El caso Spiniak acaba de concluir con una sentencia que impuso siete años de prisión al principal inculpado y penas algo menores al grupo de proxenetas que lo ayudaba. Como desenlace, el fallo en muchos sentidos es un verdadero fiasco porque no guarda coherencia alguna con las magnitudes que adquirió la causa en los momentos […]

  • 24 agosto, 2007

El caso Spiniak acaba de concluir con una sentencia que impuso siete años de prisión al principal inculpado y penas algo menores al grupo de proxenetas que lo ayudaba. Como desenlace, el fallo en muchos sentidos es un verdadero fiasco porque no guarda coherencia alguna con las magnitudes que adquirió la causa en los momentos en que el juez Sergio Muñoz –nuestro Savonarola, ahora encumbrado a la Corte Suprema– lo convirtió, más que en un proceso a la ciudad, en un proceso a la sociedad chilena toda. Recuérdese que Muñoz inculpó por asociación ilícita y por drogas, que –además– no dejó suelo por remover en busca de cadáveres y que, por creerle a un cura irresponsable y a una mitómana compulsiva, mantuvo en vilo durante meses a varios parlamentarios cuya honra se convirtió en pasto de todo tipo de infamias.

Al final queda la sensación de que no es exactamente justicia lo que se aplicó en este caso. Si de eso se tratara, la verdad es que junto al empresario satanizado varios otros actores de esta trágica farsa –que ni siquiera salieron rasguñados– deberían estar acompañándolo tras las rejas. Pocas veces en la historia de la justicia chilena se movilizaron tantos recursos profesionales y técnicos, pocas veces se gastó tanta plata y se hicieron tantos alardes de integridad; pocas veces se manejaron las cosas con tanto descriterio, se sembraron tantas falsas expectativas y se dieron pasos tan extraviados como en el caso Spiniak. Pocas veces también se desgastó tanto la credibilidad de los medios de comunicación. ¿Quién paga esos despropósitos? ¿Qué seguridades hay para que hoy en Chile esta cadena de errores y de horrores no vuelva a producirse?