• 16 abril, 2008

Hace seis años los mercados financieros temblaban ante la sola mención de su candidatura presidencial. Ahora tiene el respeto y la admiración de los inversionistas, además de una popularidad sin precedentes entre la población. ¿Cómo lo consiguió Lula? Esta es la explicación de un ejecutivo chileno que lo conoce de cerca. Por Máximo Pacheco.

Nunca un Presidente de una democracia obtuvo tantos votos en las urnas. 58 millones de brasileros apoyaron a este ex-líder sindical cuya historia personal es conmovedora. Y la comunidad empresarial cayó en pánico hasta que todos sus temores se mostraron equivocados.

Lula nació en la pobreza extrema. Hijo de un matrimonio de campesinos pobres, conoció a su padre a los cinco años de edad. Emigró, como miles, desde el campo a la ciudad. En Santos, con siete años, tuvo su primer trabajo como vendedor de maní. Su padre, un hombre violento, que nunca supo ser buen padre ni buen marido, abandonó a su familia en esos días. Creo que Lula fue a la escuela hasta tercer grado básico.

Y hoy Lula, después de casi seis años de gobierno, atrae más inversión extranjera que la mayoría de las otras economías emergentes. Ha logrado cautivar el afecto y el aprecio de su pueblo, consiguiendo mejorar sus niveles de vida y la distribución del ingreso de una de las economías más desiguales del planeta.

Cuando tantos amigos y colegas visitan Brasil, una de las primeras preguntas que me hacen es cómo se explica este éxito social y económico, en que la popularidad de Lula supera hoy los niveles de cuando fue electo en 2002 y reelecto en 2006.

Como en toda materia compleja, no existen una respuesta única ni un parecer unánime. Pero las columnas de opinión son para opinar y voy a intentar dar mi explicación más plausible, destacando los aspectos más positivos de su gestión.

Conocí a Lula hace 5 años durante su visita a Chile, en una cena ofrecida en su honor en La Moneda.

Yo ya vivía en Brasil y hablaba el portugués de un principiante. Se interesó de inmediato por nuestros proyectos de inversión en Brasil. A los pocos minutos me trataba por mi nombre, que sólo escuchó una vez cuando me presentaron, y comentaba : “amigo Maximo, gracias por confi ar en mi país”. Lula es un hombre cálido y acogedor, de personalidad magnética y carismática, y un gran comunicador social.

Cuando uno está con él siente que está escuchando, poniendo atención e interesado en la conversación. Mira a los ojos y es preguntón. Crea un ambiente en el cual uno se siente cómodo. Lula es capaz de tener una conversación distendida, interesante y de igual a igual con la gente más diversa.

Lo he visto en reuniones con presidentes y CEO de las mayores empresas del mundo hablando de China, la globalización, los bio-combustibles, los desafíos de la economía mundial y otros asuntos complejos. Lo hace de manera ilustrada, fluida, sin lugares comunes, con un punto de vista interesante y con buen conocimiento de los datos.

Y después de ese tipo de reuniones recorre las profundidades de Brasil y sus rincones más pobres en el Nordeste o en la Amazonia y ahí se comunica con los más humildes, en un tono que ellos entienden, y sostiene conversaciones que usan un lenguaje común.

La elite brasilera muchas veces se ríe de su forma de hablar porque no es la de un académico ni la de un ilustrado. En privado, es alguien que se permite usar expresiones gruesas, fáciles de entender y lo hace con humor, gracia y simpatía.

Uno de los rasgos que más se reconoce y admira en Lula como político, es que existen pocas personas que conozcan mejor Brasil que él. Lo ha recorrido y visitado en profundidad. Conoce sus problemas, aspiraciones y limitaciones.
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Y eso convierte a Lula un político pragmático. Tiene el sueño de sacar a su país de la pobreza y el subdesarrollo, pero sabe que eso es complejo, arduo, lento y difícil. Por eso es que avanza con pragmatismo, pero el eje de su política es ese sueño.

En una oportunidad, almorzando con él y en una conversación muy personal, dedicó la mayor parte del tiempo a explicarme lo importante que es para los pobres vivir sin inflación. Sabe, como nadie, lo devastador que es para el bolsillo de las familias modestas el flagelo de la inflación. Y apostó a ello, sin mostrar ninguna señal de duda. El control inflacionario ha sido una tarea prioritaria en sus años de gobierno y consiguió librar a Brasil de la droga inflacionaria.

Con una inflación controlada, el país protege el poder de consumo de los pobres y comienza a expandir el poder de compra de sectores que estuvieron por décadas
fuera del mercado.

Su preocupación por los pobres se privilegia en el programa diseñado bajo el nombre de Bolsa de Familia.

A través de esto fondo, 11 millones de familias de extrema pobreza reciben 80 dólares mensuales, con el único requisito de que sus hijos menores de 17 años tengan una asistencia mínima a la escuela de 80% y que las vacunas básicas del policlínico estén al día.

