Justo cuando se desataba el colapso político y financiero en Grecia, nuestro columnista participó en la 52ª versión del Festival de Cine de Salónica. ¿Se pueden ver películas mientras el mundo parece derrumbarse? Este es su testimonio.

  • 14 diciembre, 2011

Justo cuando se desataba el colapso político y financiero en Grecia, nuestro columnista participó en la 52ª versión del Festival de Cine de Salónica. ¿Se pueden ver películas mientras el mundo parece derrumbarse? Este es su testimonio. Por Joel Poblete

Todo viaje implica expectativas e incertidumbres. Pero visitar por primera vez Grecia precisamente cuando George Papandreou había anunciado recién su intención de realizar el polémico referéndum que a punto estuvo de echar por la borda el futuro de Europa, hacía que el destino de mi visita se volviera especialmente impredecible. Cuando me dispuse a abordar el avión que me llevaría a la segunda ciudad helénica, Thessaloniki -ubicada en la región de donde surgieron Aristóteles y Alejandro Magno, y conocida en español como Tesalónica o Salónica-, no pude dejar de considerar los distintos escenarios con los que podría encontrarme: desde una ola de protestas a un eventual golpe de Estado.

Invitado a cubrir la 52a versión del Festival Internacional de Cine de esta ciudad que es considerada la capital cultural de Grecia, me preparaba a vivir toda una experiencia. Los títulos de las portadas de los diarios que pude revisar durante una escala en París tampoco eran para estar muy tranquilo: mientras Le Monde hablaba de “Tragedia griega” y aseguraba que las horas del gabinete de Papandreou estaban contadas, en Libération se decía que Europa iba “a la deriva” y que Grecia estaba “en pleno caos político”. Por cierto, también incluía en su última página una entusiasta entrevista-perfil a Camila Vallejo, titulada “Indignada de Santiago”.

Tras llegar finalmente a Tesalónica y luego de permanecer una semana en esas latitudes, mientras las aguas parecieron calmarse un poco al salir Papandreou y asumir el nuevo primer ministro, una vez más pude comprobar que los festivales de cine son casi como una realidad paralela, en la que rigen sus propias reglas. Lo demás pasa a otro plano. No es que no se sintiera la crisis: durante la más sencilla de las conversaciones, cualquier griego, de las más diversas edades, tarde o temprano terminaba comentando lo difícil que estaba la situación. Pero si alguien quería encontrar signos de una debacle social y económica, las cosas eran menos drásticas y estremecedoras de lo pensado. Los propios tesalonicenses solían decir que hay muchas diferencias entre el norte del país, donde están ellos, y las ciudades del sur, partiendo por la capital Atenas. Según ellos, aunque los atenienses estuvieran al borde del precipicio, Tesalónica se mantendría lejana y en orden.

A primera vista, esta vieja urbe no es lo que convencionalmente se podría calificar como una ciudad “bonita”. Sin un paisaje tan impresionante ni tantos monumentos artísticos como Estambul, la que fuera la segunda ciudad más importante del imperio bizantino después de Constantinopla, es, pese a todo, un lugar fascinante y lleno de vida. Con más de un millón de habitantes en su zona metropolitana y una tradición que se remonta a su fundación el año 315 antes de Cristo, si bien no ha logrado conservar buena parte de sus edificaciones de la era clásica, es posible rastrear en ella evidencias de los distintos períodos históricos, incluyendo vestigios helénicos, romanos y bizantinos, que coexisten con construcciones contemporáneas sin demasiada solución de continuidad.

¿Algunos imperdibles? El antiguo foro romano, los restos de las murallas bizantinas y el espléndido arco de Galerio, las viejas y sombrías iglesias llenas de hermosos iconos, los pintorescos mercados y sus tiendas, la Torre Blanca que se ha convertido en símbolo de la ciudad y los edificios de la plaza Aristóteles son algunos de los más destacados, sin mencionar los museos e instituciones culturales. Y a poco más de una hora de distancia de la ciudad, en la tranquila localidad de Vergina, un sitio arqueológico que proporciona al visitante interesado en la historia una emoción sobrecogedora: un museo en el que se puede visitar la que se supone es la tumba de Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno.

