Pedro Claro se trasladó en 2013 a La Araucanía para introducirse en el mundo mapuche. Aprendió sus códigos, protocolos y después de vivir con ellos durante cuatro años, está pronto a concretar el que podría ser el primer proyecto hidroeléctrico que se hace en Chile en asociación con una comunidad indígena.

  • 15 agosto, 2018

Fotos por: Verónica Ortíz

Soy Pedro Claro, papá de dos niños. Ustedes conocen lo que he estado haciendo acá. Aparte de generar una amistad, nos hemos acoplado de una forma espiritual, y por eso responder a su confianza es un desafío importante porque está mi nombre y mi gente de por medio”. El segundo de los tres hijos del empresario Juan Claro habla pausado. Está en el piso 21 de la torre Caupolicán de Temuco junto a sus “peñis” (hermanos en mapudungún): el ex vocero de la Coordinadora Arauco Malleco (CAM), Víctor Ancalaf; Andrés Antivil, presidente de la Corporación Mapuche Lonko Kilapang; la machi Evelyn Campos y Venancio Coñuepán, director ejecutivo de la Fundación Chile Intercultural. Los cinco vienen llegando del encuentro 3xi, el primero que se hace en la Región de La Araucanía. Están cansados y hambrientos, toman mate y comen tortilla de rescoldo, a las 6 de la tarde de un frío jueves. 

La presentación es parte de un ritual mapuche: la tradición dice que cada vez que están frente a un desconocido, deben contar quiénes son. Dice también que el dueño de casa, como anfitrión, tiene el deber de guiar la conversación y atender a los invitados con comida y bebida. 

Es el turno de Ancalaf: “Soy werkén de Collipulli, padre de seis hijos y abuelo. Fundé la CAM y me retiré el 2001 porque a los peñis no les gustó que entráramos a un proceso de negociación con el gobierno. Estuve cinco años preso sin razón jurídica. Y si hoy me siento a conversar, ya sea con el ministro o con un empresario, no significa que esté vendiendo mi alma o bajándome los pantalones, porque si no resulta el diálogo, habrá que seguir en lo que estábamos”, asegura el activista mapuche, que ocupó varias portadas tras su encuentro con el empresario Bernardo Matte en Villarrica. 

Se produce un silencio en la sala. Solo se escuchan los golpes de las figuras de plata del enorme collar que le cuelga a la machi Evelyn.

Claro interrumpe. Explica que esos espacios sin habla –comunes en las reuniones mapuche– lo incomodaban en sus primeros encuentros con la etnia. ¿Habré dicho algo mal?, pensaba. Mudos, los indígenas percibían su energía para intentar descifrar si se trataba de una persona confiable. Era 2011 y como buen ejecutivo santiaguino –es dueño y gerente de desarrollo de Energía Llaima– llegó a la zona con elaborados power point para presentar a la población local un proyecto hidroeléctrico que quería realizar en el lago Ranco. “La idea era hacerla corta: hablar con los viejos, preguntarles cuánto vale y comprar”, cuenta el ingeniero comercial frente a los mapuche. Pero al poco andar se dio cuenta de que “hacerla rápida” era imposible. Había tradiciones, protocolos y conceptos que eran clave para las comunidades que él no estaba viendo (ver recuadro). 

Hacer un proyecto a control remoto desde la capital, no iba a funcionar. “Como dicen acá, cuando llueve y cortan el camino, es un problema que tenemos todos. Uno debe tener tiempo libre en el lugar para entender bien las cosas”, dice Claro. En 2013 se trasladó a Temuco con su mujer y su hija mayor, para de ahí moverse a las distintas zonas donde la empresa tenía intereses. 

El plan inicial era quedarse tres años. Se quedó cuatro. Y como resultado, hoy está a pasos de concretar el que podría ser el primer proyecto hidroeléctrico que se hace en Chile en asociación con una comunidad indígena.

“Peñi, usted tiene la green card para trabajar en distintos territorios mapuche”, dice Veñancio Coñuepán. Y todos en la mesa ríen.

