“O si no” se llama la exposición de Carlos Altamirano que ocupa parte importante del Museo Nacional de Bellas Artes. Las obras del artista, que van desde 1976 a 2019, constituyen un repaso crítico y reflexivo a nuestra historia.

  • 1 agosto, 2019

1044 flores hechas con alambre de púas y dispuestas en toda la superficie de la Sala Matta. En las paredes Cuarenta relatos inconclusos con fichas de detenidos desaparecidos y en imágenes La historia de un hoyo junto a trozos de los muros picoteados, revelando varias capas de pintura, posiblemente una por cada exposición que ahí se ha montado.

El día de la entrevista el museo está cerrado al público porque es lunes, pero además del personal de seguridad y aseo, se puede ver a su director, Fernando Pérez, mostrándole la exposición al cirujano Héctor Valdés, y al rato aparece el fotógrafo Jorge Brantmayer que viene a retratar las obras e instalaciones de Carlos Altamirano (64). Arriba, instaladas en el ala izquierda del edificio, hay pinturas de gran formato, collages, fotografías intervenidas, un televisor que cuelga del techo mientras gotea agua y una pantalla de celular en la que los asistentes son captados por una cámara que luego proyecta sus retratos dentro de un marco dorado.

O si no se inauguró el jueves 25 de julio, y es la cuarta exposición de Altamirano en el MNBA: en 1991 presentó Pintor de domingo; en 1996, Retratos y en 2007, Obra completa. Marca además los cuarenta años desde el ejercicio Revisión crítica de la historia del arte chileno y una oportunidad para volver a preguntarse si acaso existe un arte nacional, interrogante que el artista abrió en 1979 y que hoy se puede responder en el sitio www.revisioncritica.cl. Todo de la mano de la publicación de un libro que lleva el mismo título de la muestra y que reúne una extensa conversación previa con el filósofo y fundador del Colectivo de Acciones de Arte CADA, Fernando Balcells.

Fueron cerca de dos años los que estuvo armando distintos bocetos para definir el montaje de la exposición y dos semanas las que tardaron en instalar las obras que ocupan el nivel subterráneo del museo.

Sentado a un costado del hall central, el artista, que también se dedica al diseño y a la publicidad, y que forma parte del equipo editorial de Ocho Libros y del medio digital Eldesconcierto.cl, advierte que mejor evitemos las preguntas “¿qué significa tal?” o “¿y por qué?”. Después explicará que prefiere que sea el espectador quien se responda.

-¿Vives con total noción del transcurso del tiempo?

-Sí, por un lado lo siento en el cuerpo y en la vida misma. Y con las obras me pasa lo mismo, percibo cómo el paso del tiempo hace que algunas cosas se vayan engruesando en un sentido y debilitando en otro. Por lo mismo, muchas de las obras las transformo, porque la vida así lo pide.

-¿Y cómo te afecta el tiempo?

-Me importa mucho, pero no es un drama. Es una constatación y funciono bien con ello. Al hacer una exposición lo que hago es poner al día lo que he hecho, por eso no es una retrospectiva. Todo lo que sucede aquí es hoy, más el tiempo que tienen encima. Las obras, yo y la misma gente que ya las vio. Esa evolución, que no va en el sentido de perfeccionamiento, es a estas alturas lo que más me importa. La misma obra cuarenta años después refleja justamente ese transcurso. Por eso también cobra especial sentido la obra de 1999 con un rayado callejero que dice: “Libertad a Pinochet”. Ese momento acontecido hace veinte años está muy fijo en el tiempo y marca la distancia entre 1979 y 2019, creando un hito.

-¿Las obras también cobran nuevas vidas?

-Sí, de hecho hay una que tiene un pizarrón, donde se pone la fecha de hoy. La primera fecha que tiene es de 1995, y se va cambiando diariamente mientras está en exposición. Cuando empecé a pensar en esta muestra, consideré reponer Obra completa (2007). Pensé que valía la pena hacerla de nuevo tal cual, porque me gustó y siento que duró muy poco tiempo la vez anterior. Hice los trámites, vi los permisos, pero en ese recorrido la cosa empezó a cambiar. Al poner todo lo que había hecho sobre la mesa entraron las combinaciones. Hay cosas que se apagan y otras que se encienden. Luego, en el proceso de montaje, también hay cambios.

-¿La pregunta de por qué son 1.044 flores, no procede?

