• 8 agosto, 2008

Benazir Bhutto es una de las figuras políticas más extraordinarias de nuestro tiempo. Su peculiaridad más visible, la de haber sido una mujer a la cabeza de un país musulmán, palidece en comparación con un hecho menos conocido: fue uno de los jefes de Estado más cultos de su tiempo. No en vano se había graduado en Harvard y estudiado filosofía, política y economía en Oxford. Su doble pertenencia –undo musulmán– aparece en cada página de Reconciliation, el libro que acababa de terminar cuando fue asesinada por militantes de al-Qaeda en diciembre de 2007, y que debería haber sido un programa y acabó siendo un testamento político. Estos rasgos, a su vez, son menos asombrosos que las vertiginosas contradicciones de su carrera. En Reconciliation se presenta como una incansable luchadora por la democracia, amiga de occidente y tenaz adversaria del fanatismo. No hay razones para dudar de su sinceridad en el plano teórico; pero cuando Bhutto repasa sus dos mandatos (1988-1990 y 1993-1996), derrapa hacia el mero panfleto. Sostiene, por ejemplo, que se opuso desde un principio a la preeminencia del Talibán en el vecino Afganistán.

Párrafo escogido

El mundo sería distinto
si Occidente hubiera
adherido a sus propios
valores democráticos y
hubiera adoptado una
visión a largo plazo. Si
hubiera comprendido
que el enemigo de mi
enemigo no siempre es
mi amigo, los regímenes
represivos de Irán, Irak y
Pakistán se habrían visto
forzados a implementar
reformas. Esto, sin
embargo, no debe hacer
olvidar que la represión
y el abuso fueron en
primer lugar internos,
de musulmanes contra
musulmanes”.

Esto no es cierto: su gobierno apoyó al Talibán, e incluso envió un destacamento militar para ayudarlo a tomar el poder. Las razones fueron las mismas que tuvo Estados Unidos, en los años 80, para apoyar a los muyaidín —de los que el Talibán formaba parte— contra la ocupación soviética: el interés a corto plazo. La experiencia cambió la perspectiva de Bhutto. Estaba decidida a enfrentar a los radicales; bien lo sabía Mustafá Abu Al-Yazid, el comandante de Al-Qaeda que se atribuyó su asesinato.

¿Qué proponía Bhutto contra el extremismo? Primero, una interpretación del Islam favorable a la democracia, algo que puede resultar en exceso idealista, pero que habría sido impresionante como discurso emanado desde el Estado. Todo un capítulo de Reconciliation está dedicado a demostrar que el Corán –contrariamente a la interpretación de los fundamentalistas– prescribe la igualdad entre los ciudadanos y la rendición de cuentas por parte de los gobernantes. Resalta los conceptos de shura (consulta popular) e ijma (consenso). Acaso exagera al retratar a los antiguos califas como líderes libremente elegidos por el pueblo. Pero cuando tantos se amparan en el Corán para acallar el disenso y justificar la opresión, la visión de Bhutto importa.

En cuanto a occidente, le reclama dos cosas. Primero, el reconocimiento de que el colonialismo y la injerencia extranjera fueron dramáticamente adversos a la instalación de la democracia en países musulmanes; segundo, un nuevo plan Marshall destinado al desarrollo de esos países. Demostrar lo primero es más fácil que imaginar lo segundo. Que a lo largo del siglo XX las potencias occidentales pusieron sus intereses económicos o estratégicos por encima del respeto la democracia en países como Irán, Arabia Saudí o Pakistán es un hecho bien documentado. Bhutto argumenta de modo persuasivo que la operación encubierta de la CIA que en 1953 derrocó al primer ministro de Irán, Mohammed Mossadegh, contribuyó de manera decisiva al actual conflicto entre Islam y occidente, al tiempo que cimentó por varias generaciones el cinismo frente a la prédica democrática de Estados Unidos. Sin embargo, se ocupa en todo momento de atribuir su parte de responsabilidad a los propios musulmanes.

Benazir Bhutto, como gobernante, no estuvo a la altura de sus propias ideas. Pero acaso un día este libro sirva como modelo para una nueva y más esperanzadora clase de líder musulmán.

Gonzalo Garcés es escritor. Autor de Los impacientes.