El origen 

La puerta oficial de entrada al mundo mapuche se la abrió Andrés Antivil. El ingeniero civil, magíster en sustentabilidad y uno de los interlocutores más respetados en temas indígenas, coincidió con Claro en el piso 49 de la torre Titanium, donde el mapuche exponía sobre un estudio ambiental en las oficinas del estudio Carey. De los 40 ejecutivos y empresarios presentes, dice, solo Pedro Claro habría entendido el peso de sus palabras. Eso le hizo click, cuando ambos coincidieron en otro evento tres años más tarde y conversaron por primera vez. “Me di cuenta de que tenía un entendimiento de nuestra cultura y lo invité a un nguillatún”, recuerda sobre la máxima ceremonia social indígena. 

Antivil, quien además es asesor del BID, le presentó luego a Ancalaf y le sugirió visitar a la machi Evelyn. “Pedro llegó a mi ruca en Entre Ríos, primero solo, luego con su compañera, buscando orientación espiritual respecto a la naturaleza. Ahí me contó que estaba evaluando un proyecto que tenía que ver con agua”, cuenta la autoridad espiritual. 

Ese proyecto era Los Venados, una central de pasada de 12 MW que se emplazaría en la zona de Riñinahue, Región de Los Ríos. Cuando llegó por primera vez al lugar vio un conjunto de casas separadas y pensó, por lo tanto, que no había una comunidad mapuche. Sin embargo, sí existía, y además había un consejo de lonkos de varios territorios: personas que si bien no viven juntas, están relacionadas al territorio a través de una historia compartida.

A diferencia de como planteaban los desarrollos los gerentes hasta entonces –presentando las políticas de sustentabilidad de la empresa y prometiendo escuelas, mesas de pimpón, camisetas de fútbol y becas, cuenta–, el estilo de Claro fue otro: habló de la “posibilidad” de instalar un proyecto, de “correr el riesgo en conjunto” y de “flexibilidad” en el diseño. 

Después de ocho meses de reuniones, el ejecutivo logró alinear al consejo a su favor. Sin embargo, ese es solo el primer paso, explica. “Las empresas piensan que es llegar a acuerdo con la comunidad y ahí en adelante te olvidas. Pero para ellos es el inicio de una relación, lo que no significa que cada vez te vayan a pedir más, sino que de alguna forma te casas con un territorio. Y no tu empresa, sino tú”, añade. 

Pero lo realmente importante estaba pasando al otro lado del cerro, a tan solo 20 kilómetros del lugar. 

Preparando el camino

El consorcio noruego-chileno Trayenko, ligado a SN Power y la familia Pavez, aterrizó al fondo del lago Maihue en 2007. Tenía los derechos de agua de ocho ríos de la zona y pretendía instalar una central hidroeléctrica de 400 MW. Maqueo era un proyecto ambicioso, que incluía 80 km de túneles y la construcción de muros de hasta 31 metros de altura. “Eran tiempos de precios de la energía altos que permitían pagar cualquier fiesta”, explica Pedro. 

La oposición a la iniciativa fue total y escaló a nivel internacional. Autoridades ancestrales de las comunidades incluso viajaron a exponer al Parlamento noruego, acusando malas prácticas en el proceso. En 2001, la compañía decidió abandonar la iniciativa. 

“Se va la empresa, pero va a venir otra, porque el recurso hídrico está”, dijo entonces José González, presidente de la comunidad indígena Bernardo Vera, la más antigua del lugar, emplazada en el epicentro de la zona de conflicto. Sentado en el comedor de su casa cerro arriba del Maihue, mientras reparte pan amasado con paila de huevos y toma mate endulzado con sacarina, recuerda que tras la retirada de la compañía, la familia Pavez decidió continuar con el proyecto bajo el nombre de central Totoral. 

