Fuimos hasta Talagante a probar Altazor 2006, de Undurraga, una viña que ha sabido renovarse como pocas, sin perder de vista el pasado.

  • 2 abril, 2009

Fuimos hasta Talagante a probar Altazor 2006, de Undurraga, una viña que ha sabido renovarse como pocas, sin perder de vista el pasado. Por Marcelo Soto.

Pocas palabras hay más contradictorias y ambiguas que tradición. Por un lado puede ser una virtud; por otra, un peso que no deja avanzar. En la industria del vino esta dualidad es particularmente compleja. No son pocas las viñas que se quedan en el pasado, viviendo de las glorias de antaño, mientras el consumidor ha cambiado y el mundo pide a gritos otro tipo de vinos.

Por todo lo anterior, resulta sorprendente el giro renovador que está mostrando Undurraga, una de las marcas más tradicionales de Chile, pero que en el último tiempo se ha puesto en la vanguardia en varios aspectos.

Para los consumidores exigentes, lo más llamativo ha sido el lanzamiento de la línea TH (Terroir Hunter) a cargo de Rafael Urrejola, que destaca por su calidad y arrojo. Sus Sauvignon blanc de Casablanca y San Antonio, sus syrah de Limarí y Maipo están sin duda entre lo mejor en su segmento (entre 9 mil y 10 mil pesos) que hoy ofrece el mercado.

Pero quizá más importante aún sea el trabajo casi silencioso que han estado haciendo con los espumantes, un tema en el cual Chile estaba, hasta hace muy poco, a años de luz de lo que la modernidad vitivinícola exigía. Los nuevos vinos con burbujas de Undurraga son una prueba de que el país puede aspirar a más y hacerlo bien en este campo, dejando atrás esa nefasta tradición de espumosos dulzones, elaborados con “lo que botó la ola”. El responsable de la consistente calidad a bajo precio que están mostrando los espumantes de Undurraga es Hernán Amenábar.

Quizá lo que le faltaba por demostrar a Undurraga –que también ha evidenciado mejoras en sus líneas Aliwen y Sibaris- era dar el salto superior, en la categoría ultra Premium, y eso puede alcanzar a vislumbrarse en el nuevo Altazor 2006, su tinto ícono.

Confieso que tengo una debilidad por este vino. Me encanta que se llame igual que una de las grandes cumbres de la poesía chilena. Vicente Huidobro, que era miembro de una familia ligada al vino y ostentaba el título de Marqués de Casa Concha, creó el poema homónimo en los años 20. Sin duda, su libro es una de la piezas fundamentales del castellano moderno. Altazor 2006 –una mezcla de cabernet sauvignon, syrah, carménère y merlot del Maipo- no puede aspirar a tanto, desde luego, aunque detrás de él está uno de los enólogos más talentosos del país, Álvaro Espinoza. No puedo decir sino que me decepciono cuando Espinoza reconoce que no ha leído el libro entero, pero el vino es sabroso, elegante, exquisito.

“Quisimos hacerlo más complejo”, me dice Alvaro una tarde ventosa en Talagante, dando cuenta del cambio que el vino tiene respecto a añadas anteriores, cuando era puramente cabernet sauvignon. “A diferencia de los monovarietales, si juegas con una mezcla logras otra dimensión, un carácter más real y menos estándar. El vino de esa forma expresa mejor su personalidad”.

Recordemos que Huidobro dijo que “un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser”. No conozco mejor definición del vino.