Recuperar a las escuelas con peores calificaciones de Chile es posible, como lo testimonia en primer persona Pedro Hepp, director ejecutivo de la Fundación AraucaníaAprende.

  • 11 junio, 2008

Recuperar a las escuelas con peores calificaciones de Chile es posible, como lo testimonia en primer persona Pedro Hepp, director ejecutivo de la Fundación AraucaníaAprende.

 

El año pasado, la Fundación AraucaníAprende, con el apoyo del BID y FUDEA, tomó a “la peor de Chile”, como fue calificada la escuela San Francisco de Cunco Chico -en la comuna de Padre Las Casas- por haber obtenido el más bajo puntaje SIMCE en lenguaje y matemática de 4º básico (152 y 128 puntos, respectivamente). Sí, 128, prácticamente la mitad de lo que sacaría una escuela mediocre.

Es una escuela rural de 100 estudiantes mapuches, de alta vulnerabilidad y baja autoestima. Pero todos sanos (sanitos, así como dicen en el campo, buenos de adentro) y perfectamente equipados para aprender (los evaluamos psicológica y cognitivamente en múltiples aspectos).

Recibimos la escuela en un estado pedagógico, anímico y de infraestructura, deplorable. Una vergüenza que Chile tenga decenas de estas escuelas para educar (perdón, y alimentar, pues la comida no faltó nunca) a miles de niños pobres. Impunidad y caldo de cultivo de amargura, desesperanza y más pobreza.

Más de la mitad de la escuela, de 1º a 8º básicos, era prácticamente analfabeta y con graves déficit en matemáticas. Aplicamos la receta básica de las escuelas eficaces, cambió la directora (ahora hay una verdadera líder) y priorizamos el animar a profesores y a los niños. A los niños: talleres de todo tipo (arte, malabarismo, robótica, deportes, música, etc.). Los hicimos trabajar harto y sentir el gusto por el logro y por aprender. Además, tuvieron un intenso reforzamiento en lectura y matemáticas. A los profesores: talleres para enseñar a leer y enseñar matemáticas, junto con elevar sus expectativas en los niños y sentirse eficaces.

Logramos que un empresario “que se enamoró de dar” pintara la escuela entera, tapara goteras, pusiera luces en las salas, calefacción y leña en todas éstas, agua en los baños (hasta el día de hoy va un camión de su empresa a dejar agua día por medio), patio sin barro, libros nuevos, computadores funcionando, niños sin piojos, etc.

Resultados: la escuela subió 50 puntos en lenguaje y 57 en matemáticas (¡está entre las que más subieron en el país!). Ya es “casi normal”, falta que suba otros 50 puntos y llegamos al promedio… y ahí comienza un nuevo camino hacia la buena escuela. Pero lo mejor es que los profesores y la directora ahora quieren más, mucho más. Ellos dieron todo el ancho y son hoy nuestro mayor capital. ¡Es un orgullo trabajar con ellos! Los niños le tomaron el gusto al éxito (como premio, fueron al cine por primera vez en sus vidas) y ya se insinúan algunos talentos.

El empresario le dijo un día a todos los niños, frente a sus padres y a los profesores: yo soy empresario y les propongo un negocio: les ayudo a tener una escuela de excelencia si ustedes me pagan con esfuerzo y con aprendizaje. ¡Por la flauta, funcionó el negocio, fue un win-win!. Bueno, también sirvió que rezáramos para que saliera del último lugar.

Ayer fui a una reunión de apoderados en la escuela: solo mamás, por cierto. Sonrisas, orgullo por sus hijos, agradecimientos a los profesores. Renovaron el trato. Conclusión: es posible normalizar una escuela muy pobre en poco tiempo, con poca plata,
pero con una buena directora y con profesores que creen en si mismos y en sus niños –y no mucho más- para dejarla en un piso de dignidad mínima. Se puede, se puede…