Hace más de 50 años, se inició la historia de Los Jaivas. Lo que comenzó con juegos infantiles en la casa de los hermanos Gabriel, Claudio y Eduardo Parra en Viña del Mar, se transformó en una amistad genuina y en una forma de ver la vida que sigue intacta hasta el día de hoy. […]

  • 3 septiembre, 2012

Hace más de 50 años, se inició la historia de Los Jaivas. Lo que comenzó con juegos infantiles en la casa de los hermanos Gabriel, Claudio y Eduardo Parra en Viña del Mar, se transformó en una amistad genuina y en una forma de ver la vida que sigue intacta hasta el día de hoy. Más allá de la música, es esta gran hermandad la que los ha mantenido en el tiempo, superando incluso la muerte de dos de sus integrantes originales (Gato Alquinta y Gabriel Parra). Su mirada no ha envejecido ni tampoco el espíritu inocente de esos niños viñamarinos que aún viven en ellos. Conversamos con Mario Mutis –y a la charla se unió después Claudio Parra- sobre algunos episodios iniciales de este largo viaje.

-¿Cómo comienza esta historia de 50 años, Mario?
-Yo era compañero de Gabriel Parra en quinto básico. Y Claudio era compañero del Gato Alquinta, ellos estaban en octavo. Y Eduardo también estaba en el liceo e iba a clases de vez en cuando. Eduardo andaba en su propia volada, le gustaba escribir poesía, hacer dibujos, pintar y era muy literato. Al final creo que terminó el colegio en la nocturna.

-¿Pasaban mucho tiempo juntos?
-Yo prácticamente vivía en la casa de los Parra y el Gato también. Don Héctor, el papá de los Parra, era un tipo muy especial, él nos abrió la mente y los ojos. Éramos una pandilla inseparable, hacíamos millones de juegos que los demás niños no jugaban, confeccionábamos revistas con ilustraciones de los hechos del día, jugábamos béisbol, y como los Parra vivían al lado de la Quinta Vergara, hacíamos unas casas allá arriba, era como nuestro patio y la pasabamos muy bien.

-¿Don Héctor a qué se dedicaba?
-Era muy aficionado al cine. Y en esos años, Don Héctor (“Don Hectorchion” le llamábamos ) tenía una pequeña empresa llamada Torch Films, que proyectaba películas en los cines de barrio de Valparaíso y Viña del Mar. Eduardo, Claudio y Gabriel le ayudaban en eso, corriendo con los rollos de película de cerro en cerro. Él hacía sus propios afiches y luego los colgaba en los cines.

Estuvieron en eso por un buen tiempo. Y nosotros, de paso, nos vimos todo lo que eran los musicales de esa época. También hacíamos proyecciones en la casa de los Parra. Llegaban chiquillos de los alrededores. Don Héctor había construido una pantalla ovalada de acrílico y ahí veíamos cine en blanco y negro. Y cuando no nos cachaban sacábamos los proyectores por las ventanas y poníamos las películas en las paredes de la casa de enfrente, la gente se juntaba en la calle, hacíamos escándalos desde chicos.

-¿Y la música?
-En esos años más que nada escuchábamos las radios locales, que dedicaban buena parte a la música latinoamericana: Lucho Gatica, Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, Chabuca Granda.

-¿No tocaban instrumentos?  
-No. Éramos una pandilla de niños, que hacía todas las barbaridades y locuras imaginables, y entre medio escuchábamos música. Al principio fingíamos que éramos una banda, construimos unos instrumentos de madera, inventamos varias cosas. Gabriel le robó el velador a la abuelita para usarlo como bombo de batería, y así empezó este juego que primero era mudo y que poco a poco comenzó a sonar. Éramos bien creativos, con tendencias bien distintas. Un club de Toby, donde los cinco Jaivas originales eran las piezas principales.

