Por: Pablo Marín Fotos: Verónica Ortíz “Tengo treinta y cuatro años. Nací el 26 de febrero de 1981 a las 19.55 en el hospital Alemán de Valparaíso. Pesé dos kilos cuatrocientos y medí apenas cuarenta y cuatro centímetros. Mi nombre es Gonzalo Eltesch Figueroa”. Casi a la mitad del breve pero sustancioso recorrido que supone […]

  • 29 octubre, 2015

Por: Pablo Marín
Fotos: Verónica Ortíz

secreto

“Tengo treinta y cuatro años. Nací el 26 de febrero de 1981 a las 19.55 en el hospital Alemán de Valparaíso. Pesé dos kilos cuatrocientos y medí apenas cuarenta y cuatro centímetros. Mi nombre es Gonzalo Eltesch Figueroa”.

Casi a la mitad del breve pero sustancioso recorrido que supone la lectura de Colección particular (Los Libros del Laurel, 2015), el autor se permite dar señas inequívocas de que él también es el narrador. No porque quiera que el lector asuma que “todo es cierto”. Y no necesariamente porque le produzca un especial goce el exponer públicamente su niñez y adolescencia. El novelista debutante habla más bien de “un acto de desesperación”.

Egresado de Literatura en la UDP y editor en el sello Penguin Random House, Eltesch agrega que quiso “agotar todas las instancias para intentar llegar a la verdad”. Que buscó “una aproximación real a mis recuerdos o a la memoria de los otros”. Y que tamaño intento era una empresa “tal vez imposible, pero necesaria”. La obra asoma como un saludable prodigio de precisión en la escritura, de tanteo en la memoria, de cruces de ficción e historia. “Una novela acerca de cómo se escribe una novela”, precisa.

La crítica ha sido elocuente. “Una narración con una fuerza y con una belleza peculiares, ambas sustentadas en un lenguaje simple y en la posición honesta del que narra”, apuntó Juan Manuel Vial en La Tercera. Antes de eso, el escritor Álvaro Bisama afirmó en Qué Pasa que la novela “a veces puede parecer un exorcismo, pero también luce una belleza marchita y quizás inédita, una belleza que sólo puede provenir de la devastación y la pena”.

Como para poner la guinda, el escritor Germán Marín la recomendó en El Mercurio entre sus lecturas recientes: “Me gustó mucho. (…) La estructura me interesó, esa cosa apretadísima que recuerda un poco la prosa de González Vera. Tiene, a la vez, la virtud de no ser pretencioso”.

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Nada mal para un debut. “Ha sido una sorpresa y una alegría”, comenta. “Cómo no estar feliz por la generosidad de autores que admiro, autores que se han dedicado a leer tu libro y a la vez a proponer una lectura. Es un respaldo que no esperaba”.

 

Lo ínfimo y lo significativo

El autor propone un mix de reporte e imaginación que no puede ni quiere rehuir el encuentro con los padres de carne y hueso. Que encara la traición a los personajes involucrados. “Mi padre finalmente me dijo qué opinaba de la novela”, se lee en la obra. “Es una falta de respeto que se ventilen asuntos privados, dijo, muy serio. Además no es una novela lo que escribiste, porque dices cosas ciertas y cosas equivocadas”.

Colección particular arranca con la evocación del episodio en que el narrador, siendo niño y encontrándose en Valparaíso, vio a Augusto Pinochet Ugarte, aún jefe de gobierno, además de capitán general. Bajaba de un Mercedes-Benz azul, acompañado de los guardaespaldas, camino a comprar alpiste para sus pájaros. Su padre, que estaba junto a él, le contó que habían estudiado en el mismo colegio porteño. Y saludó al dictador, como también lo hizo Gonzalo, “con un sentimiento de extraño orgullo. Pinochet nos devolvió el saludo con una sonrisa, y luego se dirigió al local de al lado, donde vendían semillas”.

No es el anterior un gran momento histórico, ni una línea divisora de aguas en la vida del autor/narrador. Pero pone al lector en situación y lo invita a asistir a la apertura de un baúl de los recuerdos y a los actos de imaginación que esos recuerdos despiertan. La historia de un hijo que a corta de edad ve a sus padres separarse y debe mudarse de Valparaíso a Santiago, a vivir con la familia materna.

