Por: Juan Venegas Es indudable que la cumbia forma parte de la identidad chilena. Simplificada a comienzos de los años sesenta por Marti Palacios, fundador de la Sonora Palacios, rápidamente se transformó en protagonista de matrimonios, aniversarios y, especialmente, fiestas del 31 de enero gracias al tema Un año más, compuesto por el coquimbano Hernán […]

  • 17 septiembre, 2015

Por: Juan Venegas

baile

Es indudable que la cumbia forma parte de la identidad chilena. Simplificada a comienzos de los años sesenta por Marti Palacios, fundador de la Sonora Palacios, rápidamente se transformó en protagonista de matrimonios, aniversarios y, especialmente, fiestas del 31 de enero gracias al tema Un año más, compuesto por el coquimbano Hernán Gallardo Pavéz.

Como señala Eileen Karmy Bolton, integrante del colectivo Tiesos pero Cumbiancheros, en su ensayo Pero mi cumbia es chilena (2013), esta corriente ayuda a que la fiesta sea más participativa y se fortalezcan los sentidos comunitarios. Ésa es una de las razones probables de que el género nacido en Colombia haya calado tan profundo en nuestro país.

En las últimas cinco décadas, los ritmos tropicales han estado presentes y se han adaptado a las distintas expresiones culturales y musicales de los chilenos, desde una canción protesta como Movil Oil Special, grabada en 1969 por Víctor Jara con integrantes de Quilapayún, hasta el singular Hirohito (Eugenio León Hernández) y su éxito El viejito lolero; la popularización del Candombe para José, por Los Viking’s 5 a fines de los 70, y los vanos intentos de Don Francisco por institucionalizar desabridos ritmos tropicales como el bailongo y el tropilé.

Hoy, la cumbia vive un resurgimiento importante gracias a una generación de músicos jóvenes que la ha revivido con mezclas de géneros que incluyen rock, reggae, punk, hip hop y reggaeton. Y tal vez, lo más sorprendente es que ha dejado de ser terreno exclusivo de una clase social y actualmente es aceptada de manera transversal.

 

En busca de un origen

“La música de los latinos en el planeta es la cumbia. Interpretas una cumbia y viene todo el mundo, sean argentinos, paraguayos o colombianos. Es nuestro código, nuestro idioma”, señalaba en 2006 el cantante Joe Vasconcellos en una entrevista a propósito de su disco Destino, dedicado a ese ritmo.

Vasconcellos es sindicado por muchos como el principal impulsor de la nueva cumbia chilena cuando decide incluir en su tercer álbum, Toque (1995), la canción Las seis, escrita como homenaje a las viejas orquestas tropicales nacionales y como rescate de un estilo que hasta entonces era catalogado como menor.

“Vasconcellos reproduce con cierta fidelidad los arreglos de la Sonora Palacios y es la primera vez que una figura de una generación nueva toca una cumbia a la usanza tradicional y se convierte en un gran éxito”, recuerda el periodista David Ponce. “Luego, a fines de los 90, Chico Trujillo aparece por completo dedicado a ese género”.

Para Patricio Zúñiga, el mítico Tommy Rey, el momento que une a la vieja generación de cumbieros chilenos con los jóvenes es el concierto “Todos juntos… y revueltos”, realizado en 2000 en la pista atlética del Estadio Nacional, donde comparte escenario con Vasconcellos y Chancho en Piedra. “Había por lo menos quince mil personas y fue todo un éxito. Después de eso se da un período súper fértil y de conexión con los jóvenes, y comienzan a invitarnos a tocar en muchas universidades a lo largo del país”, recuerda Tommy.

Aunque 2001 parece marcar el inicio formal del fenómeno, con la edición del disco debut de Chico Trujillo (Chico Trujillo y la Señora Imaginación), sus orígenes parecen ser más profundos y se conectan con otros hitos culturales. Para Cuti Aste, músico y conductor del documental Pasos de cumbia, con el que recorre África occidental, Colombia, México, Argentina, Perú y Chile en busca de las distintas variantes del género, la nueva cumbia debe mucho al teatro y en especial a la obra La Negra Ester, dirigida por Andrés Pérez. El propio Aste fue integrante original de La Regia Orquesta, a cargo de la música en la obra.

“En el último capítulo del documental me llevé una enorme sorpresa cuando Joe Vasconcellos me confiesa que la música de La Negra Ester había sido una gran inspiración para él, especialmente porque éramos capaces de mezclar toda clase de ritmos”, dice. “La obra tuvo el gran mérito de reencantar a la juventud con una música más auténtica y natural, dejando atrás el formato rígido de la cueca de la dictadura. Con La Negra Ester y luego con el Unplugged de Los Tres para MTV no sólo abrimos los ojos de los jóvenes chilenos frente a la cueca, sino que en toda Latinoamérica se retomó un interés por el folclore desde una perspectiva más moderna”.