-¿Qué tipo de cosas hacían cuando se juntaban?
-Éramos bien hiperkinéticos, hacíamos cosas sin parar, y hasta la fecha seguimos igual. Mientras los otros niños jugaban pichangas, o a las bolitas, nosotros armábamos competencias de saltos de carrera de caballos con escobas, concursos, incluso creamos un circo, donde los protagonistas eran Eduardo, Gabriel y yo. Los tres hacíamos todos los números, reuníamos al barrio y dábamos función ante 30 ó 40 personas. Éramos los payasos, los músicos, los magos, y hasta domadores de animales. Gabriel y yo hacíamos de elefante (tapados con frazadas) y Eduardo era el domador.

-¿Nada de música todavía?
-Empezamos a ponerle más atención a la música, cuando los hermanos Parra comenzaron a tomar clases de piano, como se estilaba en esa época. Esa era una de las actividades diarias.

-¿Cuándo se presentan por primera vez como grupo?
-El 15 de agosto del 63 fue la primera vez que estos cinco amigos se subieron a un escenario. Fue en el Teatro Municipal de Viña, para un acto estudiantil del liceo. Era un grupo de 20 niños que interpretaba la canción Sueña, de Luis Dimas. Ahí estábamos los cinco originales. El vocalista, que no era de nosotros, cantó pésimo y la gente nos tiraba monedas, fue un verdadero desastre. Lo curioso es que ese tema, Sueña, fue lo último que grabó el Gato Alquinta en un estudio, antes de morir, a dúo con Lucho Dimas. Fue su canción de debut y despedida.

-Ha pasado casi medio siglo desde aquel día.
-Así es. Después de eso nos quedó gustando la cosa. El Gato tenía una guitarra, Claudio un acordeón y el piano. Comenzamos a sacar algunos temas, a desarrollar una cosa musical un poquito más seria y constante. Un repertorio popular y bailable.

-¿Y eran buenos?
-No se si tan buenos, pero le hacíamos empeño. En ese tiempo tocábamos chachachás, boleros, cumbias. Luego se sumó una guitarra eléctrica y un bajo, que Gato construyó con sus propias manos. El Gato tenía un talento natural para crear cosas y una habilidad manual extraordinaria. Todos los grupos tenían bajo, entonces me dijeron:  por qué no lo tocas tú, además tiene menos cuerdas, es más fácil! Y desde entonces quedé como bajista.

-Eran una orquesta bailable…
-Claro. Una orquesta con mucha energía. Nos llamamos Los High Bass y comenzamos a ensayar regularmente. Las primeras actuaciones fueron en el Molino Rojo de Calera, que en su vitrina exhibía un chancho con una manzana en la boca. Era un restaurante de pueblo y tocábamos los viernes y sábado. Nos íbamos en tren y de vuelta agarrábamos el último vagón que volvía a Viña. Luego de eso, tocamos en la Boite Neptuno, de Caleta Abarca, donde la gente iba a comer y luego a bailar. Nosotros éramos la orquesta estable y aprendimos muchísimo. El Gato ya era nuestro solista. Allí aprendimos las técnicas de manejo de público.
Hacíamos unos shows bien locos. Gabriel inventaba personajes, se disfrazaba, se ponía capas, y lo pasábamos el descueve. Éramos bien payasos. Nos estábamos formando juntos como músicos, igual como nos habíamos formado juntos como niños. Descubrimos las cosas al mismo tiempo.

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-¿Se imaginaban una carrera como grupo?
-En esa época no nos cuestionamos mucho si íbamos a seguir en esto o no. Pero fue un proceso, la música fue siendo cada día más importante, Y cuando comenzamos a tocar en la boite Neptuno nos dimos cuenta de que era un trabajo al fin y al cabo. Empezábamos a las 9 de la noche y hasta las 2 de la mañana, todos los días.

-¿Cómo entretenían al público?
-Pasábamos cantando entre las mesas con guitarra y acordeón, tirando serpentinas. Hacíamos el trencito, la colita, que levante la patita. En ese sentido, fuimos bien precursores de todas esas cosas. Inventamos mil cuestiones y por eso éramos famosos y muy bien contratados en la Quinta Región.

