• 6 abril, 2010


Hay que mirar con detención a aquellas empresas que van en línea con los cambios demográficos y aquellas del mundo tecnológico que aumentan la productividad y satisfacen nuevas necesidades.


Una nueva década se inicia y es bueno tratar de hacer el ejercicio de crear un portafolio de inversiones para los próximos 10 años. Todos sabemos que predecir el futuro financiero es especialmente difícil, sobre todo en un mundo cuya velocidad de cambio parece haberse acelerado. También es difícil abstraerse de los temas y modas coyunturales que suelen copar la agenda del inversionista en el corto plazo y tienden
a nublar los plazos más largos, en los cuales se suelen dar las mejores rentabilidades.

Por ejemplo, si nos retrotraemos a inicios de la década pasada, nos acordaremos de que en ese entonces los temas de inversión eran Internet y las empresas tecnológicas. Paralelamente, los países emergentes estaban especialmente rechazados luego de la crisis asiática, rusa, brasileña y argentina. Y Estados Unidos parecía la única potencia de un mundo unipolar. Diez años después sabemos que muchas de esas tendencias se revirtieron, partiendo por el colapso de las acciones tecnológicas y terminando por el de
la industria financiera norteamericana.

¿Quiere decir entonces que forzosamente las modas actuales (China, mercados emergentes, recursos naturales, Brasil) se convertirán en megafracasos y a su vez aquello hoy despreciado (Estados Unidos, Europa, Japón, bancos) nos entregará jugosos dividendos? Obligatoriamente, no. Pero no debemos olvidar que las modas se reflejan en los precios. Lo que todos aman suele venderse caro, lo que todos odian suele estar barato. Es muy probable, entonces, que los activos de moda no entreguen la rentabilidad esperada y
que algunos de los patitos feos se transformen en princesas. Todo lo anterior lleva a la necesidad de tratar de detectar qué tendencias estructurales se están dando y cómo éstas impactarán los precios de los activos más allá de la coyuntura.

Asimismo, debemos tratar de determinar cómo los cambios en los precios relativos impactarán la toma de decisiones de los inversionistas y cómo esto último afectará las rentabilidades relativas de sectores y empresas.

La primera gran tendencia es demográfica. Una parte relevante del mundo está viendo su población envejecer (y disminuir) rápidamente. Ello probablemente dividirá al mundo entre aquellos países en que el problema previsional está resuelto y aquellos en donde esto no ocurre. En este último caso habrá que evitar los mercados en que el Estado ya se encuentra sobreendeudado y, por lo tanto, no podrá honrar sus compromisos previsionales (de papel). También hay que analizar qué consumen las poblaciones con ingresos medios y altos, jubiladas y mayores de 65 años (¿servicios de salud, viajes, renta fija?). A la vez, hay que preguntarse qué consecuencias tiene este envejecimiento en la tasa de inflación y en los precios de las acciones. Por ejemplo, en los últimos 20 años el aumento de la población en edad de trabajar (entre 18 y 65 años) estuvo altamente correlacionado con revalorizaciones de los índices accionarios y con una caída en la tasa de inflación.

Podría el envejecimiento llevar a un alza de la inflación y a una caída de las razones precio/utilidad de los mercados donde esto ocurre. Personalmente, estimo que cualquier portafolio para los próximos 10 años debe incluir una buena dosis de seguro contra la inflación (UF, oro, monedas de productores de materias
primas, bonos soberanos de países solventes reajustables por inflación). A su vez, este mismo portafolio
debería incluir una dosis de empresas vinculadas al sector salud.

Otra tendencia que parece profunda e inexorable es el ascenso de una gran clase media en los países en desarrollo. Esta tendencia ha impactado los precios de las materias primas y hoy pareciera ser que
apostar por éstas y sus productores es una buena manera de ir sobre esta mega ola. Sin embargo, debemos señalar varios puntos.

El alza en los precios de los commodities ya está desatando una ola de mayor producción, otra de ahorro en su consumo y una tercera de innovación, para tratar de sustituirlos. De esta manera, parece más conveniente apostar por el auge de esta población invirtiendo en aquellas empresas que satisfacen su consumo. Algunas se encuentran en sus propios países, pero otras están ubicadas en naciones desarrolladas
y hoy se encuentran desfavorecidas por su ubicación. Las multinacionales con grandes ventas en el mundo en desarrollo hoy se transan a múltiplos no vistos en los últimos 15 años (Coca-Cola, Pepsi Cola, Wal-Mart, Banco Santander, Procter).

Finalmente, en un mundo crecientemente integrado, con cuellos de botella tanto en infraestructura como en población, con problemas de medio ambiente y necesidades de incrementar sustancialmente la eficiencia del Estado, las soluciones tecnológicas que incrementen la productividad parecen claves. Las acciones del
mundo tecnológico han estado parcialmente fuera del radar de inversionistas desde que estalló la burbuja de 2000. Hoy se transan a niveles de precio/utilidad muy por debajo de su promedio, siguen con buenas tasas de crecimiento y han vuelto a ser atractivas para el largo plazo.