Entre más de mil fotos acumuladas a través de dos años, el fotógrafo Pablo Izquierdo eligió 60 imágenes que retratan distintas expresiones de devoción religiosa. Fe, y algo de fetichismo, es lo que muestra en su nueva exposición.
Fotos: José Miguel Méndez y Pablo Izquierdo

  • 19 julio, 2019

Tímido y copuchento. Esa combinación de personalidad hizo que desde niño ocupara una cámara fotográfica para poder acceder a la intimidad de otros protegido por un lente. “Para ser fotógrafo igual necesitas ser copuchento, voyerista. Eso me ha llevado a salir de mi metro cuadrado y conocer más la ciudad”, reconoce el publicista de profesión y fotógrafo de oficio, que esta semana inauguró su tercera exposición individual. Al salir de la universidad, Izquierdo (34) trabajó en agencias de publicidad y ahí reparó en la importancia de saber comunicar con imágenes. En esa búsqueda agarró la cámara, salió a la calle y transformó la fotografía en su ocupación profesional. Actualmente colabora para la revista Viernes que circula semanalmente junto con La Segunda, y en sus distintos encargos ha recopilando imágenes que luego dieron vida a algo más. Fe es la serie fotográfica que actualmente puede verse en la galería Artespacio: “Me tocó sacar fotos en un asilo de ancianos donde una viejita tenía varias estampitas: desde Felipe Camiroaga, hasta San Expedito y la Virgen de Lourdes. Me encantó esa señora que creía en toda esa mezcla. Después observé las fotos en el computador y dije: “Qué bien funciona”. Entonces empecé a acumular estos altarcitos en todos los lugares a los que iba. En una oficina de abogados en que la secretaria tenía una virgencita, en la Vega Central, en el Parque del Recuerdo”. En la acumulación de objetos religiosos y la necesidad de conexión con lo divino, indaga Izquierdo, utilizando la fotografía documental para generar una reflexión en cada espectador. A principios de agosto, después de Fe, sus planes son partir a Londres por un periodo de al menos seis meses. Allá piensa aprender inglés y realizar algunos trabajos fotográficos. Pero antes debe pasar por el rito de la exposición.

-¿En general conversas harto con la gente o eres silencioso al fotografiar?

-Soy muy conversador. No voy a robar imágenes, ni a paparazzear, me acerco y pido la foto. También aprovecho la cara de niño bueno y así me sale más fácil entrar a las casas. Fui criado en una familia de seis mujeres, entonces hay una cosa hogareña y sensible muy intrínseca en mí. Cuando empecé a sacar fotografías en la calle usaba teleobjetivo y las imágenes me quedaban súper frías. Una vez se las mostré a un profesor y me dijo: “Tus fotos son como de safari, tienes que sacar fotos con lente 50mm y acercarte, ser tú el propio zoom”. Ese palo me dolió porque yo juraba que era un fotógrafo seco. El primer ejercicio fue partir a Quinta Normal e ir tocando las puertas de las casas, para perder el miedo.

-Del niño tímido al que toca una puerta ajena hay un abismo.

-La cámara me da esa herramienta para poder entrar, es como la llave para entrar a esas casas.

-¿En qué cree la gente?

-Chuta, no sé, difícil pregunta. Yo creo que hay una concepción errada de que la gente le cree al famoso, a la tele, a las redes sociales, pero en realidad todo el mundo en su intimidad y en la soledad de sus penas, sus miedos y sus propios desafíos, se aferra a un gran amor, un dios o un futuro mejor. O por último cree en sí mismo, en el recuerdo de cuando fue feliz.

-¿Los chilenos viven la religiosidad como una herramienta de supervivencia?

-Totalmente. Hoy mismo una amiga me preguntó si rezaba, me puse a hacer memoria, y me acordé de que la última vez que pasé susto fue la vez que más recé. Como chilenos somos buenos para las mandas, para las estampitas, para acudir a los santos cuando necesitamos algo. Es como si se hiciera necesario aferrarse a algo sobrenatural para poder vivir a salvo, sano y libre de males. “Nos vemos si Dios quiere”. “Tengo fe en que me va a ir bien”. “Vaya con Dios”. Fuimos criados en una sociedad híper religiosa y esta exposición intenta analizar eso.

-¿Te enfocaste exclusivamente en el catolicismo?