-¿Cuándo deciden dejar de ser una orquesta para comenzar a ser Los Jaivas?
-En 1967, cuando el Gato se va a recorrer Sudamérica, a buscar la vida. Cuando regresó, luego de haber estado viviendo con unas tribus, volvió diferente, con el pelo largo, con barba, era otro Gato. Y nosotros con humita y chaqueta, y nos dice que no quería tocar más la música que tocábamos, que era comercial,  y que quería que hiciéramos nuestra propia música. Y nosotros dijimos ya po, hagamos nuestra propia música.

-Un comienzo de película.
-Ahí nos crecieron las barbas, los bigotes y nos cambió la ropa. Ahora las camisas eran hechas a mano, teñidas con anilina que hacían las mujeres, pantalones de saco, sandalias, muy hippies.

-Tremenda transformacion.
-Y la música que comenzamos a hacer fue totalmente improvisada. Nos olvidamos de todo lo aprendido y empezamos a sacar desde nuestro interior una música que nos permitía expresarnos tanto como personas y como músicos, sin ataduras de armonías, de estructuras ni de instrumentos. Al principio era bien caótica, más ruido que música, pero con el tiempo eso se fue decantando. Estuvimos varios años en eso.

-Ya no tocaban en la Boite Neptuno, supongo.
-¡¡Nooo!! En esos años no nos contrataba nadie. Eramos nosotros lo que queríamos imponer nuestro sello, nuestra música y energía. Un día tocamos en la Plaza de Viña, después vinimos a Santiago, tocamos en la sala La Reforma de la Universidad de Chile, en un sótano del Museo de Bellas Artes y en el Parque Bustamante, donde finalmente quedó la mansa escoba por una redada de la policía.

-El mítico concierto del Parque Bustamante.
-Para esa ocasión, la Municipalidad de Viña nos había facilitado una micro para viajar a Santiago con los instrumentos. Vinimos con abuelas, tías, mamás, y todos terminamos  arrancando en medio de las bombas lacrimógenas. Fue un desastre, Claudio corriendo con el piano, el Gato con las guitarras. Eso fue el 69. Siempre que hemos sido pioneros en algo ha sido un desastre. Y al otro día el títular del diario era “Batalla campal entre Hippies y Carabineros”, ese fue nuestro gran estreno en la capital.

-Eran años de cambio.
-No fuimos los únicos a los que nos crecieron los bigotes y las barbas. La juventud, en general, empezó a fumar pitos y a liberarse de las estructuras. Fue un cambio cultural, que se dio a nivel mundial. E inconscientemente nosotros empezamos a representar ese cambio.

-Esa época de improvisación quedó finalmente registrada en la serie de discos La Vorágine.
-Claro, ahí se encuentran los registros de esa época, que tuvimos la suerte de grabar. Si no, no hubiera quedado ningún documento. Ahí está un lenguaje musical que antes no existía. Creamos un lenguaje que ocupamos hasta el día de hoy, y que ha servido de inspiración para grupos nuevos, que nos dicen que escucharon los discos y descubrieron ciertas cosas, ciertos sonidos. Entonces hay un valor en esa etapa.

-¿Cuándo para tanta improvisación?
-Yo creo que fue cuando sacamos el Todos juntos. Aunque ya en el disco El volantín, teníamos un mayor balance entre la improvisación y la creación de temas con más estructura. Ese disco lo grabamos en una sola noche en el estudio de la IRT en Santiago. Como no teníamos contrato, lo pagamos nosotros. Para grabar y sacar las 500 copias en vinilo, tuvimos que vender un teclado y un amplificador. Luego la IRT financiaría la grabación de Todos juntos y de Mira niñita.

-Todos juntos los convirtió en grandes figuras.
-La rompió en todas las radios. Y cuando nos hicimos conocidos, comenzaron a colgarnos la bandera izquierdista, siendo que nosotros no estábamos metidos en el tema político. Pero la juventud, que quería abrir las estructuras y pedía más participación, fue quien nos tomó como bandera o ícono de izquierda. Algo absolutamente involuntario para nosotros.

