• 2 junio, 2010


Cada vez que me he visto enfrentado a un proyecto nuevo y me he dado como consigna “trabajar, trabajar y trabajar”, éste ha salido adelante. No hay otra fórmula.


Cada día me convenzo más de que si queremos salir adelante como seres humanos y como sociedad, debemos
mirar con mucha más atención qué valor le damos al trabajo. Una persona andaba buscándolo y yo le dije que trabajo había mucho, pero que lo que faltaba eran puestos de trabajo. Son dos cosas distintas. Mientras haya una persona que curar, una persona que requiera el servicio de un abogado, una que necesite construir, y así sucesivamente, habrá trabajo.

Sin embargo, faltan puestos de trabajo, porque muchos no consiguen insertarse en el tejido social. Son los que no logran acceder a organizaciones que –administradas con competencias y recursos de grupos de personas–, generan servicios y productos en beneficio de los demás. Por lo tanto, si queremos que Chile dé el salto en materia de desarrollo económico, urge crear más empresas, más proyectos que generen la necesidad de más hombres y mujeres que, con sus capacidades, colaboren en ellas y reciban una justa remuneración. El tema del trabajo es la clave de la cuestión social y su falta, la causa de frustraciones
y, además, un germen de violencia.

En una reunión con un grupo de jóvenes socialmente muy vulnerables, yo los animaba a que estudiaran, trabajaran, que “mojaran la camiseta” como una forma de devolver lo que la sociedad les había entregado. Grande fue mi sorpresa cuando uno de ellos me dijo que él no le debía nada a la sociedad. Esa respuesta es motivo de constante reflexión. ¿Qué hemos hecho para que algunos jóvenes no se sientan agradecidos del país y de la sociedad? Es una pregunta inquietante, porque sólo quienes agradecen buscan convertirse en aportes para los demás.

Creo que una sociedad demasiado centrada en el éxito económico no ayuda a que las personas se sientan parte de una comunidad. Chile será próspero en la medida en que cada chileno se sienta parte de él. Y ello sólo se logrará con un proyecto que incluya a todos los hombres y mujeres del país.

Clave en este sentido es contar con una buena educación, que posibilite una sociedad desarrollada en base al trabajo honesto de todos los ciudadanos. Ello obliga a pensar con mayor profundidad en lo que significa educar. Es allí donde el aporte que hace la Iglesia es insustituible. Educar es buscar la verdad y conocer lo que representa desarrollarse como ser humano. Solamente desde estas dos premisas de orden filosófico será posible levantar un proyecto a la altura de la dignidad humana. Sin verdad, sin conocerla, sin hacerla propia, es imposible encontrar sentido a la vida, al trabajo, a la vida con los demás, al sentirse parte de una nación. Por lo tanto, urge pensar nuevamente el valor que la educación asigna a los estudios filosóficos, teológicos, históricos y artísticos. Y lo digo porque la excesiva fijación de obtener buenos resultados en las pruebas SIMCE y PSU ha empobrecido estas dimensiones del
saber, que son las que le dan alma y corazón a la sociedad. Allí hay una clave poco explorada si se pretende dar un salto cualitativo en el ámbito del desarrollo del país. Lo que realmente transforma
al país son las ideas, y si logramos promover en las generaciones más jóvenes la idea de que la razón de ser de una nación es caminar en la verdad de lo que significa ser hombre y mujer, la ruta a una sociedad justa está asegurada.

Tengo la impresión de que la pregunta por el sentido de la vida ha sido desplazada por otras de orden contingente e inmediato, que carecen del horizonte necesario para proyectarse al futuro. Sólo basados en un proyecto educativo de largo aliento, que integre todas las áreas del saber, será posible una cultura nueva, centrada en la realidad más profunda del ser y no en el hacer o en el tener. Desde este punto de vista, la dimensión trascendente de la vida y su profundo vínculo con los demás ayuda a dar sentido a la acción que se realiza en el mundo, tanto en la etapa escolar como en la del trabajo. Para lograrlo, debemos mirar de qué manera preparamos a los jóvenes para que se inserten en el marco laboral, y evaluar adecuadamente qué tipo de educación estamos dando y si nuestros modelos colaboran o no para que ellos salgan con fuerza, entusiasmo y decisión a trabajar y a ser un aporte al país. Para crear fuentes de trabajo que permitan un sustento digno, tanto al trabajador como a sus familias, se ha de pensar en una educación nueva. Me parece capital reconocer en cada trabajador a una persona única; y su aporte es relevante no tan sólo para él y su familia, sino para toda la sociedad.

Es evidente que esta magna tarea no se le puede endosar sin más a las escuelas, colegios e instituciones de educación superior. Es tarea propia y prioritaria de la familia. Una educación a la altura del ser humano se fragua en la familia, la que ha de ser fortalecida.

De hecho, el primer y fundamental pilar desde el cual se edifica el hermoso, delicado y complejo proceso educativo es la familia. Esta verdad, que planteo desde mis conocimientos y estudios, está más que corroborada por la experiencia.

Y no puedo dejar de contar mi experiencia personal: además de una confianza ilimitada en la Divina Providencia, cada vez que me he visto enfrentado a un proyecto nuevo y me he dado como consigna “trabajar, trabajar y trabajar”, éste ha salido adelante. No hay otra fórmula. Sólo así habrá trabajo y,
también, puestos de trabajo.