Cristian Sánchez es -después de Raúl Ruiz- el cineasta chileno más estudiado y su obra ha tenido un fuerte impacto en la actual generación de directores. Luego de más de una década en ostracismo, vuelve a la luz con una nueva película y la edición en DVD de una de sus cintas fundamentales. Por Christian Ramírez.

  • 28 junio, 2011

 

Cristian Sánchez es -después de Raúl Ruiz- el cineasta chileno más estudiado y su obra ha tenido un fuerte impacto en la actual generación de directores. Luego de más de una década en ostracismo, vuelve a la luz con una nueva película y la edición en DVD de una de sus cintas fundamentales. Por Christian Ramírez.

 

 

No hay que estar demasiado atento para darse cuenta hasta qué punto el panorama del cine chileno se ha aquietado durante este primer semestre. Hay mucho producto terminado, esperando salas o en post producción, pero finalmente ¿qué quedó sobre la mesa? Una comedia (El limpiapiscinas), un drama (Metro cuadrado), un evento (3:34, terremoto en Chile), un festival (Fidocs 2011). Y sería casi todo.

Además, faltan varias semanas para que el filme que Andrés Wood realizó sobre Violeta Parra comience su ronda por las multisalas e intente revertir la tendencia a la baja recaudación que las películas chilenas vienen experimentando desde hace años. Por lo mismo, quizás sea el mejor momento para alejarse de la contingencia, tomar distancia, dejar de monitorear la taquilla de fin de semana y ocuparse, en el fondo, de lo que perdura.

Y ahí es donde entra Cristián Sánchez. O, mejor dicho, su regreso.

Después de pasar más de una década fuera del ojo público, pero muy activo en privado, Sánchez ha tenido un inquieto 2011: hace poco más de un mes lanzó La aventura del cuerpo, su libro sobre el cine de Raúl Ruiz; actualmente prepara el estreno de Tiempos malos –su primer largometraje en más una década- y acaba de editar en DVD el filme que lo puso en el mapa hace más de treinta años: El zapato chino (1979). No es que le haya agarrado un “segundo aire” ahora que cumplió 60. Dice que simplemente las cosas se dieron todas juntas, pero es imposible no pensar que se trata de una calmada revancha del que alguna vez fuera el más alternativo de nuestros grandes cineastas.

Lobo estepario

Vista en perspectiva, la carrera de Sánchez parece singularmente solitaria: iniciada a mediados de los 70, no alcanzó a benefi ciarse de un cine que todavía estaba en el centro de la discusión pública e ideológica, como sí hizo la generación de Littin, Ruiz y Guzmán. Los colegas con los que podría haber tenido diálogo artístico no estaban trabajando, se dedicaban a la publicidad o se encontraban en el exilio. Había formado parte de la primera generación de creadores audiovisuales de la Universidad Católica, pero de pronto estaba solo. Si quería armar un universo propio, no le quedaba otra que hacerlo desde cero y con los mínimos medios.

“Trabajar así ha sido complicado, porque eso ha signifi cado dejar pasar mucho tiempo sin hacer las películas que quería. A veces bromeo conmigo mismo y pienso que soy una especie de Sísifo, que vuelve obstinadamente a emprender la marcha”, comenta.

Y sin embargo ha bastado para construir en poco más de 30 años una obra que se levanta muy por encima de la media de sus colegas: con la excepción de Raúl Ruiz y Patricio Guzmán, la obra de Sánchez es la única que aún suscita discusión crítica. El diálogo que el poeta Enrique Lihn abrió en 1979 con sus textos acerca de El zapato chino ha sido continuado por la crítica nacional, por académicos como el uruguayo Jorge Ruffinelli e incluso por festivales como el Bafici, que hace unos años organizó una extensa muestra de los trabajos del cineasta.

Sánchez mismo ha participado de esa discusión y hasta hoy se erige como uno de los pocos cineastas chilenos que se volcó a la crítica con la misma pasión usada en sus trabajos audiovisuales. De hecho, en estos días está fi nalizando un documental sobre sus propios filmes –“la idea es agregarlo como un extra de un futuro DVD de Los deseos concebidos y El cumplimiento del deseo”-, pero sobre todo esta vocación se manifi esta por escrito: “con el libro de Ruiz me apliqué. Me pasé dos años escribiendo entre 3 y 5 horas diarias. No sé exactamente de dónde salió todo ese esfuerzo”.