Ciudad puerto donde la presencia de la Universidad Aristóteles asegura una activa población juvenil cuyo bullicio y entusiasmo desbordan por igual las actividades culturales y los bares del centro (y que de seguro lo harán aún más con su elección como Capital Europea de la Juventud para 2014), Tesalónica es amable con el viajero, confirmando de paso que los griegos son tan simpáticos, cordiales y expresivos como los pintan en las películas. Aún así, en el ambiente se puede percibir un dejo de esa melancolía que muchos asocian con los Balcanes, quizás acentuado por la neblina que en la mañana y en la tarde suele invadir la magnífica costanera que se extiende frente al Mar Egeo a lo largo de la avenida Leoforos Nikis, que une el puerto con la Torre Blanca; la misma neblina que por lo general impide que se divise el legendario monte Olimpo, ubicado a unos 100 kilómetros de la ciudad.

Asociada a esa especie de tristeza, se percibe aquel sentimiento que tan bien retrató el cineasta griego más reconocido internacionalmente, el veterano Theo Angelopoulos. Tal vez no sea casualidad que dos de sus películas más aplaudidas y premiadas, Paisaje en la niebla (Mejor director en Festival de Venecia 1988) y La eternidad y un día (Palma de Oro en Cannes 1998), incluyan como una de sus locaciones en momentos clave del relato a la evocadora costanera tesalonicense.

El menú del festival

Le gamin au vélo

Les contes de la nuit

Terraferma

Un amour de jeunesse

El motivo principal de mi viaje era echar un vistazo al panorama fílmico y el festival ofrecía una cartelera variada, adictiva y entretenida. Para un crítico de cine, certámenes como Tesalónica son verdaderas fiestas, ya que normalmente consideran una selección de los mejores títulos presentados en los festivales “clase A” como Cannes, Berlín o Venecia, y además cuentan con propuestas propias en cuanto a retrospectivas, homenajes y estrenos locales.

Es virtualmente imposible intentar ver todo en una selección que incluye más de 100 películas a lo largo de diez días, por lo que, como siempre en estos casos, fue necesario el por momentos ingrato ejercicio de todo fanático en un festival: recorrer y estudiar una y otra vez la programación, hasta definir cómo hacer coincidir los distintos horarios y salas para poder ver la mayor cantidad de películas. Luego de ver alrededor de 30 cintas y con algunas inevitables decepciones, en general el panorama fue muy contundente.

De lo visto, hubo largometrajes sobresalientes. Fue imposible no rendirse ante Le gamin au vélo (El niño en la bicicleta), de los hermanos Dardenne, quienes tras cintas tan desgarradoras como El hijo, El niño y El silencio de Lorna, volvieron a conmover con el que debe ser su trabajo más accesible, lo que no significa que al contar la historia de un inquieto y por momentos exasperante “niño problema” hayan cedido un ápice en su rigor naturalista. Uno de los mejores filmes del 2011.

También hubo propuestas no aptas para todos los gustos. Por ejemplo, Fausto, la muy particular adaptación del clásico de Goethe que le permitió al ruso Alexander Sokurov -de quien en Chile se han exhibido Madre e hijo y la deslumbrante El arca rusa– ganar el León de Plata al mejor director en el Festival de Venecia, con un trabajo severo, tan agotador como hipnótico y de fascinante visualidad. Por su parte, una cineasta que por estos lados no ha sido muy divulgada, la francesa Mia Hansen-Love –el año pasado se estrenó en la cartelera chilena su emotiva El padre de mis hijos–, confirmó su sensibilidad y madurez para abordar las relaciones humanas con Un amour de jeunesse, hermosa y agridulce mirada a los encuentros y desencuentros que viven dos universitarios parisinos a lo largo del tiempo.

Otro director galo, uno de los más reconocidos en el cine de animación europeo -acá se exhibió hace un tiempo su Kirikou y la hechicera-, Michel Ocelot, deslumbró con la belleza y encanto de Les contes de la nuit, un puñado de cuentos llenos de magia, colorido y humor, cada uno desarrollado en distintos estilos gráficos. Asimismo en Terraferma, Emanuele Crialese confirma que es uno de los nombres más interesantes del cine italiano actual: un relato de fuertes contornos sociales en el que una tradicional familia de pescadores, intentando sobrevivir a los cambios de la modernidad en una isla al sur de Sicilia, debe asumir una posición frente a la cada vez más desbordada llegada de ilegales desde África.