-Es que hay una razón pero no me gusta decirla, es como contar el chiste. Si uno investiga un poco es deducible y me encanta la idea de dejarlo en suspenso. Hay algo, pero búscalo. Igual se me ha soltado la lengua y al final se sabe, pero prefiero retardar eso y no dar tantas pistas porque no es necesario. Las relaciones entre los textos y las imágenes son lo suficientemente elocuentes como para que tú puedas descifrar un sentido que es tan válido como el mío. Si doy el mío, lo limito a “el artista dijo que significaba esto”. No tiene mayor valor.

-¿Eres de los que revisitan sus exposiciones para ver cómo reacciona el público?

-Todos los días. Hasta ahora no he fallado. Es interesante mirar a la gente, pero te confieso que lo que más me gusta es observar la exposición misma. La hice para eso, porque son cosas que no veo excepto cuando están montadas. Imposible ver esto. Esa pintura (señala una de sus obras) la hice y no la vi hasta ahora porque es muy grande.

-También me imagino que hay un relato distinto en el todo.

-Claro, y ese me lo cuento a mí mismo. Es la única oportunidad que tengo de realmente ver –aunque suene un poco grandilocuente– quién soy.

-¿Y te ves a ti mismo como el actual o el de 20 o 40 años atrás?

-Todos. Está toda esa densidad de sensaciones y de imágenes que aparecen ahí y que es la que más me gusta ver.

-¿No te desconoces nunca?

-No, no me desconozco. Yo hago muy pocas cosas, acá está prácticamente todo lo que he hecho, eso es porque me demoro mucho en resolver algo y decir: “Ya, funciona”. Independiente que más adelante deje de funcionar o cambie su funcionamiento. En ese sentido soy muy exigente, pero también hay muchos errores de factura, un rayón en la lata o una mancha, que no me quitan el sueño, porque son parte de la vida. Cuando hago algo hay muchas técnicas presentes, y la mayoría no las domino, algunas ni las conozco antes de empezar a usarlas. Entonces al principio lo que hago necesariamente sale mal. Pero esa falla es parte del proceso.

Salir de lo obvio

-Has mencionado en distintas oportunidades al músico Frank Zappa como uno de tus referentes, principalmente por su magistral capacidad de “pegotear” ritmos. Tú usas distintos formatos y técnicas, ¿sientes que en tu arte también hay “pegoteo”?

-Hay cosas que son inconectables entre sí y encuentro la manera de juntarlas, eso se lo aprendí a Zappa. Formas completamente antagónicas que uno encuentra la manera de armonizar. Ese proceso me acomoda.

-¿Tiene que ver con hacerle el quite a lo evidente?

-Sí. Mi técnica, por así decirlo, es cuando intento establecer una relación partiendo por lo menos probable, lo más inverosímil y lo menos correcto. Y luego acercar los elementos pero desde esa incompatibilidad. Consigo que encajen, pero manteniendo distancia con la tensión máxima posible. Tratar de lograr que las imágenes, textos, técnicas, se acerquen justo hasta cuando se acoplan.

-En su momento te resististe a entrar al mercado del arte, aun cuando prácticamente ni existía en Chile. ¿Hoy cómo lo ves?

-Entiendo que existe, pero yo no participo mucho de él. Me es ajeno. No es que esté ideológicamente en contra, sin embargo, no lo necesito. No vivo del arte, por lo tanto, me es indiferente. Y por otro lado, lo que hago, por lo mismo, no es muy vendible. El mercado para mí no tiene mucha relevancia. No lo pienso demasiado.

-No te sitúas pensando en un comprador.

-Jamás.

-¿Usas redes sociales?

-No, no ocupo ninguna porque no me interesa mucho. Creo que es un griterío ensordecedor que no lleva a ninguna parte y que uno no necesita. Apenas uso el teléfono porque ya no queda otra.

-¿Qué te gustaría que pasara con esta muestra? ¿Te interesa que se reactive alguna conversación?

-Hay un conversatorio programado para el 29 y 30 de agosto donde se reanuda el proceso de la Revisión crítica. En 1979 había programado como cuatro eventos pero hice uno no más, por distintas razones, pero básicamente porque entonces me quedó grande. Ahora lo reanudo, cuarenta años después. Vamos a ver qué pasa. Suceda lo que suceda está bien, no tengo una expectativa en el sentido de lograr algo específico.

-¿O si no qué?

-Nada. No es grave, solo es. Y si no llegan respuestas nuevas, también es un dato.

-Cuarenta años después, ¿crees que es relevante que exista un arte nacional?

