• 29 abril, 2009

Sin lugar a dudas que es de alto contenido ético estar abierto a donar órganos, y se ha de informar responsablemente a la sociedad toda de que constituye un acto de genuina generosidad.

Ha muerto Felipe Cruzat. Nos duele porque suscitó simpatía en todo Chile. No hubo un corazón para él, pero, qué duda cabe, él está en el corazón de todos los chilenos que de alguna manera vimos reflejado en él el deseo de vivir que tenemos todos. Quisiera agradecer y felicitar a la familia Cruzat Solar por la entereza y la serenidad con que ha asumido la enfermedad y la muerte de su hijo Felipe. Es un ejemplo extraordinario de confianza en Dios y de fe en que la muerte no es la última palabra, sino que la vida, en el caso de Felipe, ahora junto a Dios. No cabe duda de que su situación tan dramática puso en boga nuevamente el tema de los trasplantes de órganos.

La Iglesia Católica, como lo plantea en múltiples documentos, está a favor de los trasplantes de órganos, tanto de persona viva a otra viva como de persona ya muerta; es decir cadáver, a vivo.

En ambos casos, la primera condición que debe cumplirse es que sea un acto de absoluta libertad, sin presión alguna y motivada por el amor y la solidaridad de un ser humano a otro ser humano. El amor es el motor que ha de animar el trasplante.

Cuando se trata de un ser vivo a otro vivo, se deben cumplir otras condiciones. Que el donante no vea menoscabada su salud física con la entrega de un órgano y, por supuesto, ha de haber altas posibilidades de éxito de orden terapéutico para el receptor y hacerse con el debido consentimiento informado.

Es evidente que extraer un órgano para donárselo a quien lo necesita es una mutilación, pero puede tener sentido, dado que va en beneficio de algo tan relevante como la vida del receptor. Por otro lado, ha de ser un acto absolutamente gratuito y bajo ningún concepto debe haber una mediación económica de por medio. Sería muy inmoral que se trafique con órganos y que personas se mutilen para obtener dinero para vivir. De acontecer una acción de esta índole el cuerpo humano adquiriría el rango de cosa y susceptible de transarse en el mercado, lo que claramente es un atentado a la dignidad de la persona que, en virtud de la misma, no tiene precio.

En relación con el trasplante de un difunto a una persona viva, también deben darse muchas condiciones para su licitud. Además de lo expresado al principio, es condición indispensable que la persona a la cual se le va a extraer un órgano esté realmente muerta. Es decir, debe haber certeza de la muerte del donante y ello, debidamente certificado por personas altamente competentes en la materia. Lo cual significa que bajo ningún punto de vista la extracción del órgano sea la causa de defunción de la persona. Es importante recordar que un sujeto, por muy grave que esté o próximo a la muerte, está vivo, y por lo tanto merece respeto y no se le puede extraer los órganos. En algunos países la legislación plantea que el equipo que trata al paciente que fallece ha de ser distinto al equipo médico que trata al donante. Además, en ciertas naciones un equipo médico independiente certifica la muerte del donante.

Por otro lado, debe ser un acto gratuito y hay que respetar la voluntad de la persona fallecida si al respecto se manifestó en vida, o la de sus familiares si nada estipuló en relación a la posibilidad de ser donante.

Sin lugar a dudas que es de alto contenido ético estar abierto a donar órganos, y se ha de informar a la sociedad toda de que constituye un acto de genuina generosidad. Claro está que el número de personas que quieran donar sus órganos una vez fallecidas aumentará en la medida en que haya transparencia absoluta, tanto en lo que a certificación de la muerte se refiere como a los criterios de distribución de los órganos. Dado que debe ser el criterio de justicia el que tiene que primar en un acto de esta índole, el discernimiento sobre entrega de órganos debe ser única y exclusivamente médico y de orden terapéutico. Por lo tanto, no puede haber distinción de raza, sexo o situación económica o social a la hora de hacer entrega de un órgano. Una lista única administrada con la máxima confidencialidad es un requisito fundamental a la hora de transparentar la forma en que se entregan los órganos de las personas fallecidas.

La donación de órganos debe manejarse con mucho cuidado y siempre asegurando la confidencialidad de parte del equipo médico que tiene a un ser humano fallecido que dona. Las personas merecen consideración y en momentos de tanto dramatismo, tanto para el fallecido como para quien espera un órgano, se requieren pudor y respeto. No puede ser usado mediáticamente, dado que la intimidad del paciente y de la familia siempre ha de ser guardada. Creo que los medios de comunicación social tienen una gran responsabilidad; sobre todo, porque muchas veces con su información pueden generar falsas expectativas que hacen mucho daño y causan mucho dolor.