Aunque tal vez lo sepa. Sánchez es hijo del escritor Luis Sánchez Latorre “Filebo” y en las dos ramas de su familia los periodistas y los hombres de letra dominan. Creció rodeado de libros y tal vez por lo mismo desarrolló una especial resistencia a los estudios organizados. “Me acostumbré a buscar la información por mí mismo. A enseñarme las cosas. A aprender por mi cuenta. Con los años me he vuelto un poco más organizado y sintético, pero esas ganas de hacer 30 cosas al mismo tiempo todavía me dominan a veces”.

No es extraño entonces que haya intentado “aprender” a hacer cine a su manera, marcando un camino que en cierto modo se parece bastante al de los mejores cineastas chilenos de estos días: artistas que en su búsqueda personal por el país que habitan han acabado por volcarse sobre sí mismos, de un modo muy similar a como Sánchez hizo a mediados de los 70, cuando concibió algo llamado El zapato chino.

-¿Cómo observa El zapato chino, a 30 años de distancia?
-Es una obra curiosa. Dueña de una “libre andadura”, como dijo en su momento Enrique Lihn. No me necesitó. Ha seguido su propio camino, su propio recorrido. Es una película que no fue maldita. Lo maldito fue que no pudo llegar a los circuitos comerciales habituales. Tal vez necesitaba otro nicho, uno más pequeño, de cine arte, tal vez. Pero por otro lado, creo que la tiene el encanto de lo popular chileno y que el público puede entrar ahí dentro por su sentido del humor y de lo absurdo.

-¿Cómo se forjó ese filme?
-El zapato chino se fue haciendo de a poco. En esa época yo venía de trabajar en el departamento de cine de la Universidad Técnica, que había sido reabierto post golpe. Rápidamente esa gente se dio cuenta de que no les servía. Lo cerraron y nos echaron a fi nes del 76. Con la plata de ese desahucio se hizo la película. Filmábamos los fines de semana, con luces prestadas y la cámara de la universidad; llegando a los lugares en micro, circulando en renoleta con la olla del almuerzo para los técnicos y el equipo, dependiendo de la disponibilidad de los actores, del fotógrafo Antonio Ríos y del sonidista, Pepe de la Vega. Todo fue muy azaroso, incluso la película con que rodamos. Toda tenía distinta procedencia: había comprado 30 latas de películas; unas eran Kodak, otras Agfa, Ferránea, Orbo. Todas de distintos asas (sensibilidad fotográfica). Era una locura. Ahí fue cuando pensamos que cada uno de esos materiales podía ser usado en espacios distintos, tratar de aprovechar sus desigualdades, granos y tonalidades. Algo con unidad podía emerger de todo eso.

Un país permanente

-Cuando uno ve El zapato chino por primera vez de inmediato recuerda el Chile “del pasado” y, sin embargo, no parece anclada a una época en particular, como sí ocurre con otras películas de la época, como Julio comienza en julio.
-Es cierto. Uno se transporta de inmediato a otro Santiago, donde hasta la textura de los muros era capaz de comunicarte algo. Tal vez es porque funciona como una burbuja del tiempo. Rescata algo que estaba antes y que, de algún modo sigue estando ahora. Desde siempre. Un Chile permanente. Creo que la primera mirada de nuestro cine debe ser antropológica. Uno indaga el pasado desde el presente. La pregunta que entonces me hacía era muy simple: como no tengo medios para hacer un filme industrial, ¿de qué modo, con lo más precario y con lo más humilde, podría crear algo que resista el paso del tiempo? Ese era mi desafío. Traspasar el momento.

-¿Siente que esa cualidad de pobreza fue la que ayudó finalmente a que la película perdurase?
-Por cierto. No sólo se trataba de pobreza de los recursos, sino usar finalmente la pobreza del discurso mismo. Cuando logras esas “inyecciones de pobreza” –similares a las inyecciones de infinito de las que hablaba Tarkovski– se establece un lazo con el espectador. Se desata una emoción secreta, y esa es la que yo busco. No me interesa el tipo que paga la entrada y se sienta a que le cuenten una historia. Necesito que sus impresiones y sensaciones se conecten directamente con el filme. Es así que algo te queda a la salida, que te perturba.

-¿De dónde sale Angel Quintana, la persona que interpreta al taxista buscavidas de El zapato? El tipo se transforma en un personaje inolvidable, pero al mismo tiempo marca un sello en su obra: la presencia de intérpretes que no son actores.

