A partir del frustrado atentado a Pinochet, Cristóbal Peña recrea los violentos años 80 en una crónica periodística tan rigurosa como reveladora. 

  • 5 octubre, 2007

 

A partir del frustrado atentado a Pinochet, Cristóbal Peña recrea los violentos años 80 en una crónica periodística tan rigurosa como reveladora. Por Marcelo Soto.

 

Lo dijo Lord Byron: “¡Limpiar el mundo de malandrines liberar de extraño yugo los pueblos oprimidos! ¡Ay! ¿Serán no más un sueño de gloria?”. Los jóvenes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez que el 7 de septiembre de 1986 atentaron contra Augusto Pinochet en el Cajón del Maipo estaban seguros de que cambiarían la historia del país y morirían como héroes. Eso creían. Eso soñaban.

Los cálculos apuntaban a que tenían menos de un 5% o 10% de probabilidades de salir con vida. Sin embargo, todo fue muy distinto a como se había planeado. No solo fallaron en su principal objetivo, que era matar al general, con lo que esperaban iniciar una sublevación que acabaría con el régimen, sino que sobrevivieron con apenas unos cuantos rasguños y en vez de la gloria, encontraron la derrota. Y un futuro gris de sospechas, traiciones y desaliento.

De los éxitos uno puede recuperarse, no así de los fracasos, y de eso en cierta forma habla Los fusileros, el excelente libro de Cristóbal Peña sobre la veintena de frentistas que participaron en la emboscada contra la caravana presidencial, en la cual murieron cinco escoltas, fuera de dejar gravemente heridos a otros nueve y a dos policías de tránsito.

Aunque es evidente que las simpatías del autor están más cerca de la izquierda que de la derecha, el libro no es un panfleto por el lado de allá ni una diatriba por el de acá. De hecho, es muy probable que reciba ataques desde los dos extremos en disputa. Así como quedan en evidencia las atrocidades sin parangón cometidas por la CNI y otros servicios del régimen –especialmente aterradora es la recreación de la Operación Albania, que por estos días hace noticia–, también aparece el lado más turbio del FPMR y su desastrosa escalada final.

En este punto, destaca la historia de Bigote, alias de Luis Arriagada, comandante del grupo armado que salvó con vida tras el operativo de Los Queñes, donde murieron José Miguel y Tamara, dos de los principales líderes frentistas. Bigote habría sido ajusticiado y hecho desaparecer por sus propios camaradas, que lo acusaron de ser un infiltrado. “Lo que hicieron con mi hermano fue una canallada”, dice Ada Arriagada. “No tuvo derecho a nada, a un juicio, a una carta de despedida. Es algo irónico, porque se dio de este lado y de esta forma”.

El tema de la delación es uno de los aspectos más interesantes que aborda el libro, un asunto espinudo hasta ahora muy poco tratado en la literatura sobre los grupos de izquierda de la época. En este sentido el relato de Sacha, el primer fusilero en ser capturado (en un episodio digno de la serie CSI), es la trama subterránea que cruza el libro. Aunque resistió las primeras descargas eléctricas, no pudo mantener el silencio cuando vio a su madre, esposa e hija en el centro de detención y escuchó sus gritos. Entonces entregó a dos de sus compañeros.

Sacha en realidad se llama Juan Moreno y es uno de los pocos fusileros que se quedó en Chile, tras fugarse de la Cárcel Pública de Santiago en 1990. Desde entonces vive bajo otro nombre. Ni siquiera su mujer sabe bien quién es. “La clandestinidad también puede ser una forma de eludir el pasado”, dice el autor del libro. Al mismo tiempo, otro fusilero apodado Enzo sostiene que el FPMR cometió un error al perdonar la vida de tipos como Sacha. “No fuimos capaces como organización de imponer que la traición se paga con la vida. Si hubiésemos ejecutado al primero, los que vinieron después lo hubiesen pensado dos veces antes de entregar a sus compañeros”, dice con una sangre fría no muy distinta a la de sus perseguidores.

Ahora bien, son tantos los protagonistas de este episodio, y con tantos alias, que por momentos el lector incauto puede perderse. Por eso se echa de menos un apartado final, con diagramas del atentado y una especie de quién es quién, para evitar confusiones, aspecto en todo caso fácilmente subsanable en una segunda edición. Los fusileros se lee como la mejor novela policial y revela, con una tensión de la que carecen muchos libros de historia, el olor a pólvora de una década violenta, que no solo dejó miles de víctimas sino también, como dice el autor, varios muertos en vida.