-No lo sé. Lo que más me inquieta de esa pregunta ahora, que es algo que no pensé hace 40 años, es cómo cresta se juntan la palabra arte y la palabra nacional.  Son completamente antagónicas, se odian entre sí. Cómo funciona esa relación, eso es lo que más me intriga. Todo se puede discutir, hay muchos puntos de vista y reflexiones entretenidas.

-¿Piensas formular alguna conclusión?

-Lo que pienso hacer es un segundo libro. O si no es el proceso previo a la exposición, especulando y revisando el escenario mental en el que estoy trabajando. El segundo debiera recopilar todo lo que suceda con esta exposición, y lo que surja del conversatorio o del sitio web.

-¿En términos de justicia y memoria, sientes que la historia del hoyo sigue estando inconclusa?

-La primera vez que hice algo con los detenidos desaparecidos, que son las mismas 40 historias que están aquí expuestas, fue el año 1995. En el gobierno de Frei Ruiz-Tagle, cuando éramos los jaguares de Latinoamérica, exultantes de felicidad por ser demócratas y mirando hacia el éxito. La biografía de ninguno de estos 40 sujetos ha cambiado una letra. El hoyo sigue completamente inconcluso.

“Soy un tipo solitario”

-Eres un reconocido lector, ¿en general lees cosas nuevas o repasas lo que ya te gusta?

-Leo muchas veces lo que ya he leído y lo que me gusta. En este momento estoy leyendo un libro que me acaba de llegar que se llama Año bisiesto, de Reinaldo Moya, escritor de Talca, y me está encantando. Leo mayoritariamente ficción y dentro de eso mi lectura favorita es Samuel Beckett, sus novelas las he repasado muchas veces.

-¿Te sientes beckettiano?

-Sí, lo envidio (se ríe). De frentón.

-¿Y puede existir la sana envidia?

-Supongo, no sé, pero lo que yo siento es envidia sin adjetivo. Pienso que lo que hace es perfecto. La manera como se instala frente al arte, su postura ética, es completamente fina. Si lograra en algún momento, aunque fuera durante cinco segundos, hacer algo como lo que él hace, estaría feliz.

-¿Con la pintura te has reconciliado?

-Digamos que no siento una pasión por la pintura. A veces pinto porque necesariamente tengo que hacerlo, es la técnica adecuada para lo que pretendo realizar. Pero no me siento un pintor ni pienso hacer demasiados cuadros en mi vida.

-Te lo pregunto por la Escena de avanzada, movimiento al cual perteneciste durante los 70, y su rechazo a esta técnica. Algunos consideran que fueron demasiado estrictos.

-Lo que pasa es que entonces las cosas eran estrictas, hay que entender el contexto. Ahora resultan muy incomprensibles las cosas que se hacían y decían en esa época, el ir contra la pintura significaba ir contra la oficialidad. La pintura es una manera de hacer arte convencional, correcto y aceptado socialmente. Y como no había muchas formas de ir contra el sistema había que hacerlo lateralmente, buscar resquicios. Uno no podía decir “Abajo Pinochet”; había que decir “Abajo la pintura”. Después ya no tuvo sentido y la pintura pasó a ser una técnica más.

-¿Tus amigos siguen siendo los artistas de ese periodo?

-Es que como soy un tipo solitario, considero amigos a gente que no veo (ríe). Yo quiero mucho a Eugenio Dittborn, y vino aquí a ver la exposición conmigo antes de la inauguración, pero no lo veía hace tres años.

-Muchos de los nombres que fueron parte de tu formación, como Eduardo Vilches o Mario Irarrázabal, siguen completamente vigentes, de hecho suenan para el Premio Nacional de Artes Plásticas. ¿Eso de alguna manera delata una falta de recambio generacional?

-Ahora no estoy demasiado atento a lo que sucede en el arte chileno, pero igual uno se entera, y por ejemplo Francisco Papas Fritas es un artista que no tiene nada que envidiarle a esa generación. Un tipo de ahora, que no imita, que tiene voz propia y un impacto ineludible. En los años 70s éramos muy pocos, no era tan difícil hacerse visibles. Ahora son miles de artistas tratando de parar el dedo y que los pesquen, entonces tampoco es tan fácil. No creo que sean más geniales los de antes que los de ahora, pero las circunstancias son distintas. El mercado y las escuelas de arte, que ahora son muchas, apuntan a los jóvenes en una dirección que es complicada. Los tipos están preocupados de la fama y el éxito, cosas que distancian la idea de arte. Da la sensación de que hablan de otro arte. Me sucede que para mí son tan distintos como un dentista, otra profesión completamente. Pero no soy quien para juzgarlos porque la vida puede ser difícil para ellos.