¿La realidad y las letras son un poco indisociables en su caso?, es la pregunta que sigue: “Sí, completamente es así”, responde. “Cuando decidí estudiar Literatura, luego dedicarme a la edición, siempre tuve presente que esa opción no sólo formaba parte de un aspecto profesional, sino vital, de la existencia. No se pueden separar algunas cosas, y cuando te interesa el lenguaje, y aún más la escritura, todo se convierte en tu vida”.

Y agrega: “Cuando inicié la escritura de este libro, sabía que podía tener muchos problemas personales. Mi familia lo leería y quizás no llegaría a entender el propósito literario de escribir una novela que tuviera que ver en parte con ellos. Tenía miedo –no es mi intención para nada hacer daño–, pero era una consecuencia válida que no podía saltarme. Había que tirarse a la piscina, y lo que no sabía era si esa piscina tenía agua o no. Era un libro que necesitaba compañía, consejo, tiempo. No es un libro fácil para mí desde lo íntimo, y si no me tomaba el tiempo adecuado, sin apuro, con paciencia y comprensión, podía ser un desastre en términos personales”.

 

Los caminos de la autoficción

¿Hay que etiquetar el libro? Si así fuera, tienta vincularlo a una cierta “literatura de los hijos”, rótulo asociado localmente a obras como la de Alejandro Zambra y en el que Eltesch dice interesarse como lector, pero no al escribir: “Es un tema más, y como tema –eso es lo relevante para mí– tiene que estar bien resuelto, tal como lo hizo Philip Roth en El mal de Portnoy, o Richard Ford en Mi madre, in memoriam. Mi libro sobre todo es una novela, y lo que me importa es si resulta como tal”.

Lorena Amaro, académica de la UC y autora de Vida y escritura. Teoría y práctica de la autobiografía, ahonda en el punto: “Es un libro sobre los objetos, su apropiación, su acumulación y su ruina, en el que aparece un Valparaíso fragmentado entre el plan y los cerros, un monstruo que contiene y no cesa de arrojar objetos de todo tipo, que hablan de experiencias y memorias afectivas perdidas”.

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El asunto, reflexiona, no es quedarse pegados en rechazar o adherir a una literatura de los hijos (“que efectivamente ha logrado, quizás, demasiada notoriedad en los medios, no solo aquí, también fuera de Chile”), sino “abrir el juego y mostrar esas otras formas de hacer narrativa: el libro de Eltesch se inscribe en esta línea. Busca decir cosas nuevas y lo logra”.

Quien creyó que Colección particular andaría fue la responsable de Los Libros de Laurel, Andrea Palet. La también directora del Magíster en Edición de la UDP dice que editar a un editor pudo presagiar una tarea peliaguda, pero que no lo fue. Y explica que “cuando se trata de decidir si algo se publica, no pienso en los términos propios de los estudios literarios y sus categorías. No pretendo ser soberbia, sino todo lo contrario: yo no sé de literatura y trabajo de oído no más. Uno dice ‘funciona, merece ser publicado’. El juego de los estilos y propuestas es posterior”.

Para Eltesch, en tanto, “la ficción, sus recursos, su sinfín de posibilidades, me sirvieron como una especie de filtro y también como un sacacorchos de los recuerdos y las imágenes que estaban atascadas en la memoria. Mi interés era la transparencia, sacar todo y seleccionarlo como un anticuario hace de sus objetos, pero también mostrar cómo lo hacía, desnudar el mecanismo de la ficción. Ojalá que haya llegado a aproximarme un poco a esa honestidad, a esa verdad tan difícil de hallar: ser sincero conmigo mismo. Además, si no lo hacía de esa manera, no podía transparentar los afectos, que son cruciales en la novela. Para entender los afectos, como en una sesión de psicoanálisis, hay que avergonzarse y decir todo, aunque duela, aunque te haga daño”.

-¿Cómo incidió el lector/editor en el lado aforístico, casi poético, de la novela?
-Me interesa mucho, tal vez por trabajar tantos años en edición, la conciencia del lenguaje. Agotar al máximo el significado de las palabras, y, como lo han hecho González Vera, Federico Gana, Adolfo Couve, Alejandro Zambra, decir lo justo, lo preciso, no más, no menos. Y sin escándalo. Me gusta la literatura íntima, privada, como contar un secreto en voz alta. •••