 

Los años de la UP

-(En este momento se incorpora Claudio Parra a la charla). ¿La vinculación con la izquierda tuvo que ver con el triunfo de la Unidad Popular?
Mario Mutis: Nosotros tocamos cuando salió elegido Salvador Allende, porque era un gobierno democrático. Pero en realidad no teníamos nada que ver con los partidos que respaldaban al gobierno. Fuimos atacados tanto por la izquierda que decía que éramos agentes de la CIA, como por la derecha que nos vinculaba a la KGB. El país estaba en un conflicto grande, y la gente exigía que nos definiéramos políticamente. O sea, estabas o no estabas con la revolución. Mientras otros músicos nos achacaban que no nos mojábamos el potito.
Claudio Parra: Con Todos juntos también vino la maquinaria del espectáculo para meternos en lo que era el show business. El sello quería que hiciéramos otro Todos juntos, algo en esa onda, que sonara igual. Los ejecutivos no entendían para nada nuestras ideas. Los productores de gira se acercaban para convencernos de hacer un tour, pero nuestro modo de ver la vida era incompatible con la forma en cómo se movía el negocio musical en Chile. Para nosotros, el éxito fue una casualidad, no lo andábamos buscando. Sólo queríamos difundir esta nueva música que estábamos creando.

-Más allá del estereotipo, ¿eran de izquierda?
M.M: Bueno, queríamos que Chile creciera, que los pobres mejoraran su situación y todas esas cosas, pero nuestra función en este mundo era musical. Votamos por Allende y lo apoyamos como individuos, pero no queríamos que Los Jaivas se convirtieran en un instrumento político. La política contingente no nos interesa, porque hoy día hay un gobierno y mañana habrá otro. Y consideramos que tocar para un presidente elegido democráticamente no tiene nada de malo, y en ese sentido no hacemos diferencia entre Sebastián Piñera o Ricardo Lagos.

-Ustedes se fueron de Chile el 29 de septiembre del 73. Muchos piensan que fue debido al golpe de Estado. ¿Fue así?
M.M: La partida no tuvo que ver con la cosa política. Nosotros teníamos planeado ir a Argentina desde antes, para ampliar nuestros horizontes. Íbamos a realizar dos conciertos de despedida, uno en agosto del 73 en Viña y otro el 14 de septiembre en Santiago. El de Viña lo realizamos, con la Orquesta Sinfónica Municipal, apoyada por bronces de la Armada. Pero el de Santiago, obviamente fue imposible. Recuerdo que el 10 de septiembre íbamos por Avenida España desde Viña a Valparaíso y nos cruzamos con un camión de los marinos frente a un semáforo. Y en el camión iba la banda de la Armada que nos iba a acompañar a Santiago. Y les gritamos “acuérdense que mañana tenemos ensayo” y respondieron “creo que  no vamos a poder ir” y nos quedamos plop!, hasta que despertamos al día siguiente con el último discurso de Allende y los bandos militares.

-La partida fue con todas sus familias. ¿Ya pensaban no volver?
CP: Nos fuimos en familia, porque era una condición de vida. De esa manera nos movíamos, siempre íbamos todos, con nuestras compañeras, con nuestros hijos. La verdad es que la gira por Argentina iba a ser por dos semanas. Y la íbamos a terminar con un concierto en la ciudad de Zárate, gracias a unos contactos de Julio Numhauser, que era director del sello Machitún. Luego de eso volvíamos a Chile.

-¿Y que pasó?   
CP: Pasó que Zárate era una ciudad donde había una vida muy especial, una onda intelectual. Y los zarateños se encariñaron con nosotros, y se creó una muy buena relación. Y son ellos quienes nos convencen de no volver a Chile. Nos hacen ver la dimensión de lo que pasaba. Estábamos tan metidos en nuestras vidas, que no nos dimos cuenta de la oscuridad del Golpe de Estado.

