Ni el cambio desde Providencia a Vitacura pudo separar a fieles y fanáticos de los dulces Montolín. Menos ahora que tienen un nuevo local más amplio y un modelo de negocio que apuesta definitivamente por la calidad.

  • 19 octubre, 2007

 

Ni el cambio desde Providencia a Vitacura pudo separar a fieles y fanáticos de los dulces Montolín. Menos ahora que tienen un nuevo local más amplio y un modelo de negocio que apuesta definitivamente por la calidad.

 

En estas dos familias, más que joyas o campos, lo que se hereda es la fórmula secreta de los pasteles Montolín. Fundada en 1952, fueron Adriana Figueroa –más conocida como la Picha– y su nuera Anita Ruiz, quienes desde el primer día se hicieron cargo del funcionamiento de esta pastelería, ubicada durante 15 años en Providencia con Montolín y después otros 35 años en Manuel Montt.

 

Desde un pequeñísimo local de 50 metros cuadrados lograron hacer que los dulces de huevo mol o paletas de manjar se grabaran para siempre en los exigentes paladares de sus clientes. Tal es el recelo con que se guarda la fórmula del éxito de estos dulces chilenos, que incluso los cocineros se heredan el puesto, estando ya varios en la tercera generación.

 

Con la gallina de los huevos de oro ya probada, era necesario dar el salto e instalarse en Vitacura, en una casa con estacionamientos, una cocina que permitiera la producción de dulce y salado simultáneamente, y mesas para atender a los clientes.

 

Con ese proyecto en mente, Héctor Valdés, hijo de Anita Ruiz y actual director de Corpbanca, lideró una inversión de 300 mil dólares que le permitió a Montolín recibir a su tradicional clientela en su nueva casa desde abril de 2006. En el proyecto participan también las dos hijas de Valdés, Daniela y Francisca, y por el lado de Picha Figueroa, con un 50% de la propiedad, sus tres hijos: Manuel José (Macaco), María Teresa y Olguita Ruiz, todos representados en el directorio por el hijo de María Teresa, Carlos Fabres.

 

En el año y medio que llevan, aseguran que las ventas han superado todas las expectativas. Con 3 mil boletas mensuales, en el local de Vitacura venden cuatro veces más que en las antiguas instalaciones de Providencia. Y eso que la competencia en el sector es alta, con cinco pastelerías en cuatro cuadras. Pero Héctor Valdés, con su gran experiencia en el mundo financiero, sostiene que ellos enfrentan felices el desafío y que mientras más competencia, mejor. Su principal arma, cuenta, es precisamente el impedimento para un crecimiento desmedido: la calidad de los productos. Todos elaborados el mismo día.