La relación que tenemos por los clásicos del cine es contradictoria. Así lo atestiguan las casi mil respuestas de críticos y cineastas contactados alrededor del mundo por la revista Sight & Sound para su encuesta de las mejores películas, y que el mes pasado dio como ganadora a Vértigo, terminando con 50 años de hegemonía de Ciudadano Kane.

Por un lado, las películas del canon parecen están allá arriba, encumbradas, frías e inalcanzables; por otro, muchas de estas permanecen asociados a recuerdos tan personales que mejor ni someterlos a análisis, por temor a despojarlas de aquello que para nosotros las ha vuelto únicas.

Le pasó a aquellos que crecieron viendo a Chaplin, a quienes heredaron de su padre los westerns de John Wayne o que convirtieron al Nueva York de Woody Allen en una suerte de refugio personal; también a los que persiguieron los filmes de Tarkovski en todos los formatos y salas posibles, o que han vuelto las comedias de John Hughes en verdadera arcadia juvenil: un lugar al que siempre se  vuelve, pero en el que ya no se puede habitar.

Vuelvo a pensar en el tema, ahora que se anuncia el regreso en blu ray de uno de mis tótems particulares, Lawrence de Arabia, que revive en todo su esplendor con motivo del medio siglo de su estreno y con todas las de la ley: en una caja que incluye varios discos, libro y probablemente hasta póster. En la foto, el paquete luce lo bastante imponente como para imaginar desde ya el lugar para ponerlo en la casa, pero al mismo tiempo produce el incómodo efecto de convertir a la cinta –a este “evento”, como habría dicho su productor Sam Spiegel– en una cosa, en una estatua. Es como si me estuvieran invitando a comprar un mueble y no a volver a mirar una de mis películas favoritas…

Imagino que la sensación se diluirá una vez que el disco cargue en la consola y la pantalla despliegue una vez más la desértica metamorfosis de Thomas Edward Lawrence en Al-Orans: historiador de Oxford con vocación de antropólogo, a quien la Primera Guerra Mundial transforma de despistado militar de oficina en promotor de la revuelta árabe, aventurero, virtual mito viviente, egotista insoportable, escritor de un best seller y por último un crónico desilusionado, portador de una leyenda que se vuelve imposible de sobrellevar.

Claro, esa meditación sobre fama, figura y autorrespeto, es solo una de las muchas que en tres horas y media proponen David Lean, su guionista Robert Bolt, el fotógrafo Freddie Young y el protagonista, Peter O’Toole. A 50 años de su estreno, Lawrence de Arabia ha conseguido total validez como película de guerra, aventura romántica, filme masculino, catedral del formato scope, ambiciosa sinfonía desértica –gracias a la banda sonora de Maurice Jarre– y como uno de los primeros clásicos en ser restaurados a fondo (ver recuadro).

Una película concebida con un nivel de grandiosidad que los estudios jamás se permitieron en su era dorada, pero que al momento de su estreno sólo pudo ser considerada como el canto de cisne del cine clásico. Un producto que en su momento fue ligado tanto a las biopic tradicionales como al naciente género de la superproducción –no olvidemos que entre sus contemporáneas se encuentran las mastodónticas Espartaco y Cleopatra–, pero que hoy se ha vuelto elusivo como la personalidad de su protagonista.

Todavía es válido pensar en Lawrence como hizo alguna vez el británico Richard Attenborough, quien modeló filmes suyos como Young Winston (1972) y Gandhi (1982) a imagen y semejanza del aspecto hagiográfico y solemne que ofrecen diversas secuencias del filme; pero lo que más atrae hoy del filme, no es precisamente su costado “imperial”.

La película aún arroba y conquista por su magnética relación con la naturaleza –con la que Lean seguiría dialogando, más tarde, en Doctor Zhivago (1965) y La hija de Ryan (1970)- y su decimonónica idea de concebir al desierto sólo como otro océano donde Gran Bretaña podía expandir su influencia cultural, y en el proceso cambiar ella misma (un concepto lo bastante intenso y poderoso como para que el australiano Peter Weir haya querido evocarlo hace una década en la bellísima Capitán de mar y guerra, con Russell Crowe).

Por otro lado, el advenimiento de la primavera árabe en 2011, el proceso de revuelta y secularización del norte de África y la virtual guerra civil en Siria (en la vecindad de algunas locaciones de la propia película), solo han realzado su estatus post colonial; la sensación de que se trata de una revuelta orquestada entre ruinas propias, ajenas y arqueológicas, entre desechos de un pasado esplendor que no dejan de reconfigurarse, momento a momento, alrededor de un personaje central que –pese a todo el brillo que trasmite O’Toole– más que nunca parece un monigote de los acontecimientos, de políticas atávicas y decisiones tomadas detrás de escritorios por flemáticos señores de traje gris (como el inolvidable Mr. Dryden, encarnado por Claude Rains).

¿Qué le queda al Lawrence cinematográfico en la escena final, mientras se retira –anónimo– arriba de un jeep que corre a toda velocidad por las mismas rutas que él solía atravesar, lento y plácido, en camello? Ni más ni menos que lo que lleva medio siglo emocionando: la memoria de un amanecer sublime (el más perfecto jamás filmado), una intensa lectura del Corán en la tienda del príncipe Feisal, el desquiciado cruce por la desolación del Nefud, la brillante idea de tomar Aqaba desde el desierto, la sensación de sentirse dueño del mundo dentro de su traje de lino blanco, el descubrimiento del morbo de matar, el recuerdo de haber ganado un nombre para sí mismo, Al- Orans (“aquel para quien nada está escrito”), y, finalmente, la miseria y la salvación de reconocerse un tipo común y corriente. Imposible pedir más.

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La restauración de Al-Orans

Con los años, la historia de la restauración de Lawrence de Arabia –reestrenada en 1989- se ha vuelto casi tan legendaria como el rodaje de la película, en parte porque se trató de la primera labor de rescate en gran escala y porque, sin querer, se convirtió en el último proyecto de Lean, quien después de estrenar Pasaje a la India, vio lentamente cómo su proyectada adaptación de

Nostromo, de Joseph Conrad, naufragaba sin remedio.
Emprendido por Robert A. Harris y Jim Painten, el salvataje de Lawrence consiguió devolverle cerca de media hora a un filme que había sido mutilado para acomodar una exhibición más por día. La búsqueda de materiales originales los llevó –literalmente– por medio mundo, recuperando centímetro tras centímetro de celuloide, usando a los actores originales para recrear secciones perdidas de la banda sonora y comprobando cómo el calor extremo del desierto prácticamente “cocinó” secciones del negativo original.

Harris -quien desde entonces reconstruyó con éxito Espartaco, Vértigo y muchas otras películas- volvió a encontrarse con su trabajo un par de décadas más tarde, cuando Sony Pictures emprendió el traspaso del filme a 8K: el escaneo fue lo bastante minucioso como para detectar huellas digitales impresas en la imagen por los técnicos que manipularon el filme en las locaciones de Jordania.

Pero no se preocupen, no las verán en su televisión: fueron borradas cuadro a cuadro. Es más, el blu ray incluirá como extra la mítica “escena del balcón” entre Lawrence y el general Allenby, un trozo que Lean y Harris optaron por dejar fuera en el 89 y que sumado a los 216 minutos de metraje de la versión restaurada, acerca más que nunca el filme a los legendarios 222 que alcanzó a tener el día de su estreno, un 10 de diciembre de 1962.