En pleno barrio Yungay, en medio de la Zona Típica protegida, hace algunos meses abrió sus puertas el Museo del Sonido, el primer espacio en Chile dedicado a la historia del registro y la reproducción musical.
Fotos: Verónica Ortiz

Por una rendija se puede entrever una maqueta del taller de Thomas Alva Edison, en las vitrinas se lucen distintos modelos de gramófonos y fonógrafos, acompañados de contenido escrito con contexto histórico, imágenes, datos y citas desde David Byrne a Gastón Soublette. Al ir avanzando se activan algunos parlantes con distintos audios, entre ellos, la primera canción alguna vez registrada. Al fondo, una línea de tiempo despliega dispositivos de audio como el vinilo, el discman, el disco compacto y hasta Spotify. En el segundo piso de esta casona de 1922 hay un amplio espacio para desarrollar actividades, un par de oficinas y en una sala un grupo de jóvenes hace percusión usando botellas, baldes y otros artefactos. En la entrada, una tienda ofrece discos, libros especializados, instrumentos y variado merchandising, y cruzando el patio hay una cafetería. Además, en un par de pantallas interactivas se puede repasar contenido virtual que alterna información sobre hitos sonoros, eventos sociales e históricos. En otro sector corre un video donde aparecen los musicólogos nacionales Gastón Soublette, Juan Pablo González y Hernán Rojas. 

Todo esto acontece en la antigua casa de la familia Préndez, en la esquina de Huérfanos con Esperanza, que desde finales de marzo alberga al primer Museo del Sonido. Construida por mandato de Pedro Préndez Saldías a principios de siglo, hace siete años su nieto Juan Manuel Casanueva Préndez decidió crear la fundación Mariana Préndez de Casanueva, en honor a su madre, y así permitir que la casona se restaurara para transformarse en un espacio cultural abierto a la comunidad, como una manera de aportar también al ex barrio familiar. Los fonógrafos y gramófonos que ahí se exhiben fueron entregados en comodato por el coleccionista Arturo Gana.

La muestra consta de tres partes: la visión histórica, que explica cómo funcionaban los primitivos cilindros de cera y expone los primeros registros sonoros recolectados por antropólogos o por aventureros como Ernest Shackleton, quien usó el gramófono para captar los sonidos de la Antártica. En la segunda parte se aborda la masificación de estos inventos y de qué manera comienza a configurarse una industria cultural en torno a ellos, además de su valor también en cuanto a objetos de diseño y decoración. El espacio que ocupa la tercera parte del museo habla del cambio social que representó la radio y los reproductores de sonido en los hogares en torno a los años 20. La curatoría estuvo a cargo del musicólogo Juan Pablo González, el guion lo elaboró la periodista especializada Marisol García, la restauración de la casa fue obra de la arquitecta Carolina Vergara y la museografía estuvo en manos de la oficina Amercanda, y el desarrollo del proyecto –que comenzó en 2012– lo llevó adelante  la Corporación Patrimonio Cultural de Chile, bajo la gestión de Elena Cruz.

También forman parte importante del museo dos obras gráficas que representan al sonido: una instalación escultórica en el acceso creada por Francisco Valle y un inmenso mural del artista Matías Noguera que abarca todo el fondo del patio. El museo es completamente privado, se encuentra acogido a la ley de donaciones culturales y en esa lógica solo se cobra una entrada de $1.500 hasta las 14.00 horas. De ahí en adelante el ingreso es liberado.

“Hemos tenido una respuesta increíble. En solo tres meses de funcionamiento, el museo ha recibido más de 6.500 visitas. Para las personas mayores es una vuelta a la infancia y para los niños es como estar frente a dinosaurios. Además del interés más especializado por parte de músicos, sonidistas y locutores”, cuenta su directora ejecutiva, Sofía Forttes.

Periodista y gestora cultural, se sumó a lo que en un comienzo sería el Museo del Gramófono, lo que luego se abrió a un concepto más amplio que abarca la música, el arte sonoro, la radio, los podcast, la poesía y más. “Es un espacio donde se juntan los que hacen ruido”, agrega Forttes, citando al musicólogo Víctor Rondó. No se trata exclusivamente de revisión histórica, sino de proponer un lugar de vanguardia, que funcione como punto de intercambio y donde estén sucediendo cosas constantemente. Así ha sido a través de los distintos talleres que se imparten cada fin de semana, conversatorios, charlas, ciclos de instrumentos no tradicionales como el theremín y experiencias sonoras como la que ejecutó el artista Sebastián Jatz en la inauguración, quien trabaja en general con reverberación. 

La directora del museo afirma que históricamente los artistas plásticos han hecho contacto con diversos espacios de exhibición, no así la gente que se dedica a las experiencias sonoras, eso explicaría que en poco tiempo hayan establecido relaciones con otras entidades como la SCD, Antenna y la Bienal de artes mediales.

Por lo mismo se preocuparon de tener una programación especial para estas vacaciones de invierno, como el taller “Artefactos Resonantes”, que tendrá lugar a partir del 23 de julio y que tiene como objetivo la investigación sonora mediante la experimentación, la construcción de instrumentos y su contextualización, enfocado a niños de 8 a 13 años. Además de otros talleres, como uno de composición para cajitas musicales.

La mano de Amercanda

Un rol importante en la creación del Museo del Sonido tuvo la empresa Amercanda, nacida en 1994, y hoy a cargo de los socios Pablo Cordua y Bernd Haller, a quien se les sumó hace poco Pablo Cruz como gerente comercial. En un principio se dedicarían a hacer muebles, lo cual de inmediato derivó en una amplia gama de proyectos de diseño y arquitectura, que en sus 25 años abarca un nutrido portafolio de trabajos de museografía y montajes como la exposición de Ai Weiwei en CA660. Entre sus obras más emblemáticas figura el Teatro del Lago en Frutillar.

Cuentan que el encargo del Museo del Sonido fue un gran desafío en términos de aprovechar lo mejor posible un espacio acotado para desplegar los elementos, de manera de otorgarle una apropiada visualidad a lo sonoro. “Hubo decisiones estéticas en torno a la exhibición de los mecanismos, tratamos de jugar y sorprender con propuestas como la representación del taller de Edison. Se trata de crear una experiencia individual para cada visitante, que cuando escuches los audios con parlantes o audífonos, sea un momento solo tuyo”, afirma el arquitecto Bernd Haller. Otro reto era lograr explicarles a los más jóvenes –que crecieron en la era de la digitalización– la mecánica detrás de cada aparato. “Obviamente el sonido no sale de la nada, pero el problema es que ahora nadie entiende cómo funcionan las cosas”, agrega. Su socio Pablo Cordua señala que ellos propusieron integrar la casa a la narrativa de la muestra: “El guion original era muy técnico y luego mutó a una historia más interesante que, además de los objetos, involucra el cambio cultural y social. También se incluyeron algunos detalles estéticos a modo de guiños o sorpresas”. En Amercanda funcionan con un taller propio donde un equipo de maestros confecciona las piezas, vitrinas, etcétera. Eso les ha otorgado mayor experiencia y libertad al momento de crear prototipos para cada encargo. Últimamente, como empresa se están enfocando en crear lugares de trabajo. “Cada compañía u oficina tiene una historia propia y a nosotros nos interesa generar ambientes que cuenten con una identidad, que aporten a quienes pasan ahí varias horas del día y que consideren variables como una mayor eficiencia energética”, dice Cordua. Por lo pronto, todo indicaría que dado el éxito que ha tenido el museo, una nueva sección, más enfocada en la digitalización, podría instalarse en el segundo piso de Huérfanos 2919.