-Argentina se convierte en su patria de acogida.
CP: La gente de Zárate primero nos acoge en sus hogares y luego aparece un mecenas que nos presta una casa, donde por primera vez comenzamos a vivir en comunidad. Era una aventura y por primera vez salíamos del país como grupo. Y aunque los conciertos eran chicos, la prensa fue súper elogiosa, un reconocimiento que nunca tuvimos de la prensa chilena.

-A pesar de que los argentinos son un pueblo más bien rockero.
MM: A los argentinos les sorprendió nuestra propuesta unificadora, que incorporáramos todo tipo de música. En Argentina estaba todo más bien encasillado. Era loco para ellos que tocáramos un malambo, con guitarras eléctricas y solos de batería. La identidad latinoamericana fue nuestro sello.
CP: La acogida de los argentinos fue maravillosa. Fuimos parte de un momento muy especial en la historia de la música argentina.Al comienzo tocamos en la zona de Zárate y con eso logramos subsistir. Nuestra aspiración era llegar a la capital. Así que empezamos a ir a Buenos Aires para conseguir los primeros conciertos. Poco a poco comenzamos a realizar presentaciones, al principio bien pequeñas, en confiterías, pero luego empezamos a participar en los festivales más masivos.
MM: Fue una escalada, una estrategia aplicada. Al final hicimos tres Coliseos, el Grand Rex y el Luna Park en una oportunidad.

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-¿Cuándo se instalan en Buenos Aires?
MM: Nos fuimos a vivir a Buenos Aires a comienzos del 76. Y para variar andábamos despistados con la cosa política, cuando vino el golpe de Estado de Videla. Pero fue distinto al de Chile, porque sucede el golpe y toda la gente fue a trabajar, como que no se notó. Nos vinimos a dar cuenta del golpe cuando toman preso a Eduardo.

-¿Cómo fue eso?
CP: Íbamos a tocar a un festival en San Nicolás  y decidimos pasar a ver algunos amigos en Zárate. Y al desviarnos encontramos muchos militares y tanquetas. Nos pidieron pasaportes a todos, y preguntan quién es Eduardo Parra, y se lo llevaron detenido. Y nadie nos dió una explicación. Eduardo estaba siendo interrogado, y nos dicen que deberá quedarse, porque figuraba en una lista. En Buenos Aires fuimos a la embajada chilena. Hablamos con el agregado militar, le contamos la historia, tomó nota de todo y dijo vuelvan en dos o tres días. Y volvimos junto con Gabriel, y el militar nos comienza a cuestionar moralmente: “ustedes viven todos en comunidad, no mandan los niños al colegio, no están casados”. Así que dos días después  volvimos casados, con los niños matriculados en el colegio, con el pelo corto, con una ropa más presentable, y ahí recién nos cuentan que “Eduardo está vivo” y eso fue todo.
Luego, con amigos de Buenos Aires, conseguimos algo de información. Logramos verlo.
Y un día volvió  a casa. La pasó mal el Eduardo, lo maltrataron. Y ese acontecimiento nos hizo pensar que había que irse de Argentina. Y decidimos enfilar a Europa.

-¿Por qué Europa?
MM: Porque nos habían contado que estaba todo pasando, sabíamos de ciudades como Amsterdam, París, donde no te perseguían por andar con el pelo largo.

-¿Y fue tan fantástico?
CP: Bueno, la historia era muy diferente, los protocolos eran distintos, para arrendar un teatro había que hacerlo con mucha anticipación, y sólo llevábamos plata para vivir unos quince días. Pero ahí el destino nos ayudó. Unos amigos del músico Alberto Ledo, nos prestaron una casa en Biarritz. Una mansión. Los dueños se dieron cuenta de nuestra ingenuidad y nos ayudaron. Si no hubiera sido por esa casa no me imagino qué hubiera pasado. En Biarritz estuvimos cuatro meses y de ahí partimos a París. Pusimos un aviso en el periódico “Familia sudamericana busca casa grande” y una pareja francesa nos llamó. Fuimos a ver la casa y la encontramos increíble, pero era cara, y además, como éramos muchos, pensamos que la íbamos a arruinar. Pero los dueños insistieron en que nos quedáramos con la casa. Luego supimos que en los años de la ocupación alemana, el dueño había formado parte de la resistencia francesa y que preso por los nazis, había sido ayudado por una familia chilena. Por eso nos pidió quedarnos. Eso se llama la vida mágica.