Es un programa que se controla a través de los municipios. El dinero se entrega a través de cajeros automáticos dispuestos en los lugares más remotos, a través del uso de una tarjeta plástica personalizada y con la señal privada del beneficiario.

Este programa transfirió en 2007 la cantidad de 11 billones de dólares en dinero efectivo a millones de familias que así acceden a bienes que nunca antes compraron.

La política económica de Lula y parte de su éxito radican en la capacidad de promover el consumo doméstico. A través de Bolsa Familia no sólo se hace política social, sino que se estimula el consumo de nuevos sectores.

En los años de gobierno de Lula, el salario mínimo más que se ha duplicado en moneda brasilera, pasando de 85 dólares/mes cuando asumió en 2002, a 250/mes en la actualidad. Este aumento de poder de consumo crea un ciclo de más inversión para el mercado doméstico y menos desempleo, lo que a su vez crea más consumo.

Nada ha dañado más a Brasil que su estancamiento económico por décadas. La economía del país creció entre 1981 y 2003 a una tasa de 2% anual. En los años de gobierno de Lula ha crecido más del doble, esto es 4,3% anua,l y se espera para 2008 un crecimiento mayor que 5%.

El presidente Lula sabe que el crecimiento es la mejor manera de incorporar a los pobres al empleo, a la vida digna y al acceso al consumo. Por años, los gobernantes en Brasil defendieron la idea de hacer crecer la torta antes de distribuirla. Pero Lula convidó a los pobres a participar de la torta, respetando las políticas necesarias para crecer. Y demostró que, haciendo eso, el país crece mejor.

En los últimos dos años, 20 millones de brasileros salieron de la pobreza y emergieron para lo que los estudios de mercado llaman el segmento C de la población consumidora.

El segmento C de la población brasilera compra hoy 4 de cada 10 computadores que se venden. Y en Brasil se venden 11 millones de computadores al año. Compra también 4 de cada 10 celulares en un mercado donde se vendieren 40 millones de celulares en 2007. De cada 10 cartones de crédito emitidos, 7 son para consumidores de este segmento.

La creación de este sector de consumidores, con casi 90 millones de personas o 46% de los brasileros, ha reducido los sectores pobres (D y E ) a poco más de 70 millones de personas, lo que todavía representa casi 40% de la población.

No cabe duda que la tarea que Brasil y el presidente Lula tienen por delante en el desafío de vencer la pobreza y mejorar la desigualdad es enorme, pero Lula ha avanzado en esta área y lo continua haciendo.

Nadie tiene duda respecto a que la desigualdad social y la pobreza en Brasil son una herencia terrible y dramática. Así y todo, uno de los aspectos que merece destacarse es que Brasil es una sociedad que tiene más movilidad social que muchas de las sociedades latinoamericanas y mayor movilidad que la existente en Chile.

La historia de Lula es, de alguna forma, una demostración de un país donde la estructura social y la cultura permiten el tránsito entre clases sociales. Son muchas las personas que inician su carrera laboral en las empresas privadas en cargos inferiores y que consiguen llegar a los más altos escalones después de una carrera plena de esfuerzo, entrenamiento y desarrollo profesional.

No cabe duda que un país tan rico en recursos naturales, con una cantidad y calidad de suelos agrícolas envidiable (71 millones de hectáreas aún disponibles para la agricultura) y con agua abundante, tiene una gran ventaja en esta etapa de la globalización caracterizada por la necesidad de más alimentos y más recursos básicos para sostener el crecimiento de grandes economías como China e India.

Brasil ha sabido aprovechar eso. El pragmatismo de Lula lo ha llevado a privilegiar el esfuerzo exportador y la apertura internacional de la economía. En su primer gobierno nombró a un reconocido y exitoso empresario como ministro de Comercio y hoy tiene en ese cargo a un ex ejecutivo de una reconocida multinacional.

El país, más allá de la fatiga mundial del dólar, continúa aumentando y diversificando sus exportaciones, desarrollando más y más proyectos de inversión orientados a los mercados externos, atrayendo cuantiosa inversión extranjera y creando más y mejores empleos.

Nada de esto seria posible sin un fortalecimiento del sistema financiero. Tenemos hoy en Brasil instituciones financieras que, nuevamente, han comenzado a otorgar créditos hipotecarios de largo plazo, induciendo un gran boom inmobiliario que actúa como impulsor del efecto dinamizador de la cadena productiva de la construcción.

Difícil creer que hace 7 años el pánico anunciaba que Brasil iría a sucumbir al populismo y a la irresponsabilidad fiscal si llegaba a ser dirigido por este ex sindicalista. Eran agoreros que no conocían bien Brasil ni al verdadero Lula. Un presidente que ha sabido conquistar el apoyo de su pueblo porque lo conoce demasiado bien, que posee convicciones claras y simples de lo que es básico de cuidar para ser exitoso en la conducción económica y que tiene el pragmatismo para defenderlo con mística y carisma.

Maximo Pacheco M. es economista, ex vice presidente de Operaciones de Codelco y actual presidente ejecutivo de International Paper –Brasil.