-Bueno, la idea de trabajar con gente de la calle, sin formación teatral, es una tendencia tan antigua como el neorrealismo. En Chile, Ruiz y otros ya lo habían hecho, y nosotros también adoptamos ese método, incrustando algunos actores como Luis Alarcón y Jaime Vadell en la mezcla. Es una combinación que yo adopté para siempre. En cuanto a Quintana, yo lo conocí cuando era proyeccionista en el departamento de cine experimental de la Universidad de Chile, en los días en que Pedro Chaskel y Héctor Ríos iban a las poblaciones a mostrar películas. Entiendo que antes había trabajado en la producción en películas mexicanas y en el cine Normandie. Tenía una presencia extraordinaria. Había que filmarla.

La última película


Tiempos malos
, el nuevo filme de Sánchez, en realidad no es tan nuevo. Viene gestándose en su cabeza desde hace al menos una década: la historia de un adolescente que, sin mucho darse cuenta, acaba metido hasta el cuello en un universo de delincuentes y traficantes que lo adoptan como a uno de los suyos. Claro que tratándose de Sánchez no es la clásica historia de pérdida de la inocencia. El chico sale de la cinta tal como entró; el que cambia es el espectador, que en un principio cree estar inserto en una versión alargada de un telefilme policial, hasta que se da cuenta de que lo que mueve a los malhechores de este cuento no parece ser el crimen sino lo florido de su lenguaje: un “coa” que, de tan complejo y tan barroco, se vuelve musical, una forma más de folclor nacional, intensificado a su máxima expresión.

-Viendo la película, uno siente que por fin su cine se reúne con el de Raúl Ruiz, después de años de hacerse fintas entre sí… ¿No será que ustedes son una especie de siameses cinematográficos, pegados por la espalda?

-No, no, ja ja. Probablemente tenemos alguna raíz similar, pero miramos hacia lados distintos. Ruiz se ha vuelto neobarroco. Yo en cambio provengo del naturalismo puro. Tal vez lo que nos une sea el cine de Buñuel y, bueno, las preocupaciones comunes de una generación, pero captada en momentos distintos. Yo estoy cerca de la bisagra. Ruiz está al centro y representa una cultura y una actitud intelectual de gente que se reunía, que se encontraba en los bares, tipos muy amistosos. Yo pertenezco a una promoción que careció de eso, que lo experimentó menos. Todo eso lo viví, pero un poco de oídas. Si hay algo a lo que estoy más cercano es a la era hippie, otra mirada.

-¿De dónde sale todo el mundo oral de Tiempos malos? Se puede entrar al filme creyendo que es otra película sobre la marginalidad y la delincuencia, pero estos malos son unos artistas del lenguaje…
-Ahhh, eso era una ambición muy antigua mía. Siempre quise adaptar al cine la novela Chicago chico, de Armando Méndez Carrasco, pero habría salido muy caro hacerlo como filme de época, así que pensé ¿por qué no hacerlo ahora? Usar a las pandillas que trafican en las poblaciones, que se hacen mexicanas, que mandan la mercancía fuera. Fue así como construí el mundo de don Eulalio, el tipo que encarna Roberto Farías y en torno al cual circulan todos: el cabro chico, los matones, las bailarinas y hasta los fantasmas de sus víctimas, que vienen a cobrarle sentimientos y lo aprovechan de saludar.

-Ese personaje se devora la película. Creo que es uno de los grandes personajes del cine chileno reciente. ¿Qué opina de la actuación de Farías?

-Estoy muy orgulloso, porque nos salimos con la nuestra. Roberto es un actor extraordinario y aquí le di vía libre. Está desatado. El coa –el histórico y el que aproveché de inventar para la película– llena la película de principio a fin, pero él le saca el máximo provecho.

-¿Por qué no hubo nuevo filme de Cristián Sánchez en la última década?

-No tengo ganas de quejarme, pero dicho en simple: desde fines de los 90 postulé a muchos fondos y los perdí casi todos. Nunca usé ningún tipo de herramientas, ni lobby ni llamados. Tal vez hubo un deseo muy grande de muchas personas por hacer sus proyectos, y gente que se convirtió en favorita de los medios. Lo cierto es quedé sin ningún espacio. En los 90, el Fondart me ayudó para completar dos proyectos: El cumplimiento del deseo y Cuídate del agua mansa, pero desde El cautiverio feliz, en el 98, me empantané. Durante toda la década pasada participé, pero llegué al punto de tirar la esponja. Supe por ahí que “casi” gané varias veces; es más, una vez me dijeron que había ganado pero luego busqué en las listas y no figuraba por ningún lado. Uno de los jurados me dijo: “pasó algo, pero no te puedo decir”. Yo tampoco quise preguntar. Recién en 2007 quebré la racha y filmé Tiempos malos al año siguiente. En 2010, volvimos a ganar para hacer la postproducción.

