• 21 octubre, 2011



Me duele Chile. La intransigencia, la falta de ideas, el exceso de twitter y figuración por sobre propuestas de largo plazo y la ausencia de voluntad para escuchar y cooperar parecen haberse instalado en el país.


Los plazos se acortan, las propuestas siguen ausentes. No hay vasos comunicantes y como consecuencia de lo anterior estamos atrapados en un mal equilibrio. Un equilibrio en el que se rompen las confianzas, se carece de mirada estratégica, la violencia física y moral se impone a la razón, no se quiere escuchar.
Con todo ello, se ponen en riesgo la estabilidad social y la inversión y se juega con nuestras posibilidades de desarrollo.

Urge entonces la vuelta al diálogo, al trabajo serio con políticas bien diseñadas. Chile es un país desigual, y lo ha sido por mucho tiempo. Las oportunidades están muy mal distribuidas y el camino fácil domina al mérito.

Que Chile sea un país desigual, en términos de la distribución de sus ingresos y en la distribución de oportunidades, es conocido desde hace ya bastante tiempo. Desde la campaña Lagos-Lavín el tema está en la mesa, instalado en la opinión pública, carcomiendo las esperanzas e irritando al ciudadano medio. La gran vergüenza de Chile, denunciada hace años por la iglesia y recientemente ratificada por diversos organismos internacionales y estadísticas sociales, sigue allí, agazapada y poniendo en riesgo un proyecto de mejor país.

Chile ha progresado de manera significativa, pero junto a un mayor nivel de desarrollo también han aumentado las expectativas. De acuerdo a la CASEN 2009, un individuo en el percentil 50 de la distribución del ingreso obtiene 140.717 pesos al mes, y uno en el percentil 80 recibe alrededor de 300.000 mil pesos al mes. Los ingresos altos en Chile están concentrados sólo en el 3% superior de la distribución del ingreso. Chile ha ido derrotando la pobreza, pero aun salir de la pobreza no garantiza no volver a caer en ella. Todavía existe una gran vulnerabilidad.

Por el lado de acceso a oportunidades y movilidad social, el avance también es insuficiente. De acuerdo a la nueva encuesta de primera infancia, se observan brechas en niveles de desarrollo entre niños de hogares pobres y ricos a temprana edad. Ya a los dos años aparecen diferencias significativas en niveles temprano de desarrollo. Peor aún, dichas diferencias crecen a los tres y cuatro años. La etapa educacional siguiente ya es historia conocida: mala calidad de educación escolar y terciaria, desigual acceso a las mismas y un descontento generalizado.

En suma, la gran mayoría de los chilenos vive en condiciones de vulnerabilidad y precariedad de oportunidades y percibe escasas oportunidades de movilidad social. Esta situación debe ser reparada, corregida con buenas políticas públicas.

Los países serios se construyen con políticas bien diseñadas y con objetivos de largo plazo. Deben cumplir con las expectativas y ser sustentables financieramente. Chile requiere de manera urgente una reforma educacional integral en dos ámbitos. Una reforma educacional que permita avances significativos (no cosméticos) en calidad y equidad del sistema. Esta reforma debe ser ambiciosa, diseñada desde la educación pre escolar hasta la educación terciaria. Los temas a considerar son amplios: institucionalidad, lucro, incentivos, carrera docente, educación pública, financiamiento.

Segundo; una reforma de este tipo debe ser pensada en el contexto de los elevados niveles de desigualdad que exhibe el país. Los esfuerzos requeridos para nivelar la cancha son más exigentes mientras más desiguales sean las sociedades. Chile necesita una reforma ambiciosa y eficiente.

Un cambio de esta magnitud no es posible con los recursos destinados actualmente. Un paquete de reformas que permita poner al país en la senda del desarrollo, de las oportunidades y de la eficiencia no puede ser abordado con el presupuesto actual. Se requiere una reforma tributaria que financie de manera gradual y agresiva este cambio de trayectoria.

Lo que no es aconsejable es hacer reformas a medias. Se requiere construir una institucionalidad adecuada que permita lograr un giro profundo en materia educativa, de oportunidades y desigualdad. Si no hacemos esto hoy, las calles seguirán ocupadas, la violencia subirá de tono y el país abandonará sus sueños de desarrollo. No podemos darnos ese lujo, así como tampoco podemos hacer reformas educacionales y tributarias en cada gobierno. Tenemos que acordar y lograr un cambio sustantivo. Se lo debemos a nuestros niños y al país.