• 18 noviembre, 2011

La literatura impura de Carlos Pezoa Véliz es un desfile de parias. Exhibe el inframundo de la nación y el desecho del orden republicano. Un antecedente para la antipoesía de Nicanor Parra.

El escritor Carlos Pezoa Véliz nació en 1879 y murió a los veintiocho, de tuberculosis. Nunca publicó un libro en vida; sólo dejó textos dispersos en revistas, diarios, hojas sueltas. Famoso por su ironía inquietante, atravesó la escena literaria chilena con la hosquedad de un cazador furtivo.
En su poesía y en su prosa se percibe la misma fascinación por los “pobres diablos que matan el tiempo en espera de nada”, por “todos los náufragos de la vida”, y a partir de esa fascinación estética y ética, que funde arte y política, decantó un modelo del escritor como cronista del infortunio humano y de la degradación de la materia. Por eso Pezoa Véliz nunca miró hacia el lado, no apartó la vista, no se hizo el leso. Escribió con los ojos abiertos al entorno social de su tiempo, que era mayoritariamente pobre, y pobre tirando a miserable; y esto, sin escudarse en las nociones de buen gusto inscritas en la estética preciosista.
Por sus escritos circula un cortejo formado por locos, tísicos, pordioseros, criminales patibularios, borrachos, suicidas, cadáveres anónimos. La literatura impura de Pezoa Véliz es un desfile de parias. Exhibe el inframundo de la nación y el desecho del orden republicano. Y así documenta y enaltece las vidas mínimas de unos personajes proscritos del elenco oficial de la literatura y relegados a los márgenes más desoladores de la sociedad chilena del 1900.
Aunque su carrera literaria fue corta, Pezoa Véliz ayudó a reformular el código estético de las letras chilenas. Creó una literatura mestiza, anfibia, que explora los archivos de la cultura oral y escrita, popular e ilustrada, histórica y de actualidad. Mezcló la tradición de la lira popular, de las décimas voceadas en las plazas y en los mercados, con las expresiones de la cultura más prestigiada y canónica; y todo, mientras incursionaba en los ámbitos de la naciente industria cultural masiva. Mediante este ensamblaje cultural heterodoxo, despejó el terreno para la emergencia de la antipoesía. Sin la poesía de Pezoa Véliz, con sus sepultureros cargando un cadáver a cuestas y sus pobres diablos solitarios, la antipoesía –alguna vez precisó el mismo Nicanor Parra— “no habría sido posible”.
Más tarde Parra y sus lectores le devolverían la mano a la obra de Pezoa Véliz, tal vez sin advertirlo, al hacerla parte de una tradición y así disponer las claves de lectura que ayudaron a descifrar su sentido original. En el poema Epitafio, Parra culmina su autorretrato irónico con este verso: “¡Un embutido de ángel y bestia!” Como poeta, algo similar podría decirse de Pezoa Véliz, el primer espécimen local de esa fauna literaria que combina ingredientes culturales contrastantes y aparentemente irreconciliables.
La crónica de su vida parece un producto de la mitología del escritor romántico, que exalta la relación entre enfermedad y creatividad, entre locura y genio. El mismo Pezoa Véliz dejó constancia de sus desórdenes nerviosos, de sus miedos enfermizos, de sus vértigos mentales. Lo poco que se conserva de sus diarios y sus cartas exhibe el rastro de los desajustes psíquicos de este hombre torturado. A los veinte años, alertó: “creo que voy a perder la razón”. Entre sus cercanos cundió la idea del poeta como un espíritu convulso, sacudido por una tormenta de estímulos. Un testigo autorizado declaró: “estaba poseído por una sensibilidad de desollado vivo”. A esa sensibilidad le debemos un puñado de poemas que, desde hace un siglo, vienen inseminando la literatura chilena.