no es siempre la misma. Un breve recorrido por el centro de la capital regional basta para darse cuenta de que, si bien se reconoce el adelanto que ha traído este quehacer a la región, también hay percepciones menos positivas en la retina de las personas e, incluso, una marcada imagen de arrogancia. No faltan quienes recuerdan las declaraciones que emitió a comienzos del año pasado el presidente de SalmonChile, César Barros, cuando dijo que si desapareciese la salmonicultura, Puerto Montt volvería a la prehistoria, con lo que se ganó el reproche de un amplio espectro de habitantes sureños. “Si desaparece la salmonicultura, esas regiones vuelven a la Edad de Piedra, Puerto Montt volvería a ser Muerto Montt, capital de la Pésima Región”, fue la cita textual que utilizó en ese entonces el representante gremial.

 

 


Edificando muros

El estilo de vida de los empresarios y altos ejecutivos salmoneros no ha pasado inadvertido en el sur. Lo primero que comenta la gente en Puerto Montt es que mientras en el pasado las distintas clases sociales solían mezclarse en lugares como el banco o la plaza, el salmonero tendió a crear espacios propios. Así, mientras para los alemanes vivir en el centro de las ciudades era un avance y una comodidad, porque permitía estar más cerca de colegios y oficinas, la elección de los salmoneros fue por las parcelas de agrado, lo que se convirtió en una de las primeras fuentes de alejamiento.

La zona elegida por la mayoría fue Puerto Varas, rebautizada localmente como Salmon Hill. En los alrededores de esa ciudad –camino a Ensenada, a orillas del lago Llanquihue, Molino Viejo o camino a Alerce–, fue donde se vieron los cambios más significativos. Es por eso mismo que la ciudad a orillas del lago fue la que creció más rápidamente y atrajo la llegada de tiendas exclusivas.

Otro tanto ocurrió en Chiloé con el sector de Nercón, entre Castro y Chonchi, donde proliferó la construcción de viviendas de alto estándar, con valores por sobre los 130 millones de pesos.

La educación fue un tema que también provocó distancias. Los colegios alemanes y los de congregación, fueron –y son, por tradición–, donde se educan las elites sureñas. Sin embargo, el mundo salmonero se vinculó a otro colegio, el Puerto Varas, que ellos mismos fundaron en 1995 y del que siguen siendo parte del directorio. Aunque en esto puede haber mucho de mito, los locales ironizan con que la creación de este colegio fue para “evitar que sus hijos tomaran el típico acento sureño cantadito”. No obstante, ejecutivos de la industria que formaron parte en su creación dicen que fue únicamente porque no había capacidad instalada para la llegada de nuevos alumnos a las instituciones que ya existían.

También en 1995 surgió un instituto de similares características en Aysén, la otra región donde se desarrolló fuerte la salmonicultura. El Colegio Santa Teresa fue creado gracias a la donación de salmoneras emblemáticas como Friosur (ligada a la familia Del Río), Pesca Chile (de capitales españoles) y Salmones Antártica (de origen japonés), que aportaron el capital inicial para la compra del terreno y su edificación. Allí, los ejecutivos salmoneros también formaron parte del directorio de la fundación que administraba la entidad.

 

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La aparición de nuevas actividades también marcó la diferencia en la nueva élite local. Los salmoneros incentivaron deportes como el golf, el running, el ciclismo aventura y el esquí. Aquí sobresale el club El Alba, que surgió en 1991 y tiene entre sus socios fundadores a Jaime Donoso (D&A Representaciones Acuícolas), Juan Vergara (gerente general de Prona) y Arturo Clement (gerente general de Multiexport).

El salmonero también se asocia a lugares específicos de entretenimiento. En Puerto Varas el más conocido es el Pim´s, lugar que ha sido testigo de varios conciertos de rock y amenizado por bandas “salmoneras”. Es el caso de Anadromus, una de las más conocidas, que está íntegramente formada por ejecutivos de diversas empresas de esta industria.

 

 

El antes y el después

Sergio Martínez es un reconocido consultor de la producción salmonera. Hizo sus maletas a fines de los 80, cuando emigraron a Chiloé unos 30 ó 35 gerentes para hacerse cargo del inicio de actividades de varias empresas. En su caso, se trataba de Antarfish, por ese entonces controlada por la familia Simonetti y otros socios. Cuenta que en ese ámbito se está plenamente consciente de que no se logró establecer relaciones y se produjo un alejamiento muy grande entre muchos de los ejecutivos que llegaban y la gente regional. Pero esto no siempre fue así.

