Pocos días antes del cierre de esta edición, un acuerdo entre las autoridades de Chipre y las dirigencias del Eurogrupo y el FMI para dar forma a un plan de rescate a la atribulada isla puso nuevamente sobre el tapete el tema de la crisis que asola a gran parte de las economías del mundo desarrollado. Y lo hizo de una forma dual: nos recordó que el problema sigue ahí, sin grandes avances, y que sus implicancias son de una enorme complejidad.

En el caso del rescate a Chipre esa complejidad se expresó en que la contraprestación exigida a cambio del rescate fue un impuesto a los ahorrantes –una quita, en jerga trasandina–, lo que desató una suerte de minicorrida bancaria y una especie de corralito que bloqueó el acceso de los clientes a “sus” fondos. Como en otros casos, en éste lo que estamos viendo es una nueva manifestación de la implacable realidad económica de que una vez terminada la fiesta no queda otra que pagar la cuenta.

Aunque para ser honestos habría que añadir que una cuestión tan obvia como esa, en política no lo es tanto. O al menos no lo es en los códigos del sentido común. En política, la necesidad de no disgustar a los electores y/o la incapacidad de hacerse cargo de los problemas (o la oportunidad de endosárselos a otros), ha llevado a muchos gobernantes a tender densas cortinas de humo sobre la evidencia aritmética de sus cuentas públicas o la fragilidad de sus marcos institucionales, que están en el origen de sus problemas.

A esa “incapacidad” es justamente donde apunta el economista Ricardo Caballero, quien en la entrevista de portada de esta edición sostiene a propósito de las disyuntivas que ha abierto la crisis que “la pregunta relevante es quién paga (la cuenta) si no hay ajuste”. Añadiendo a renglón seguido que “en esto hay dos opciones: o pagan otros países, como lo quiere hacer la periferia de Europa con Alemania. O lo pagan distintos segmentos de la misma sociedad (presente y futura), como es la discusión en Estados Unidos. Este es esencialmente un problema político”.

La llamada guerra de divisas, las devaluaciones competitivas, los recortes fiscales, los aumentos de impuestos, los trillones que los bancos centrales inyectan a la vena de los sistemas financieros, son hebras de una misma trama económica que es tejida a diario por los líderes políticos y económicos de las distintas naciones. En Estados Unidos es un Barack Obama quien pone en la encrucijada a los republicanos sobre la forma de pagar la cuenta; en Italia la indefinición electoral aún no permite saber por dónde progresará la disyuntiva; y en Europa como un todo, son los distintos mandatarios quienes se disputan la perilla que gradúa los decibeles del necesario ajuste que deben vivir muchas economías de la trenza que es la eurozona.

Ricardo Caballero tiene razón, en todos estos casos lo que está en juego es “esencialmente un problema político”. Uno que aún no está claro cómo se resolverá. •••