[box num=”1″]

Aste recuerda que tras la obra de Andrés Pérez, escrita por Roberto Parra, surgen entre los músicos de teatro otras iniciativas que intentan recuperar distintas clases de ritmos. “En 1992 con el Gran Circo Teatro hicimos Popol Vuh, una obra que integraba una enorme variedad de ritmos latinos y que de hecho abría con una cumbia”, dice. Otra agrupación en la que también participa Aste, y puede ser considerada como antecedente de la nueva cumbia es Doce Monos, formada junto al trombonista Héctor Briceño (Parquímetro), el pianista Camilo Salinas y el bajista Titae Lindl, de Los Tres. Hoy, Salinas es integrante de Chico Trujillo. “Entonces algo de nuestro repertorio fue a parar a la nueva cumbia chilena” reflexiona Aste.

En una vía paralela, Jorge González, figura cenital del rock chileno, juega su parte en el resurgimiento de los ritmos tropicales, con trabajos que logran una mayor repercusión en el extranjero que en Chile. Su proyecto de fusión entre electrónica y cumbia Gonzalo Martínez y las Congas Pensantes, junto a músicos como Martín Schopf y el alemán Atom Heart, influirá directamente en el conjunto mexicano Dengue Dengue y en los argentinos Sonido Desconocido, ambos exponentes de la cumbia electrónica contemporánea.

 

Cómoda y funcional

Hubo otros intentos de instalar en nuestro país ritmos tropicales como el merengue y la salsa, pero ninguno creó un vínculo tan poderoso como la cumbia. Ese vínculo plantea la cuestión sobre por qué un ritmo cadencioso y sensual prende con tal intensidad en un país sin influencia afrocaribeña, reconocido por su carácter retraído, su falta de ritmo y coordinación. ¿De dónde nace esta misteriosa conexión?

Para Juan Pablo González, director del Instituto de Música de la Universidad Alberto Hurtado, justamente ese retraimiento del chileno requiere una válvula de escape. “Como es fácil de bailar, la cumbia nos permite sentirnos libres, dueños de la pista, reyes y reinas de la fiesta. La interacción de la pareja es más juguetona, hay menos compromiso que en la cueca o en la salsa”, explica. La cumbia, además, permite que cada uno pueda bailar para su lado y a la vez establecer una relación más íntima y provocativa. “Da para todo eso y justamente por ello es más cómoda y funcional para el chileno”.

Cuti Aste considera que este tipo de música se popularizó más que otros ritmos porque es sencilla de tocar y de bailar, porque prácticamente no hay una regla respecto del baile. “Antiguamente nuestros papás y abuelos tenían que saber mambo, bolero, chachachá, tango, guaracha, mientras que la cumbia uno la baila como se te antoja, y esa aproximación democrática al baile es lo que la hace más llevadera y se vuelve el ritmo preferido, sobre todo desde los años 70 en adelante”.

En esta profana comunión de los chilenos con la corriente nacida en El Caribe juega un papel determinante el grupo pionero de este género en nuestro país, la Sonora Palacios, que desarrolla una adaptación propia. “Su fundador, Marti Palacios, se dió cuenta de que la cumbia colombiana era demasiado pausada para que los chilenos pudieran bailarla, y ha explicado que de forma deliberada la simplificó y la mezcló con la influencia cubana de la Sonora Matancera”, cuenta Ponce.

[box num=”2″]

Otro aspecto importante en la adopción de esta música entre los jóvenes es el notable cambio en la personalidad de las nuevas generaciones. “El chileno hoy es más desenvuelto, expresa con más soltura su opinión y hasta sus opciones de género. De este modo, es más desinhibido para comportarse en público y para bailar”, afirma González. Para Ponce, un joven de los años 80 tenía muchos más prejuicios que un chico de ahora. “Hoy, la gente que gusta del rock también va a escuchar cumbia, se rompió así un prejuicio que existía hace apenas veinte años. Antes las cumbias se escuchaban en radio Colo Colo. Oírlas en los años 90 en FM fue un cambio importante”.

Según Jordi Berenguer, productor de la Banda Conmoción hasta el año pasado, hubo también un cambio importante en el comportamiento en los recitales en vivo, en comparación a los años noventa, cuando la desconfianza respecto del otro todavía seguía instalada en la sociedad chilena. “El público estaba siempre tieso y si alguien bailaba lo hacía en su espacio y no compartía con nadie, aunque todos tuvieran las mismas ganas de pasarla bien. Ir al Galpón Víctor Jara en su apogeo y ver una masa de 600 personas que comparten un espacio y donde todos están en la misma, era algo inimaginable en los 80 y 90”.

 

Los patrones de la fiesta

Tras el surgimiento de Chico Trujillo y Juana Fe, exponentes populares del movimiento, se produce una explosión de bandas que reflejan el carácter poco convencional de los jóvenes chilenos, incorporando elementos de funk, rock, hardcore punk, reggaeton, hip hop, entre otros.

“Lo que surge es una cumbia más universitaria, más mestiza, juvenil y rockera también, más propia de lugares como el Galpón Víctor Jara, el bar Las Tejas o la Peña de Nano Parra que del restaurante La Tuna, donde uno podía encontrar a gente como Américo o La Noche”, señala Ponce.