Recuerda que al comienzo la relación fue muy estrecha y los primeros ejecutivos que fundaron la industria en terreno tuvieron una vinculación particularmente cercana. Por eso, diferencia entre los que arribaron al inicio de esta nueva actividad y los que llegaron en una segunda ola, cuando lo principal ya estaba construido. Estos últimos se mostraron mucho más distantes y menos proclives a establecer lazos, principalmente por las exigencias que traían desde Santiago en cuanto al cumplimiento de metas.

“La relación de ellos con el entorno era muy leve y poco relevante, porque estaban preocupados de producir… y parte importante de los problemas que están viviendo hoy es consecuencia de esta falta de integración con una cultura que es totalmente distinta”, explica el director de Pedagogía en Historia de la Universidad San Sebastián en Puerto Montt, Pablo Fábrega.

Las disparidades –añade– pasan por el hecho de que en un comienzo todos experimentaron urgencias. Quienes llegaron al sur necesariamente tuvieron que luchar para que en sus empresas hubiera electricidad, agua y otros servicios básicos, lo que de paso también llegó a las comunidades vecinas. Eso les ayudó a entablar relaciones más cordiales con los lugarños, lo que incluso se tradujo durante algunos años en varias actividades sociales como las olimpíadas que se desarrollaron a mediados de los 90, en que participaban ejecutivos, trabajadores y gente de la comunidad.

El cambio vino después. Las empresas entraron en una segunda fase de industrialización, con mayor crecimiento y una ola de fusiones, lo que hizo desaparecer esta relación y privilegió los resultados. “La gran razón del alejamiento entre la industria y su entorno fue la frase reducción de costos que apareció a comienzos de esta década y que hizo que los ejecutivos se sumergieran hacia el interior de las empresas”, recalca.

Gerardo Saldes es otro de los ejecutivos que se instalaron en el sur. Llegó a Puerto Montt en 1986 como parte de la firma Robinson Crusoe. Dice que en su caso también hubo una relación estrecha, pero más que nada con sus trabajadores. Reconoce que mucha gente que no estaba en ese ambiente lanzó críticas hacia las compañías y sus ejecutivos, pero que mucho de lo que se ha dicho es parte de una “estigmatización”, a la que no hicieron frente adecuadamente.

De hecho, el gerente general de Multiexport, Arturo Clement, identificándose como sureño, cree que, desde un punto de vista más bien sociológico, muchas personas a nivel local “tienen complejos” con lo foráneo, y el hecho de que hayan llegado tantos afuerinos les genera suspicacias y envidias.

 

 

Poca RSE

Parte importante de esta estigmatización también tiene su origen en que la zona cuenta con precedentes anteriores de empresas que aterrizaron y no se dedicaron más que a producir y producir. Incluso, más allá de la cuenta. A mediados de los 70 llegó a la zona un contingente importante de compañías extranjeras dedicadas a la extracción de distintos tipos de especies autóctonas, como choritos, almejas, machas y hasta centolla, que por ese entonces se reproducía de manera importante en los canales interiores de la Décima Región.

La imagen que quedó de esta primera ola industrial es que se hizo una sobreex-plotación de recursos –pues sus instalaciones se movían fácilmente de un área a otra–, sin pensar en su renovación, para luego abandonar las operaciones.

La experiencia lleva a que ahora se eche de menos de parte de la industria una dedicación mayor por el fortalecimiento de las relaciones con la comunidad, y pese a que en varias empresas reconocen que han dedicado muchas horas y esfuerzo a temas de responsabilidad social empresarial –“más que varias otras industrias”, dicen– todavía hay cuestiones que no se explican. Un conocido párroco cuenta que las empresas salmoneras siempre se han mostrado distantes a la hora de solicitarles ayuda. Afirma que, hace un tiempo, para pintar su iglesia optó por recurrir a empresarios de Santiago, porque en Puerto Montt no encontró eco a su petición.

En la misma línea, otros como el ex presidente de la Cámara de Comercio de Puerto Montt y dueño del restaurante Club de Yates, Eduardo Salazar, califican la relación con el mundo salmonero como muy lejana. “A pesar de que realizamos varios intentos por acercarnos, incluso hace como dos años los llamamos para ponerlos en contacto con unos importadores de Rusia que querían comprar salmones nunca nos devolvieron los llamados”, se queja.

Por esto, las palabras de Montanari con que partió este artículo tienen hoy más que nunca su razón de ser. Todos concuerdan en que la industria es capaz de levantarse de la grave crisis financiera que vive como consecuencia del virus ISA –con deudas que sólo con la banca superan los 2.500 millones de dólares–, pero la siguiente etapa necesariamente tiene que traer cambios. Además de un mayor acento en lo sanitario-ambiental, también tendrá que traducirse en un mayor acercamiento con el medio en que conviven. Sólo así podrán volver a ser productores relevantes en el mundo.