-Igual había que pagar las cuentas.
CP: No fue fácil. De hecho, en Biarritz sólo hicimos un concierto. Quizás si hubiéramos llegado con el cuento de exiliados políticos la recepción habría sido diferente. Nunca usamos el rótulo de exiliados, y eso nos valió sospechas, porque éramos el único grupo que había llegado a Francia  por sus propios medios y que además estaba instalado en una mansión con parque propio.

-¿Cómo consiguen sus primeros conciertos?
CP: La dueña de la casa era pianista y ella nos contactó con festivales de música. Incluso nuestras cartas de residencia las conseguimos por sus contactos. Era una dosis de suerte y en parte nuestro propio impulso. El primer concierto lo hicimos en París y luego un segundo en Amsterdam. Holanda fue un lugar bien fructífero. Los holandeses y  los alemanes decían “qué increíble el sonido” y se imaginaban cosas, veían lagos, montañas, batallas, porque entendían el mensaje musical, aunque no comprendieran las letras.

 

Vida de castillo

-¿Fue muy intenso el cambio cultural?
CP: Cuando llegamos a Europa, la cosa era diferente a Sudamérica. Allá había que tener plata todos los días. Y nuestras compañeras asumieron parte de la economía. Todas ellas tejían, y en esa época estaba de moda la cosa andina. Tuvimos la suerte que la revista ELLE escribiera un artículo sobre Los Jaivas, y que les interesara nuestra vida en comunidad y que nuestras compañeras tejieran. Llevaron modelos profesionales que se pusieron los chalecos, y a cada chaleco le pusieron un nombre, Valparaíso, Atacama, Santiago. Y el artículo se llamó “Tejido, Bongo y Vida de Castillo”. De ahí parte el mito de que vivíamos en un castillo. Y de pronto comenzaron a llegar pedidos desde distintos países. Les comenzó a ir súper bien y se instalaron con un stand en un centro cultural de París.Por un buen tiempo, ellas fueron el sustento de la economía, porque el de nosotros era demasiado aleatorio.

-¿Cómo vivieron los años 80?
CP: Nosotros fuimos favorecidos por la onda andina que había en los años 70. Pero en los años 80 la cosa cambió radicalmente. Llegó el punk y lo andino pasó al olvido. Y ahí es donde comenzamos a tocar en el circuito de la solidaridad. En cada país siempre había un chileno que manejaba la cuestión. Ahí empezamos a generar más dinero, porque pagaban decentemente. Pero se suspendían muchos conciertos. Éramos felices, era la aventura que queríamos vivir. Teníamos un par de vehículos y un camión que manejaba Gabriel.. Arrendábamos los equipos de iluminación y ofrecíamos el espectáculo completo.

-Suena como esas historias que Mario contaba al principio de cuando eran niños.
MM: Los Jaivas somos la continuación de esa amistad de niños, de nuestros juegos inventados, del circo, etc. La música salió por añadidura. Nuestro espíritu lúdico, el gusto por la vida, de descubrir sigue siendo el mismo.
CP: Después de más de 50 años juntos como amigos, creo que seguimos igual. Siempre andamos buscando algo. Por eso valoramos todas estas nuevas aventuras como tocar en Chicago, ir de nuevo a Machu Picchu, a la Isla de Pascua o  a la Antártida.

-¿Piensan en el retiro?
MM: No. Ni nunca imaginamos la muerte, nunca imaginamos que uno de nosotros no estuviera. Lo más cerca que estuve de pensar en un final fue cuando Eduardo estuvo preso en Argentina.

-En algún momento se acabará la motivación
CP: Es que tú lo ves desde afuera, pero para nosotros es nuestra vida. Y nos cabe el dicho “el que nace chicharra muere cantando”. Yo creo que eso es lo que nos va a pasar. Sentados viendo televisión, eso no es para nosotros. •••