Y aunque puede que defraude las altas expectativas de algunos cinéfilos porque no llega al altísimo nivel alcanzado en sus trabajos previos como Election, Las confesiones de Schmidt y Entre copas -por cuyo guión ganó el Oscar-, Alexander Payne mantiene su sitial como uno de los cineastas estadounidenses imprescindibles del último tiempo, con la muy humana y sobria Los descendientes (The descendants), en la que nuevamente tenemos a un protagonista enfrentado a un decisivo momento de su vida; en este caso, un terrateniente en Hawai (un sólido George Clooney) que intenta cuidar a sus dos problemáticas hijas luego de que su esposa quedara en coma tras un accidente acuático.

En cuanto a óperas primas, es necesario destacar a Guy Nattiv con la israelí Mabul, radiografía de los quiebres de una familia, acentuados por el regreso al hogar de uno de los dos hijos, un adolescente sensible y autista; al checo Tomás Lunák y su Alois Nebel, espléndida cinta de animación para adultos y en blanco y negro, que con buen ritmo y acertadas pinceladas históricas y sociales cuenta una emotiva historia de amor y venganza en el contexto de la República Checa tras la caída del muro de Berlín; y a Mark Jackson, cuyo Without es una atmosférica indagación en los vaivenes emocionales de una joven que por unos días debe permanecer en una aislada vivienda cuidando a un anciano en silla de ruedas que no puede hablar.

El cine latinoamericano aportó una oferta reducida pero llamativa, incluyendo dos títulos chilenos, Drama y Bonsái. Entre los trabajos más comentados estuvo la argentina Abrir puertas y ventanas, de Milagros Mumenthaler, de reciente paso por la competencia en el Festival de Valdivia. Al menos para mí, esta claustrofóbica historia de tres hermanas huérfanas que pasan sus días desarrollando una relación de amor/odio encerradas en una asfixiante casona, me pareció enervante, agotadora, monótona y, por lo mismo, sobrevalorada. Mucho más lograda, resultó Porfirio, de Alejandro Landes, que mezclando el documental y la ficción sigue la rutina del curioso protagonista homónimo, un carismático lisiado colombiano que esconde un secreto que es mejor no conocer.

El derrumbe y la renovación

Cine Olympion, en Plaza Aristóteles

Constantine Giannaris y Dimitri Eipides

Un festival que ha logrado convertirse en un referente a lo largo de cinco décadas, convocando habitualmente a renombrados invitados del cine mundial: los pergaminos del certamen tesalonicense son indiscutibles, y al frente del actual equipo, por segundo año consecutivo, estuvo Dimitri Eipides.

El director del festival reconoce que en el último tiempo han debido ajustarse el cinturón más de la cuenta y que la situación es compleja, en especial por la pobreza y los inmigrantes: “a Grecia llegan muchos ilegales que son completamente dejados de lado y abandonados a su suerte, nadie se preocupa por ellos y los reciben con actitudes hostiles; llegan acá pensando que esto es un paraíso… pero no lo es”.

-Uno desde lejos ve protestas en la TV y un ambiente muy inestable, sin embargo acá se ven los bares llenos, las tiendas de lujo siguen abiertas y los autos costosos no han desaparecido…
-Es una especie de ilusión. En el norte de Grecia hay una cultura diferente; por ejemplo en Atenas se ve mucha miseria y desempleados, todos los días hay alguna protesta o huelga, tiendas y negocios que cierran, pobres y mendigos, y he escuchado de niños en el colegio que se desmayan porque no han comido desayuno y no hay dinero en sus casas… historias horrendas. Pero acá la vida no es miserable. Por supuesto que muchos de los problemas del resto del país están presentes, pero no se ven tanto. El carácter de la ciudad hace que la crisis se note menos, la población es mayormente joven y universitaria, amantes de la diversión. Siempre ha sido así. Este es el segundo año de crisis aguda, pero creo que los próximos años serán peores.

-¿Y todo esto no pondrá en riesgo la realización del festival?
-Ninguna crisis detendrá este festival, aunque no recibimos ni un centavo del Estado; nos sostenemos con dos importantes subvenciones europeas… no es demasiado, pero nos permite cubrir una parte de los costos y los salarios… Así tenemos presupuesto confirmado por tres años más, lo que nos da algo de tranquilidad; si más adelante continuaran los problemas, reduciremos algo los costos, quizás tengamos menos películas o menos días… pero de todos modos el festival seguirá, porque después de 52 años de existencia, yo no voy a matarlo, si alguien tiene que hacerlo tendrá que ser otro.

