Entre tanto vino chileno sobrevalorado, da gusto volver a encontrarse con un tinto como Coyam, de Viñedos Emiliana. Por Marcelo Soto.

  • 15 mayo, 2008

 

Entre tanto vino chileno sobrevalorado, da gusto volver a encontrarse con un tinto como Coyam, de Viñedos Emiliana. Por Marcelo Soto.

 

 

Existe una estrategia típica de negocios en la que un producto nuevo entra en el mercado con un precio más alto de lo normal para después bajarlo y así dar la sensación de que algo que antes era caro hoy es barato. Es una táctica quizá algo mañosa, pero real, y en el mundo del vino se ha vuelto cada vez más común.

Si hace un tiempo el vino chileno era famoso por ser bueno, bonito y barato, en los últimos años varias compañías han intentado que las etiquetas nacionales suban de valor, a veces con méritos, a veces no tanto. Lo anterior da como resultado que el consumidor comience a sospechar de botellas que fácilmente, sin mucha historia, superan los 50 dólares como si nada.

No es el caso de Coyam 2006, una mezcla tinta de Viñedos Emiliana que nació bajo el concepto de lo orgánico, es decir en cuyo crecimiento no intervinieron ni pesticidas ni herbicidas. En otras palabras, una agricultura que intenta volver a las raíces, donde las plantas crecen en un sistema equilibrado naturalmente, sin artificios.

Esto puede sonar a marketing, más todavía si la presentación de este vino ocurre en el recargado ambiente del restaurante Mestizo. Pero Coyam 2006, del viñedo Los Robles en el valle de Colchagua, convence. No es un asunto de ideología, sino de calidad.

Se trata de un ensamblaje en que predominan las notas frescas del syrah y el merlot, junto a un poco de las especias del carménère y el cabernet sauvignon y una pizca de malbec y mourvedre, que aportan la diferencia, cuya suma tiende hacia el lado amable de la fruta. “Un vino más femenino”, según varios de los que lo probaron esa noche.

¿Quién es el cerebro detrás de esta mezcla? El nombre que aparece primero es el de Alvaro Espinoza, asesor de Viñedos Emiliana, y uno de los enólogos más reconocidos del país. Sin embargo, en su discurso dice que el verdadero padre del vino es José Guilisasti, director agrícola de la empresa. “José fue el motor”, insiste Espinoza. “Fue quien convenció al directorio de meterse en esta aventura. Y todavía no sé cómo le creyeron”. Después llega el turno del actual enólogo de Coyam, José Antonio Bravo, quien vuelve a tocar el tema de la paternidad: “Alvaro es mi chamán”, confiesa.

Coyam salió hace 6 años y eso no da para hablar de un clásico, pero ya se notan en su estilo un apronte de madurez, cierta consistencia que elude las modas y se afi anza en el carácter del viñedo. En defi nitiva, cuando hay conceptos claros sobre el manejo de la viña, poco interesa qué persona hizo el vino. Lo que importa es la fruta. Y aunque 12 mil pesos puede parecer caro, Coyam 2006 los vale.