“Con ellos se produjo diálogo por primera vez. Fueron horas de conversaciones y quiebres totales”, dice González, “pero finalmente hubo un entendimiento. El dueño, Juan Cristóbal Pavez, nos haría parte de un porcentaje, y en el camino nos pagó una capacitación a 12 personas de cuatro comunidades”, asegura mientras muestra en la pared el diploma que lo certifica. 

La casa de González es triangular, con una cocina a leña en el centro. Tiene plástico en una de las ventanas, no cuenta con agua potable, ni baños. Afuera hay una letrina. El sueldo promedio en la zona de Hueinahue, comuna de Futrono, es de 130 mil pesos, asegura. “Al final, queremos la central por la necesidad que tenemos, pero tampoco queremos llenarnos de proyectos”, dice el dirigente. 

Sin embargo, en 2015, dada la baja de los precios de la energía, los inversionistas optaron por abandonar el proyecto porque no encontraron un socio desarrollador. Pavez, entonces, les devolvió a las comunidades los derechos de agua de cinco de los ocho ríos –proceso que aún está en trámite– y vendió los tres restantes. “Te dije que no había que confiar en los ‘huinca’ (chilenos en mapudungún)”, le advirtieron a González. 

Es cuando Pedro Claro aparece en escena. 

La huella de Chacabuco

Tenía ocho años la primera vez que se fue a vivir fuera de Santiago. Juan Claro se trasladó con toda su familia a Puerto Chacabuco para fundar la pesquera Friosur, de la familia Del Río. El único hijo hombre del ex presidente de la Sofofa cambió sus estudios en el colegio Saint George por la escuela municipal de Aysén. “Todos mis compañeros tenían los libros usados. Yo era más cuico y los tenía nuevos, entonces en las noches los rayaba y borraba para que se viera que también eran heredados”, cuenta Pedro, y dice que su capacidad de empatizar, que muchas veces cruza los límites de lo correcto, se gestó en esos años. 

De vuelta en la capital entró al San Benito. Nunca fue mateo, siempre del promedio, pero sí tenía mucha hambre por aprender, cuenta. En ese interés hay cosas que incluso han llegado a obsesionarlo. Por ejemplo, las FARC: ha leído todos los libros y reportajes importantes que se han escrito respecto a la guerrilla colombiana y conoce la historia de cada uno de los personajes de la trama. Solo por curiosidad. 

Jamás pensó estudiar física como su padre, ni sicología como su madre, Marta Guzmán. Optó en vez por Ingeniería Comercial en la Universidad de los Andes. Una vez egresado, entró a trabajar a Friosur: era un orgullo volver a la empresa que había visto nacer. Al poco andar se trasladó a Puerto Varas para echar a andar una piscicultura en Hornopirén, pionera en mortificación en ambientes controlados. Tenía 26 años y recién entonces se percató de que la universidad lo había formado para ser “dueño”, ya que siempre tendría a “alguien” que le hiciera las facturas,   “alguien” que se encargara de las remuneraciones. Y no era el caso. Con su rol de gerente y junior a la vez cuenta que hizo el “servicio militar”. 

Dos años más tarde, cuando la construcción terminó, renunció a la empresa y volvió a Santiago. Siempre le había gustado la tecnología –una constante era que desarmara la juguera, los walkman, o lo que encontrara eléctrico para intentar “mejorarlo”, cosa que nunca pasó– y decidió entrar al rubro. Se asoció al empresario Mauricio Banchieri –fundador del restorán Puro Chile– en la empresa MZZO, una agregadora tecnológica para aplicaciones móviles que existe hasta el día de hoy. En sus tiempos libres, Pedro grababa música en un pequeño estudio que armó en su casa. 

En eso estaba cuando partió a Galápagos a participar en una regata con su papá. En una de las tantas conversaciones en el bote, Juan le planteó a su hijo hacer algo en conjunto. Pedro Guillón había llegado días antes a su oficina con unos derechos de agua de un potencial proyecto hidroeléctrico en el Cajón del Maipo. “Tomémoslo”, dijo el empresario. 

