La familia Villalobos produce en Colchagua uno de los tintos más sorprendentes de la escena local. Proviene de parras salvajes, tan únicas como el vino al que dan origen. Por Marcelo Soto

  • 14 diciembre, 2010

 

La familia Villalobos produce en Colchagua uno de los tintos más sorprendentes de la escena local. Proviene de parras salvajes, tan únicas como el vino al que dan origen. Por Marcelo Soto.

 

¿Puede un gran vino nacer casi por accidente, fruto de la casualidad? Por supuesto que sí, y toda la historia del vino está llena de descubrimientos azarosos, de técnicas encontradas a costa de errores y calamidades. Piensen, por ejemplo, en un vino como Villalobos Carignan 2009, de Lolol, un tinto liviano y ligero como un pajarillo, salvaje como una liebre y con el carácter de un campesino desconfiado pero feliz.

Un vino tan fácil de beber que las botellas desaparecen como por arte de magia. De hecho, hace un tiempo compré una caja que se consumió demasiado rápido en un almuerzo con amigos. Pensaba abrir tres botellas y al final de la tarde se habían descorchado ¡seis! Lo mejor del asunto es que el vino fue un éxito, a todos les encantó su personalidad un poco animal, su color casi rosado, la fruta fresca y chispeante; su encantadora falta de artificios.

¿De dónde salió este vino tan inusual en Chile, con apenas 12,9 grados de alcohol y sin la pesadez típica de la barrica de la que se suele abusar en este país? Parecía un tinto de otro planeta. Recordaba a ciertos vinos franceses, pero la etiqueta era clara: Colchagua, nada menos. Para hacer más intrigante el asunto, el impreso –con una acuarela que semejaba una parra multicolor- añadía: “Viñedo Silvestre. Valle de los artistas”.

Sonaba algo pretencioso, pero el vino hablaba por sí solo. Decidí entonces ir en busca de su origen. Con un par de amigos fuimos hasta Santa Cruz y luego hasta Lolol, hacia la costa, y por último nos internamos en un laberinto de caminos de polvo en una noche tan oscura que daba miedo.

Finalmente –tras una hora o más en el asiento trasero de un jeep en que el sueño de pronto me venció- llegamos hasta la casa de los Villalobos, un campo en medio de la nada. Fue como una aparición fantasmal. Había unas velas a modo de bienvenida, sobre una mesa. A lo lejos se escuchaba el aullido de un zorro. Estábamos rodeados de cerros. No había señal para teléfonos móviles.

Y allí me encontré con el patriarca del clan, el escultor Enrique Villalobos, un artista de la vieja escuela (autor, entre otros, del monumento al pueblo mapuche de la Plaza de Armas). Un tipo radical, enemigo de las corporaciones, quizá el último hippie auténtico.

No era fácil advertir qué unía a este hombre de hablar golpeado, que cada tanto despotricaba contra las grandes compañías agrícolas que lanzaban pesticidas en los alrededores, con sus dos hijos allí presentes: Martín y Rolando, ambos ingenieros, ambos exitosos empleados de poderosas empresas del sector energético y financiero.

Al día siguiente, luego de una noche larga y discutida, recorrimos los viñedos donde nace este vino único. Y no podía ser de otro modo: el lugar era tan especial como el vino. Parras que crecían desordenadamente, casi como en una selva; algunas se encaramaban hasta dos o cuatro metros de altura, enredadas en algún maitén u otro árbol nativo.

“Estas parras tienen unos 50 años”, cuenta Martín. “De chico veníamos a caballo, pero sólo cuando las vio un amigo francés, Mathieu Rousseau, nos propuso que hiciéramos un vino con ellas, porque nunca había visto nada parecido”. La primera cosecha fue el 2007, pero la que comenzó a rodar como un secreto gracias al boca a boca fue la 2009, de la que se hicieron 3 mil botellas, algunas disponibles en restaurantes como Vietnam Discovery y Le Bistrot. Hoy vale alrededor de siete mil pesos y puede comprarse a través del sitio villaloboswine.cl.

Vendimiar estas uvas, enredadas entre espinos y ortigas, algunas de la cuales están tan alto que hay que usar una escalera para alcanzarlas, debe ser tan difícil que sospecho que para hacerlo habría que tener prácticamente entrenamiento militar. Se lo comento a Enrique. “Sí, es una cosecha de guerrilla”, contesta riendo.

Los Villalobos no tienen muy claro qué hacer con esta joya que encontraron en estado salvaje. Probé la cosecha 2010 en una muestra de barrica y mantiene una calidad excepcional, quizá superior a la de 2009. La tentación de subir la producción y desvirtuar el proyecto están a la vuelta de la esquina.

“Este vino tienen que seguir haciéndolo igual, tan natural como sea posible”, le dije a Rolando varias semanas después, cuando nos encontramos en Santiago. “Esa es la idea”, me dice y cruzo los dedos por que así sea.