Auge cinéfilo
Curiosamente, uno de los pocos elementos positivos de la crisis ha sido el auge internacional que está teniendo el cine griego, luego de años en que, salvo nombres como Angelopoulos, casi nadie trascendía más allá de sus fronteras. Cineastas como Yorgos Lanthimos y Athina Rachel Tsangari se han abierto paso en las grandes ligas: con su película Canino (Dogtooth), el primero fue premiado en Cannes y nominado al Oscar, mientras que la segunda logró que su film Attenberg ganara uno de los premios principales el año pasado en el Festival de Venecia. Sin ir más lejos la selección de Tesalónica incluyó Unfair world (Adikos kosmos), de Filippos Tsitos, una comedia negra con indudables ecos de Jarmusch y Kaurismaki que ganó premios al mejor director y actor en el último Festival de San Sebastián.

Con todo esto se ha producido una situación muy parecida a lo que pasó hace una década con el cine argentino, que se renovó y floreció en medio de la debacle económica y social. “Estoy de acuerdo, las crisis son estimulantes”, comenta Expides. “Durante muchos años nuestro cine fue muy introspectivo, no teníamos posibilidades de exportar nuestras películas ni menos para que gente joven pudiese filmar. Ahora, en cambio, se hacen películas con muy escasos medios, trabajando de manera colectiva: el equipo de una producción pasa a la otra. Casi milagrosamente, estas películas son muy buenas, frescas, y lo mejor es que no sólo son bien recibidas aquí. La gente joven viene sin restricciones, son valientes y atrevidos, porque quieren expresar sus visiones, sus miedos, y lo hacen con costos muy bajos. ¡En el pasado solían gastar miles y miles de euros por nada, películas que nadie quería ver!”

Un país sin Estado
Otra voz autorizada que destaca el buen momento del cine griego reciente es la de Constantine Giannaris, un realizador cuya provocadora carrera, desarrollada primero en Londres y luego en Atenas, lo ha hecho resaltar en el circuito de los principales festivales europeos, aunque en Chile es prácticamente desconocido. Homenajeado por el Festival de Tesalónica, ahí fue posible apreciar su filmografía completa, que va de lo underground a las grandes producciones, siempre abordando con una mirada crítica las grietas internas de la sociedad griega. Mal que mal, antes de dedicarse al cine estudió Historia y Economía, lo que a la vez le permite una mirada no muy positiva sobre la actual situación helénica, como lo explicó con su hablar tajante y acelerado.

“En Tesalónica no sólo estamos en la burbuja del festival, sino además en la burbuja de las provincias, donde aún toleran la situación económica y las autoridades. En Atenas, especialmente en el centro, es un completo desastre en lo que se refiere a la situación económica y social; si caminas por los distritos comerciales de la ciudad, una de cada tres tiendas está cerrada, se ven muchos mendigos, consumo de drogas en las calles, jóvenes prostitutas nigerianas teniendo sexo por el precio de una comida barata; jóvenes árabes y africanos vendiendo drogas en las calles, frente a una abuela que está sacando a pasear a su nieta. Además, la inmigración se ha convertido en un problema mayor en este país en los últimos 20 años, y ahora con la crisis se ha hecho más agudo y relevante, así como la violencia en los jóvenes. Como sociedad estamos viendo una tendencia muy nihilista, una expresión masiva de furia y enojo, muy al estilo de los hooligans”.

-Como griego debe ser muy triste observar estos cambios…
-Es chocante ver el quiebre del sistema, ver cientos de niños y jóvenes de Afganistán que no tienen dónde vivir o terminan viviendo en departamentos con cientos de personas, pagándoles 3 o 5 euros diarios a dealers para que les permitan al menos dormir en el suelo o en el baño… Todo esto es desgarrador, es lo que se vive en una sociedad en crisis que en verdad nunca ha enfrentado nada de manera racional. Lo que se tomó el país fue una especie de peronismo, sólo puedo describirlo en términos argentinos, porque no es socialismo; ellos corrompieron el mecanismo estatal completo, en particular el sistema de justicia, literalmente destruyeron todo vestigio de autonomía e independencia de la sociedad civil, la burocracia estatal sólo se mantiene con los préstamos internacionales y los bancos del extranjero. Es la crónica de un desastre anunciado… si alguien tiene ojos, puede ver la realidad, cualquier persona honesta puede detectarlo. No tenemos un Estado, simplemente, y necesitamos un Estado.