La actividad desplegada en 2011 parece augurar que Sánchez todavía tiene bastante que decir. Entre sus planes se encuentra finalizar Camino de sangre, un medio metraje grabado entre 2001 y 2003 en dos veranos. “En principio era una historia a lo Manuel Rojas, pero ahora tengo ganas de volver a retomarla y hacer un filme complementario, Sangre en el camino, donde los mismos personajes vuelven a encontrarse, pero 10 años más tarde. Ahí veremos”. Piensa un rato y agrega: “nunca le he tenido miedo a las cosas que no parecen concluidas. He desarrollado una obra sobre esa idea. Sobre dejar las cosas abiertas. Basta mirar alrededor para darse cuenta de que las imágenes, que lo que nos rodea siempre está en un proceso de devenir. Que todo cambia, pero que en el fondo nada lo hace.

-¿Y qué ha cambiado en usted y su obra?
-Creo que nos hemos ido simplificando. Siempre buscando una suerte de síntesis, una abstracción.

El Chile perpetuo
Hay ciertos filmes que parece imposible fechar en el tiempo. Son pájaros raros. Eraserhead, de David Lynch. Gente en domingo, de Robert Siodmak. El río, de Jean Renoir. Perceval el galo, de Eric Rohmer. Viéndolos, uno siente que pudieron haber sido creados hace mucho; pero al volver a ellos da la impresión de que fueron hechos ayer o, más extraño aún: que quizás retratan un mundo que aún no existe y que parece al alcance de la mano, pues contienen algo incubado –o enquistado- desde siempre.

Así pasa cada vez que vuelve a las andadas El zapato chino (1979) de Cristián Sánchez. La haya visto uno en una de sus míticas tres funciones de estreno a fines de los 70, como parte de un curso de cine en la universidad, pirateada en VHS, descargada de internet o desde hace unos días en su primera edición formal en DVD –gracias al invaluable trabajo de Uqbar Ediciones- el efecto sobre el espectador siempre es el mismo. En cada sucesiva “resurrección” queda la sensación de que su misérrimo drama viene repitiéndose como en un rotativo: un taxista rescata a una adolescente de lo que vagamente semeja una red de prostitución. Luego va y la instala a esta “sobrina –como él la bautiza- en su casa, en parte para cuidarla, en parte para dejarse enamorar e inyectar un tremenda dosis de inestabilidad en un entorno en el que nada se transforma y tal vez nada lo hará.

¿De dónde salió este mundo? De la literatura costumbrista chilena. De una atmósfera de represión política. De la observación diaria. Del campesinado que torció camino a la ciudad, y luego de la ciudad que comenzó a expulsar a la gente de sus barrios. De una insoportable sensación de soledad.

Sánchez filmó la película en la segunda mitad de los 70, en un Chile pre plebiscito, con toque de queda, dictadura militar en plenas funciones, pálido alumbrado de neón callejero y terrenos eriazos en dos de cada tres cuadras. Un mundo que probablemente le resulte irreconocible a un espectador nacido post 1989 y, sin embargo, algo de su paisaje depredado, vacío y austero se entiende por completo en estos días de carreteras concesionadas, farmacias tipo drugstore y calles sin veredas. ¿Cambiamos todo para, al final, cambiar nada?

Vista en el marco de la historia del cine nacional, El zapato chino aparece rodeada por películas que incansablemente tratan de abrazar dicho tema. No hay que ir muy lejos para ir a buscarlas, ahí están: El chacal de Nahueltoro (1969), Julio comienza en julio (1979), La frontera (1990), Taxi para tres (2001), La buena vida (2008). La diferencia es que estas parecen hablar en todo momento en voz alta, casi obligadas a incorporar su ficción al discurso público vigente al momento de su estreno. El filme de Sánchez opta por dar la espalda y dejar vía libre a su propia fragmentación. Como si a partir de los pedazos sueltos de ese puzzle pudiéramos intuir una realidad más certera, más ajustada a lo que fue, a lo que es y a lo que será.