• 26 septiembre, 2018

La política tiene un aspecto indudablemente maquinal: organiza violencia. Esa violencia aspira a diferenciarse de la nuda violencia porque pretende legitimidad. Se ejerce para conjurar la violencia privada. Sin violencia política, probablemente caeríamos presa de la fuerza de los económicamente poderosos. Sin policía, aparecerían organizaciones de privados armados, guardias feudales de ricos señores. La violencia política puede además distinguirse por su publicidad o visibilidad: no es necesariamente secreta, como la mafia, sino que sujetable al escrutinio y al control. Las democracias constitucionales buscan asegurar que el ejercicio de la violencia se someta a procedimientos predeterminados y, en último término, participativos. Con todo, es innegable el aspecto eventualmente opresivo de la política, de la organización política, del Estado. Ahí están la cárcel, el juez y el arma del policía para confirmarlo.

El mundo aparece desesperanzador. A un lado se halla la disputa económica, donde prima el interés de los hábiles. No hay espacio aquí para el ocio, el arte, la inutilidad de la poesía y la divagación. Las tenazas de la maquinaria productiva subsumen la espontaneidad de la vida. O sea, a un lado está la violencia del mecanismo económico, al otro, la violencia del mecanismo político. Entre dos mecanismos padece la vida libre, afectiva y ociosa, la vida auténtica, la espontaneidad del espíritu y las inclinaciones humanas más hondas.

Fruto de procesos de desarrollo tecnológico, el llamado “tiempo libre” tiende a volverse también presa del mecanismo, del trámite, del sometimiento a reglas. El aparato, el dispositivo con pantalla, el videojuego, el programa de comunicación rápida, invaden la vida segmentándola, poniéndola en casillas predefinidas por programadores. No hay, en ese entorno virtual, misterio y novedad. La acción humana, originariamente enfrentada a la incertidumbre, a lo imprevisible, remitida cuando reflexiona al arcano desde el cual la existencia emerge, a la amplitud inabarcable de un paisaje, a los olores sutiles, a los matices de la luz real, al peso tremendo que significa vivir, queda diluida en una serie de trámites dentro de series de trámites pensados de antemano por los diseñadores del artefacto y el programa por los que transcurren las operaciones virtuales. El mundo pierde fondo, se vuelve trivialidad leve y a la mano.

La política deviene mecanismo; la economía, mecanismo; el tiempo libre según tecnología, mecanismo. ¿Dónde encontrar el lugar para experimentar autenticidad, esa plenitud a la que Rousseau llamó el “sentimiento de la existencia presente”?

Hay una larga tradición, en la que se unen todas las religiones antes de su decadencia y también cabezas heterodoxas como las de Blake, Hildegard von Bingen, Hölderlin o Hesse. Ella busca rehabilitar la remisión de la existencia humana a un fondo de misterio, desde el cual esa existencia surge, y al significado que se puede experimentar cuando las distintas partes o aspectos de esa existencia son vistos a la luz de ese fondo de misterio y sentido. Contemplando la indeterminación de esa hondura, la vida humana y las acciones no pueden sino dejar de ser nudos trámites. Los afanes de solas utilidades y riquezas aparecen ridículos contra ese trasfondo arcano y tremendo. Incluso el poder del mecanismo político se debilita cuando hay vidas que miran a la cara el misterio del origen y la muerte. Bastaría que grupos relevantes de la nación alcanzaran la lucidez sobre la situación humana, para que la mecánica de la violencia política, la mercantil, la banalidad de la existencia tecnológica perdieran, en parte relevante, sus fueros; y posibilidades inusitadas, una nueva sociedad abierta a la espontaneidad creadora y afectiva, emergiesen.