En Cholqui, cerca de Melipilla, el merlot chileno está dando la pelea por salir de la medianía y la confusión. Y es una pelea digna, heroica, que vale la pena seguir.

  • 3 noviembre, 2008


En Cholqui, cerca de Melipilla, el merlot chileno está dando la pelea por salir de la medianía y la confusión. Y es una pelea digna, heroica, que vale la pena seguir.

En Cholqui, cerca de Melipilla, el merlot chileno está dando la pelea por salir de la medianía y la confusión. Y es una pelea digna, heroica, que vale la pena seguir. Por Marcelo Soto.

Hace unos días tuve la oportunidad de participar en una cata de algunos de los mejores vinos chilenos del año y hubo dos cosas que me llamaron la atención: la extraordinaria calidad de los Sauvignon blanc y el pobre desempeño de los merlot. Estos últimos, siendo honestos, parecían jugo en polvo al lado de otros tintos. De colores tristes y aromas dulzones, daban pena…

El merlot, como se sabe, es una de las variedades más fascinantes y al mismo tiempo denostadas del planeta. Se la ha explotado tanto, en tantos lugares diferentes, que ha perdido su identidad. Y en Chile el asunto es peor. Después de descollar en los 90, el merlot nacional se fue al suelo cuando se comprobó que se trataba de carménère. Lo que antes se aplaudía como distinción, luego se apuntó como fraude, aunque el vino no tuviese la culpa.

Pese a su mala fama –en parte, por la película Entre copas, pero sobre todo porque se ha plantado donde no se debe– el merlot local todavía da la pelea y tiene un puñado de ejemplares bastante recomendables. Entre las viñas que más logros han alcanzado con esta cepa –tan mañosa como el pinot noir– destaca Tres Palacios, ubicada en una zona de Maipo Costa, cerca de Melipilla, conocida como Cholqui.

El merlot necesita climas frescos para madurar adecuadamente y suelos de buen drenaje, pues sus raíces son pequeñas en comparación a la parte exterior: con poco agua se deshidratan y con mucha se ahogan. Y hay que hacer malabares para conseguir el equilibrio.

En Cholqui, donde me recibe el enólogo Camilo Rahmer, corre una brisa fría que viene del mar y agarra vuelo debido a que las montañas forman una suerte de embudo. Los árboles se encorvan como abuelitos.

A Rahmer le gusta hablar claro y me cuenta que viene de “una escuela artesanal de vinificación. Trato de no hacer ninguna cosa rara, nada especial”. Lo miro con algo de duda y reafirma: “no es cuento, yo sé que todos dicen lo mismo… que el frescor, que la turgencia del vino, pero en mi caso es verdad y fue así desde el comienzo. La madera nunca ha sido primordial”. Para comprobar la distancia entre el discurso y los hechos, me invita a una cata de algunos de sus mejores merlot, que comienza con un sencillo Reserva 2003, que se encuentra en forma admirable. Probamos luego una serie de tres Family Vintage, de 2005 a 2007, que vale unos 6 mil pesos la botella y es una buena aproximación al merlot chileno, fresco, de notas a violeta y especias, frutal y nada pesado, más bien simple y fácil de beber. Bastante rico.

Pero si buscan un peldaño más de ambición, hay que optar por Cholqui, la etiqueta superior de la viña (16.400 pesos), de la que probamos cuatro cosechas, de 2004 a 2007. Mis favoritas fueron la primera y la última, algo en lo que coincidió Rahmer. “Me gusta el 2004 por lo que significa. Fue el primer Cholqui y era bastante jugado decir nuestro vino top va a ser un merlot. Nadie hacía merlot y habían salido artículos malos sobre el Merlot chileno. Había un cuento muy negativo y nosotros hacemos nuestro mejor vino y era un merlot. Nos tildaron de locos”.

La gracia de estos tintos es que poseen muchas capas y, pese a sus diferencias, comparten un fondo especiado y boscoso que habla del lugar. El 2006, por ejemplo, tiene una nota más tostada que el resto, más de toffee, un poco ahumada. El 2007 es súper frontal, con una fruta explosiva, aunque la barrica sigue marcando, mientras que el 2005 apunta al lado licoroso, con notas a sherry y oporto. El 2004 presenta cada vez una nota distinta, se abre y gana complejidad.

Entusiasmado con la cata, Rahmer me cuenta una de las claves de estos vinos. “Yo no soy de deshojar mucho, me gusta dejar la planta un poco wild. Si haces mucho deshoje, los vinos se empiezan a poner planos, pierden carácter… en nuestros tintos hay notas de flora nativa, clavo de olor, pimienta, son notas de terroir. Si les sacas el paraguas de las hojas a la parra y la dejas expuestas al sol, se te va la tipicidad. Los vinos quedan como mermelada, te vas a la segura en cuanto a madurez, pero en el fondo son más fomes”.