La baronesa Philippine de Rothschild estuvo en Chile para celebrar la décima cosecha de Almaviva y dar un impulso a la filial chilena de la casa de Burdeos. POR MARCELO SOTO Uno de los momentos más extraños y memorables del año vitivinícola que termina ocurrió la semana pasada, en las bodegas de Barón Philippe de […]

  • 30 noviembre, 2007

La baronesa Philippine de Rothschild estuvo en Chile para celebrar la décima cosecha de Almaviva y dar un impulso a la filial chilena de la casa de Burdeos.
POR MARCELO SOTO

Uno de los momentos más extraños y memorables del año vitivinícola que termina ocurrió la semana pasada, en las bodegas de Barón Philippe de Rothschild en el Maipo. ¿Se imaginan un potro fina sangre, bastante nervioso, en medio de un almuerzo, entre tanques de acero y barricas de roble?

Parece una película de Fellini, pero eso fue lo que sucedió. La escena se vivió en la reciente visita de la baronesa Philippine de Rothschild a los viñedos que la empresa francesa posee en Chile y el animal fue un regalo de la familia Guilisasti, socios chilenos de la casa de Burdeos en la viña Almaviva. “Se llamará Escudo Rojo”, exclamó la baronesa, aludiendo a la traducción al español del apellido alemán Rothschild. La idea del regalo, que nadie esperaba, fue de José Guilisasti, quien dio un discurso desordenado y emotivo antes de presentar la sorpresa, advirtiendo a los invitados: “Ahora quédense callados, en serio, h…”.

¿Qué tiene que ver esto con el vino? Mucho, la verdad. Sucede que un par de días antes se había celebrado la décima cosecha de Almaviva en una cena donde hubo discursos chilenos en francés sobre mapuches. Sin ánimo de aguar la fiesta, había algo artificial en el asunto. La misma baronesa dio el ejemplo al ofrecer después unas divertidas palabras en español.

Quizá sea un ejemplo rebuscado, pero el vino chileno necesita rescatar su identidad. Y para eso no hay que perder de vista los detalles. Está bien que busquemos encantar al mundo, sin embargo no puede hacerse a costa de olvidar lo que nos hace diferentes, empezando por el idioma. Lo anterior de cierta forma se traduce en la botella. El Almaviva 2005 –producto de la alianza entre Concha y Toro y Barón Philippe de Rothschild– es uno de los mejores vinos que hayamos probado de esa viña. Aunque sigue siendo un gran Burdeos hecho en Chile, la nueva cosecha es más frontal, más fresca; de alguna manera, ha ido descubriendo un estilo propio en el camino.

Todavía no puede decirse lo mismo de Escudo Rojo 2006, la mezcla tinta que elabora la filial chilena de la compañía francesa. Siendo un vino muy rico, pareciera no tener aún una identidad clara. Como que está buscando su destino, algo que se advierte en muchos otros vinos nacionales. Para encontrar ese carácter propio, no basta con agradar ni menos con la cortesía. Hay que sorprender, hay que arriesgarse, incluso con ideas locas, como un caballo en medio de una bodega.