¿Cómo fue que Peter Weir se convirtió en un director ermitaño, de esos que tardan cada vez más en volver a filmar? The way back, recién editada en DVD, ofrece pistas al respecto, pero también una advertencia. Por Christian Ramírez

 

  • 6 mayo, 2011

¿Cómo fue que Peter Weir se convirtió en un director ermitaño, de esos que tardan cada vez más en volver a filmar? The way back, recién editada en DVD, ofrece pistas al respecto, pero también una advertencia. Por Christian Ramírez

En algún momento de los años 50, el británico David Lean decidió que en adelante sólo rodaría proyectos a la medida de su gigantesca imaginación. Si anteriormente se había prodigado filmando comedias, dramas pasionales y adaptaciones de Dickens, ahora tendría por delante grandes aventuras bélicas (El puente sobre el río Kwai), la vida de un héroe del desierto (Lawrence de Arabia) , una novela rusa (El doctor Zhivago) y hasta una ambiciosa adaptación de Conrad (la frustrada Nostromo). El problema es que realizar estas fantasías se fue haciendo más y más complejo, al punto que su productividad se redujo casi a cero: en sus últimos 20 años sólo completó dos filmes y casi realizó un tercero. ¿Qué pasó en el camino? ¿Acaso fue devorado por la grandiosidad de sus sueños?

Algo parecido le está ocurriendo a Peter Weir, quien en diciembre pasado estrenó The way back, su primera película desde que la enorme Master and commander surcara los mares en 2003. No es que en ese lapso el realizador australiano haya estado perdiendo el tiempo sin sentido: al menos cuatro posibles proyectos (entre ellos, The war magician, un filme de guerra con Tom Cruise) se hundieron por problemas de financiamiento, paros sindicales y el repentino desinterés del propio realizador.

Con todo, es posible que la causa de fondo sea la misma que terminó alejando a Lean de las cámaras: el tipo de cine que hizo de Weir un aspirante a leyenda – rodando en espectaculares parajes, sin efectos especiales y volcado al enfrentamiento entre el hombre y su medio- hoy no está en boga. Esto queda claro en el nuevo filme, una adaptación libre de The long walk, el relato de una titánica caminata emprendida por media docena de prisioneros fugados desde un campo en Siberia que en poco más de un año –y tras 6.500 kilómetros– consigue llegar a la India. El libro, escrito por Slawomir Rawicz –un teniente del ejército polaco que habría sobrevivido a la experiencia- fue un best seller hace medio siglo y, aunque la veracidad de la historia ha estado bajo cuestión, sonaba como un material ideal para el director de El año que vivimos en peligro y La costa Mosquito.

Weir se sumerge en el material con toda la pasión esperada: desde que Sean Penn cruzó Estados Unidos recreando los pasos de Christopher McCandless en Into the wild (2007), no se veía una película tan entregada al júbilo del escape y a la porfía de persistir en seguir adelante rumbo a la supervivencia o la derrota. En principio, el efecto de ver el incansable avance de la pandilla de fugitivos –integrada, entre otros, por Ed Harris, Colin Farrell y Saoirse Ronan–, debería ser el equivalente a leer una maciza novela de aventuras del siglo XIX (Melville, Kipling y otra vez Conrad).

Por momentos The way back intensifica al máximo la experiencia: la secuencia en que los presos más peligrosos del campo escuchan con atención casi infantil a otro que les va contando noche a noche La isla del tesoro vale por decenas de filmes de acción modernos y lo mismo para el salvaje cruce por el desierto mongoliano rumbo hacia la nada. Sin embargo, lo que luce bien en papel no levanta el vuelo en pantalla: pese a que la película dura 135 minutos, el metraje no le alcanza para individualizar a sus personajes, generar complicidades con el espectador y a veces ni siquiera a explicar lo que está pasando. ¿Será que la versión original del director era mucho más larga y lo que estamos viendo es un pálido reflejo? ¿Se imaginan que Lawrence de Arabia hubiera durado la mitad de sus extensas 3 horas 40? Y claro, hay un detalle doloroso: en vez de ser apoyada por un gran estudio, como suele ocurrir en filmes de este tamaño, la realización de The way back fue compartida por cuatro productoras y tres distribuidoras, señal evidente de que el interés comercial por este tipo de historias está en retirada. En su momento, el relativo fracaso en salas de Master and commander arrojó serias dudas sobre la viabilidad de este camino y por eso es casi un milagro la persistencia con que Weir se ha internado en él. Mal que mal, eso fue lo que mandó al diablo la carrera de David Lean. La interrogante es casi de novela: ¿saldrá bien librado de esta aventura o será que su fuga a través de Siberia ya comenzó y no puede-o no quiere- volver atrás?

La clave del protagonista
La tarea de Peter Weir por hacer de su última película una obra exitosa se pone cuesta arriba en la medida que buena parte del peso del relato descansa sobre los hombros del casi desconocido Jim Sturgess –que sale perdiendo en cada uno de sus encontrones con Ed Harris y Colin Farrell–, en circunstancias que esta clase de artefactos cinematográficos siempre funcionan mejor cuando el rostro de una estrella está en el centro del cartel: basta recordar lo que Russell Crowe hizo por Gladiador.