Cómo los tres acorazados de la armada mexicana encallaron en las playas de la ambición. Por Héctor Soto Prometía ser una de las grandes sorpresas de la actual temporada cinematográfica y terminó siendo apenas un chiste malo y repetido. Luego que la prensa y amplios sectores de la crítica aguardaran con enorme expectación su arremetida, […]

  • 23 marzo, 2007

Cómo los tres acorazados de la armada mexicana encallaron en las playas de la ambición.
Por Héctor Soto

Prometía ser una de las grandes sorpresas de la actual temporada cinematográfica y terminó siendo apenas un chiste malo y repetido. Luego que la prensa y amplios sectores de la crítica aguardaran con enorme expectación su arremetida, todo indica que la llamada invencible armada mexicana se ha hundido por su propio peso y mucho antes de presentar batalla. Ni Babel, de Alejandro González Iñárritu, ni El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro, ni Niños del hombre, de Alfonso Cuarón, son títulos que se puedan tomar muy en serio. Las tres son realizaciones que defraudan y que describen el traumático encuentro del talento personal –González, Cuarón y del Toro demostraron tenerlo en sus trabajos anteriores– con los actuales formatos de producción industrial del cine gringo.

El caso de Babel quizás sea el más patético por la magnitud de sus ambiciones y la solemnidad de sus lugares comunes. El director de Amores perros podrá haber tenido un debut un tanto errático en esa película, pero nadie le podría negar una atendible dosis de fuerza y de brío en el primero de los episodios de esa cinta. Babel también aspira a tenerla, pero a fuerza de saturar la pantalla con la más imponente procesión de efectismos que se ha visto en los últimos años. Desde las imágenes tricontinentales hasta la banda sonora, desde las desgracias fatales hasta las euforias epifánicas, en Babel todo está sobregirado. La idea que está detrás del proyecto era componer el fresco de una humanidad golpeada en lo más profundo de sí por las ciegas leyes de la mala suerte y la estupidez. Un monumental tributo de la ley de Murphy que la obra trata de desplegar con retórica planetaria sin tener otra cosa como sustento que tres historias tan improbables como picantes. Como González Iñárritu es de los que cree que la humanidad, con sus sentimientos y emociones, solo puede acontecer en las situaciones límites –largas agonías, profundas depresiones, terribles desdichas reñidas con la ley de las probabilidades– no hay de hecho ni un solo segundo en esta película bravucona y malintencionada donde no se advierta la puntada con hilo. Todo tiene que ser terrible y chocante porque ahí está el negocio. Gualtiero Jacopetti, célebre carroñero del cine italiano, cuando dirigía las dos ediciones de Perro Mundo en los 60, partía de una plataforma moral parecida.

El desafío de Guillermo del Toro en El laberinto del fauno, siendo más atrevido en términos intelectuales (unir la imaginación fantástica de una chica con el represivo clima de la España franquista de los años 40) tampoco se queda corto en materia de intenciones. Malas intenciones, por cierto. Nunca se sabrá qué queda peor en esta astracanada. Si el imaginario fantasmagórico procedente de El señor de los anillos y sus paparruchas o la lectura política de la izquierda más ramplona sobre la guerra civil y el franquismo. Pelea de ratas, al final: vaya a saberse cuál de los dos imaginarios está más revenido.

En este contexto feroz, capaz que Cuarón sea el héroe de la jornada o por lo menos el cineasta menos dañado por el mal de alturas. Niños del hombre, inspirada en un relato de P.D. James y que evoluciona de más a menos, también es una película que confía más en el efectismo que en la observación, pero tiene al menos una dirección de arte envidiable –por mucho que le deba bastante a Blade Runner– y un protagonista masculino interesante en su vulnerabilidad. A lo mejor es poco dentro de este sombrío evangelio futurista. Sin embargo, son aspectos no desdeñables. El cine es un arte de verdades pequeñas. Cuando se mete en lo macro o aspira a grandes cosmogonías, afírmese a la butaca. Porque ocurrirá lo peor.