Robert Storr, autodidacta y un hombre que acepta la globalización con cautela, ha ironizado con el uso y abuso de la crítica “muy por debajo de la inteligencia de la audiencia”. Por Luisa Ulibarri   Hace unos días recibí una invitación para asistir a la conferencia de prensa que David Croff, presidente de la Fundación […]

  • 23 marzo, 2007

Robert Storr, autodidacta y un hombre que acepta la globalización con cautela, ha ironizado con el uso y abuso de la crítica “muy por debajo de la inteligencia de la audiencia”.
Por Luisa Ulibarri

 

Hace unos días recibí una invitación para asistir a la conferencia de prensa que David Croff, presidente de la Fundación de la Bienal de Venecia, y Robert Storr (1949), primer comisario y director norteamericano en la historia de esta Bienal de Arte en la versión año 2007 a inaugurarse el próximo mes de junio, ofrecerían a mediados de marzo en la Embajada de Italia en París.

Lamentablemente, la distancia obligaba a desistir. Pero, si como acto de deferencia correspondía intentar pasar revista a este tradicional certamen en sus 110 años de existencia –nacido e inaugurado en 1895 para celebrar las bodas de plata de los reyes Humberto y Margarita de Savoya– al menos mi atención y pertinaz presencia en este evento desde 1993, así lo justificaban. De Achille Bonito Oliva, como director con su tema Los puntos cardinales del arte, a Francesco Bonami, con la muestra Sueño y conflicto (2003), entre muchos otros, se imponía al menos una fugaz reflexión sobre el tema.

El solo nombramiento de Robert Storr como director general de esta muestra veneciana produce un cosquilleo de manos y alma. Durante doce años conservador jefe del MoMA de Nueva York, artista autodidacta, hoy profesor jefe del Institute of Fine Arts de Nueva York, considerado un gurú del arte y un curador y escritor de fuste en las inolvidables muestras y libros de Gerhard Richter, Robert Ryman, Max Beckmann o Philip Guston –este último, ejemplar de cabecera de quien escribe estas líneas–, Storr ha legitimado la pintura, su expertise, no solo como expresión del arte sino a la que considera ”punto de partida de las mejores instalaciones, videos y fotografías nacidas entre los años 50 y los 90”. Ha ironizado con el uso y abuso de la crítica muy por debajo de la inteligencia de la audiencia, acepta la globalización con cautela y no tiene empacho, en tanto autodidacta convertido en el conservador del MoMA, de señalar con modestia que su método, hábito y credencial ha sido siempre “mirar atentamente, leer mucho y hablar con artistas”, más allá de discursivas retóricas onanistas e inconducentes.

Además, es cauteloso, discreto y cero showman de la escena. Al margen de haber elegido ya personalmente a algunos artistas africanos, al argentino Guillermo Kuitca y bendecir la representación de los tres artistas colombianos Oscar Muñoz, José Alejandro Restrepo, Rosario López, poco revela del leitmotiv de una bienal que está afinando sin tregua desde 2005, cuando lo nombraron. Hasta ahora, aunque impulsor entusiasta de la presencia latinoamericana, no ha esbozado opinión alguna sobre la representación oficial chilena encarnada en la artista Mónica Bengoa (1969), de la Universidad Católica y con sus primeras armas validables expuestas en los años 90 (Londres, La Haya y en nuestra fundacional galería Gabriela Mistral).

A Storr la mano le viene dura pues paralela a la Bienal 2007 en Venecia, estarán la Documenta de Kassel y el Skulptur Projekte de Münster. Pero esa simultaneidad de planos no le preocupa en la medida que el público de Venecia se convenza de que verá algo totalmente distinto. Heredero de la mirada de Harald Szeemann (Aperto, 1999, Venecia), Robert Storr considera que la máxima diversidad es la esencia de las bienales, y su credo es –por sobre todas las cosas– una aproximación más poética que teórica al arte. A su juicio las bienales son laboratorios y retos positivos: “La cuestión es echar vino nuevo en antiguas botellas. Uno puede diseñar la botella, pero tiene que escoger el vino con mucho cuidado”, ha dicho mientras da curso a su propia cata y selección, de cuyos mostos y cepas solo sabremos a partir de junio de este año.