La retrospectiva de Robert Frank que exhibe el Museo de Bellas Artes nos permite acercarnos al trabajo de un artista extraordinario, que supo mostrar la otra cara del sueño americano. POR LUISA ULIBARRI Suizo judío de 83 años radicado en Nueva York desde fines de los años 40, Robert Frank es junto a Cartier Bresson, […]

  • 30 noviembre, 2007

La retrospectiva de Robert Frank que exhibe el Museo de Bellas Artes nos permite acercarnos al trabajo de un artista extraordinario, que supo mostrar la otra cara del sueño americano.
POR LUISA ULIBARRI

Suizo judío de 83 años radicado en Nueva York desde fines de los años 40, Robert Frank es junto a Cartier Bresson, Doisneau, Kertesz y otros grandes, una leyenda viviente de la fotografía. Aprendió de niño con una Leica, una Lomo rusa y dos maestros en Zurich, registrando escenas alpinas, vacas, paisajes y fotos fijas de películas. Pero el entorno se le hizo provinciano y, radicado más tarde en Nueva York, desató su talento generando una muy personal, cálida y transgresora mirada en blanco y negro. Sus héroes eran ciudadanos en bus, camareras entristecidas en un bar, vecinos observados desde una ventana o solitarios londinenses con sombrero de copa. Gente de la calle, en buenas cuentas.

Muchos de esos notables ejemplos comparecen hoy en la muestra Robert Frank: Words, que hasta fi nes de diciembre se exhibe en el Museo de Bellas Artes dentro de su ciclo dedicado a los maestros de la fotografía contemporánea. Con una inicial visión optimista de Estados Unidos (colaboró en Harper´s Bazaar, Vogue y Fortune), poco a poco su sueño americano se fue desmoronando hasta asimilarse con el de la generación beatnik, y una estrecha amistad con Kerouac y Ginsberg. Ahí reforzó una estética de soledad, tristeza y abandono, plasmada en sus fotos y sus muchas películas documentales de la década de los 60. Antes de eso, apoyado por la Fundación Guggenheim, había metido en su auto a su mujer y dos hijos, y recorrió 48 estados tomando las 28 mil fotos que originarían su polémico y decisivo libro Les Americains, que subvertía toda visión aceptada en América, y por eso el ejemplar debió publicarse en Francia. Sus fotos de intersticios y paisajes interiores con luz baja, opacas, con visiones distorsionadas y enfoque inusual, lo convertían en hermano de Kafka y Alexis de Tocqueville, tras ese desencanto y aguda ironía frente a una triunfalista América emergente. Visión de mundo que se agudizó en los años 70 con la muerte trágica de su hija Andrea en un accidente aéreo, y el brutal diagnóstico de la esquizofrenia de su hijo Pablo. Frank no ha parado hasta ahora de registrar la vida en una poética minimalista de amor, soledad y desencanto. Sus documentales sobre los Rolling Stones y Patti Smith, o esos homenajes a la nouvelle vague francesa, a Bergman y Antonioni, alimentaron el tejido de una obra imparable donde los tempos del cine se introdujeron en lo narrativo y en lo secuencial de su fotografía o viceversa. Todo en Frank es una reflexión sobre su propio trabajo, una mirada hacia fuera desde dentro, una humanidad y un soberano acto de libertad creativa frente a las marcas, la publicidad, los políticos, y cualquier esbozo de poder.