Para González, dentro de la gran variedad de ropajes con que se viste la cumbia, en Chile surge uno bastante particular, que tiene que ver con la generación de músicos de rock/pop de los noventa que le agregan el sonido potente de los instrumentos electrónicos y la batería, utilizando un modo de cantar desenfadado y directo. “Sobre todo, es una nueva generación que recicla la cumbia tradicional y le da una nueva vida”, comenta.

Tommy Rey mantiene una posición distendida frente a las mixturas experimentales de los nuevos cumbieros. “Encuentro muy bien que nuevos grupos interpreten la cumbia o los ritmos tropicales a su modo. Es cierto que a veces es un poco desordenada la cosa, pero eso ha gustado y es una nueva alternativa para la gente. De hecho, hemos trabajado junto a varios de estos grupos y son muy respetuosos con nosotros”.

Si existe una figura esencial en el desarrollo de la nueva cumbia chilena, es la de Aldo Asenjo, el Macha, líder de la banda de rock La Floripondio y de su brazo cumbianchero Chico Trujillo. En 1999, durante una gira de La Floripondio por Alemania, Asenjo y los miembros del grupo crearon esta banda de cumbias. “Lo que nos pasó es que estando en Europa vimos las cosas desde otra perspectiva. Sentimos ganas de hacer música más conectada con Latinoamérica y con la sensación de que queríamos hacer bailar a la gente. La conexión con la cumbia fue algo súper natural, como que la teníamos en el ADN”, recuerda Juan Gronemeyer, percusionista del grupo.

Ese concepto se plasma en su primer disco, Chico Trujillo y la Señora Imaginación, editado en 2001. “Ese álbum es determinante, porque la banda graba las cumbias que uno escuchó en la infancia, éxitos de la Sonora Palacios o La Sonora de Tommy Rey como Agua que no has de beber o Daniela”, recuerda Ponce. El estilo que surge es inédito, sucio y salvaje, muy lejos de la formalidad de Tommy Rey. “Igual fue extraño porque éramos punks tocando cumbias, medio contestatarios y a la vez haciendo bailar a la gente. Y con los años esa cosa que partió así como jugando, terminó siendo etiquetado por la prensa como la nueva cumbia chilena”, cuenta Gronemeyer.

Desde que alcanzan popularidad en el circuito universitario, los Chico Trujillo se caracterizan por una actitud generosa. “Siempre tenía invitados en sus tocatas y eso facilitó que otros grupos surgieran, como Juana Fe, Villa Cariño, La Mano Ajena y Banda Conmoción”, recuerda Berenguer. Como parte de sus actuaciones nace también la idea de dar paso a lo que Asenjo llamó el Bloque Depresivo, que en principio eran los mismo Chico Trujillo tocando boleros melodramáticos. Según Berenguer, para el Macha, ese espacio tenía que ver con los distintos momentos que encontramos en la fiesta, cuando de la euforia se pasa a otros más reflexivos. Y resultó ser un acierto que replicaron en diversas presentaciones en Europa.

 

El despegue masivo

Hacia 2005, el Galpón Víctor Jara se transforma en el epicentro de la movida cumbiera, donde jueves, viernes y sábado todo el mundo sabe que hay fiesta tropical a la chilena. Los inicios fueron marcados por la autogestión y los músicos deben incluso preocuparse de la barra. “En un momento las bandas tenían que asumir todo, luego empezaron a aparecer productores que se encargaban de esos aspectos”, recuerda Berenguer.

[box num=”3″]

El despegue comercial del movimiento se produce con la edición del disco Afro Rumba Chilenera (2007), de Juana Fe, que incluye el tema Callejero: un retrato de las vivencias de un vendedor ambulante. Gracias a ese éxito, en 2008 Juana Fe participa en el Festival de Viña invitada por Giolito y su Combo. En paralelo a esa exposición, Chico Trujillo edita los discos Cumbia chilombiana (2006), Plato único bailable (2009) y Chico de oro (2010), que incluye su mayor éxito radial, Loca. De ese antecedente surge una infinidad de grupos que se suman a la tendencia. En 2011, con las protestas estudiantiles, las bandas se presentan en concentraciones multitudinarias donde comparten escenario de igual a igual con grupos emblemáticos como Illapu, Sol y Lluvia e Inti-Illimani.

La cumbia, que originalmente nace con un discurso rural, que relata las vivencias de los campesinos en Colombia a través de un conjunto de ritmos como la puya, el fandango y el bullerengue, se ha convertido con el tiempo en vehículo de expresión popular de todo un continente. En Argentina narra las problemáticas sociales de las villas miserias, en Perú habla de las vivencias de los inmigrantes que se van a vivir al Rímac en las periferias de Lima, y en Chile, quizás sin ese peso social, es más bien un espacio de liberación y de diversión. Ése es el extenso poder de la cumbia, que parece no tener fin. •••