-No. Empecé a ver este mismo patrón de necesidad de colección sobre lo sobrenatural en todos lados: gente más pagana, templos evangélicos, católicos o santos haitianos. Eso me interesó; la mezcla de fe con fetichismo y superstición. Hasta en las iglesias es permitido poner todo tipo de fotitos o peluches. Todo vale, y no es mal visto.

-¿Crees que la gente experimenta la fe de manera distinta, dependiendo del estrato socioeconómico? 

-Quizás la fe sea la misma, pero la religiosidad se vive de manera distinta. Mientras más bajo sea el estrato, existe una demostración más exacerbada. La clase alta intenta ser neutra o quizás hay menos libertad para mostrarse. Me llama la atención que se use la expresión “fe popular” cuando es demostrativa.

-¿Y qué elementos te resultan transversales?

-Los ojos cerrados. Es como si todos quisieran desaparecer para poder conectarse mejor. Las posturas de recogimiento son parecidas en los templos de todo tipo, analizar físicamente esos cuerpos como si yo fuera un forense fue un ejercicio muy curioso. Al momento de elegir imágenes me salía mi lado más publicista y elegí las fotos más power para impactar. Me importa que haya una imagen fresca sobre la cual detenerse.

La fe madura

-¿Cuál es tu relación con la fe?

-Siento que uno siempre hace obra de lo que ha vivido, hay que ser autobiográfico para que valga. Y yo nací en un contexto súper católico, mi familia es católica y mi colegio también lo era. Crecí en una fe más infantil, con un dios castigador del que nunca dudé. Hasta más grande, cuando empecé a revisar si creía o no en él. Ahora tengo una fe enfocada en el amor. Creo más en las personas y Dios pasó más a un segundo plano, o quizás lo veo más reflejado en la gente.

-¿Llegar ahí te generó mucho conflicto?

-Pasé por todas las etapas, desde el enojo, mandar todo a la cresta, no creer en nada, pero mi conexión con Dios todavía existe. Es distinta, no sigo a la Iglesia ni voy a misa, pero sigo rezándole a mi abuela o al ángel de la guarda. La culpa la he ido soltando, por suerte, porque me costó harto.

-¿Qué opinas de las mandas?

-No sé, por un lado es una manera de aterrizar a un Dios lejano. Igual lo encuentro digno de análisis, sobre todo en un mundo donde todo es tan rápido e inmediato, hacer una manda a alguien abstracto del cual no te consta su existencia, es curioso. Pero tengo amigos que no son muy religiosos, y que hacen mandas cuando necesitan pedir por algo.

-¿Será una manera de intencionar?

-También. Hay gente que lo vive como un flujo de energía o una proposición propia. A veces también hay una fe utilitarista, en la medida que me sirva.

-¿Se podría hablar de una frivolización de la espiritualidad?

-Visto en imágenes se ve superfluo. Hay gente que va a decir: “¡Qué lindo ese altarcito, es como el de mi abuela!”. Y otra gente a la que le va a chocar. A mí no me hace sentido un dios en la lógica de las indulgencias plenarias, pero hay gente a la que sí, y se aferra a eso para ser feliz. No pretendo juzgar, pero sí generar un análisis crítico sobre las diferentes formas de creer.

-¿Qué teclas te interesa tocar en el espectador?

-Me gustaría que las imágenes inviten al espectador a sentirse reflejado en ellas. Intento que sean fotos con doble mirada y con varias capas que abran debate. Esto no es más que un estudio etnográfico de la sociedad y me encantaría que refleje verdad y realismo. Pero no sé qué va a pasar con la exposición, porque mucha gente a la que le envié la invitación a la inauguración, lo tomó de manera personal. Me respondió una señora súper católica dándome toda una explicación de por qué ella creía en Dios.

-En la era de Instagram, donde todos son o pueden ser fotógrafos, ¿qué sentido sigue teniendo montar una exposición de arte?

-Es invitar a detenerse y mirar, porque te encierras en un espacio. Es distinto publicar una sola imagen que llegar a un lugar y sentirte rodeado por ella junto a otros. Ver una obra de teatro es diferente a una serie de Netflix. Si hartas personas están mirando las imágenes al mismo tiempo, siento que se valida más el tema.

-¿Estás nervioso?

-Sí, estoy durmiendo pésimo (ríe). Por el hecho de exponer, pero también por lo que va a pasar, si va a ser una reflexión importante. Más que nada, me da miedo que pase inadvertida o quede en lo anecdótico.