De regreso en Santiago pusieron manos a la obra y sumaron al yerno de Juan, Ian Nelson, para construir Guayacán, una central de 12 MW. Cuando el proyecto estaba listo y con la Resolución de Calificación Ambiental aprobada salieron a buscar socios para poder ejecutarlo. Juan Claro trabajaba entonces en Embotelladora Andina e invitó al negocio a los controladores de la compañía: Jaime y Gonzalo Said y José Antonio Garcés. El grupo echó a andar la planta. Fue grito y plata: con una inversión de 24 millones de dólares, estaba evaluada para vender electricidad a 60 dólares. Cuando entró en operación, en 2010, los precios se habían multiplicado por tres. 

“Hagamos una empresa de energía y busquemos proyectos por todos lados”, dijo Juan Claro tras el éxito del primer negocio. Entonces formaron Energía Llaima, que hoy cuenta con dos centrales en operación –Guayacán y Duqueco (140 MW), que compraron en mayo en asociación con la canadiense Innergex–; una planta solar térmica en el norte y otros cinco proyectos hidroeléctricos en carpeta: Frontera, que estuvo en disputa con la lechería Ancalí, del empresario Carlos Heller, y que acaba de recibir luz verde para llevarlo a cabo; Canelo, en el Cajón del Maipo, que se mantiene en conflicto con las Carmelitas Descalzas; Hueñivales, en Cautín; Los Venados, en Riñinahue, y GEN100, en el Maihue. 

50 y 50

“Esperábamos a un señor de más edad, que iba a llegar con chaqueta”, bromea Sandra González, hermana del presidente de la comunidad Bernardo Vera.

Claro llegó al Maihue en el momento preciso con la propuesta correcta: instalar una central de pasada de 109 MW que ocupara el caudal de tres ríos. Es lo que la comunidad de Hueinahue siempre había pedido, pero dado que la familia Pavez ya tenía el proyecto –en el que SN Power había desembolsado del orden de 50 millones de dólares– y no era desarrolladora, sino que inversionista, nunca se pudo concretar. 

“Si Pedro está acá es porque tiene los derechos de agua. Si se quiere arrancar con los tarros, lo vamos a atajar igual, porque lo que le dijimos el día que llegó es que tiene que dejar acá la mitad del recurso bruto”, dice González. Para eso, aún hay temas pendientes. El más importante es encontrar la forma de que las comunidades financien su participación en la empresa. “Ellos hablan de una sociedad 50% y 50%, a lo que no me niego. El tema es encontrar cómo financiar ese porcentaje”, dice Pedro. 

GEN100 contempla una inversión de 240 millones de dólares y ya cuenta con un anteproyecto que depende aún de la línea de distribución que habría que llevar a cabo, y de los precios de la electricidad, que hoy están por el suelo, explica Pedro. De todas formas, y para intentar moderar las expectativas de la población local, asegura que antes de seis años, la central no podría estar operativa. 

“Queremos ver a la comunidad a 20 años mejor en lo económico, social y cultural. Hoy no tenemos fuente de trabajo, hay cabros que se tienen que ir a las mineras del norte o a construir la carretera austral”, dice José. Su hermana añade: “Hay muchos que están esperando que esto salga para hacernos pebre por vendidos”.

Falta poco para salir al aeropuerto. El anfitrión sirve un cocimiento de carne con ensalada de lechuga a los presentes. “Es demasiado importante que estas cosas pasen. Acá hay una riqueza de cultura, espiritualidad que tiene el pueblo mapuche que darnos y enseñarnos, que va más allá de lo que siempre hemos pensado de mejoras en infraestructura o terminar con la pobreza. El tema grande es político, pero es muy importante hacer un negocio, Aunque probablemente no sea ‘la’ fórmula que se pueda aplicar a cualquier territorio, es una semilla”, dice Pedro antes de retirarse. 

José lo abraza. “No ha sido fácil, pero hemos pillado el norte. El diálogo ha sido fluido, nos hemos enojado, pero jamás nos hemos parado de la mesa”, dice.