Cuando se destapó lo de Antares de la Luz casi me voy de espaldas. Los conocía desde hacía un año y medio como “Antares del Sur”, mientras buscaba grupos esotéricos que se alistaban para el fin del mundo que debía ocurrir el 21 de diciembre del 2012. Supe de ellos en las laderas de Colliguay, […]

  • 20 mayo, 2013
Sectas

Sectas

Cuando se destapó lo de Antares de la Luz casi me voy de espaldas. Los conocía desde hacía un año y medio como “Antares del Sur”, mientras buscaba grupos esotéricos que se alistaban para el fin del mundo que debía ocurrir el 21 de diciembre del 2012.

Supe de ellos en las laderas de Colliguay, ya casi tocando la poca nieve invernal que se acumulaba sobre los cerros más altos, durante un encuentro de una conocida profesora de yoga y meditación –de iniciales J.S.C.– que tiene ahí su “Jardín de Paz”, una especie de comunidad esotérica donde se preparaban también para recibir el 2012.

Colliguay, hay que decirlo, es parte del tour de sectas de Chile y desde hace unos años se llenó de esotéricos, hippies retirados, meditadores las 24 hrs. y vendedores de jabón de soya. Pasada la cuesta del terror, a mitad del valle, hay muchas parcelas y casas de iniciados. No era raro que Antares, “Ramón Castillo”, quisiera llevar a su grupo por esos lados.

Una joven asistente al encuentro de J.S.C. me comentó:

-Por qué no entrevistas a unos cabros que venden productos naturales acá abajo, en una especie de kiosko. Ellos también se están preparando para el 2012.

Ese invierno la chica me condujo hasta los “Antares” en medio de Colliguay campo, donde varios senderos desembocan en las puertas de fundos y cultivos.

Después de una larga búsqueda los encontramos.

Me sorprendió su juventud y su aire sano. Tres muchachos que no superaban los 20. No quisieron hablar en ese momento, pero como iba con esa meditadora profunda, tres de ellos se ofrecieron a intentarlo días después, en Santiago. Me quisieron vender un queso y unas canastas con productos naturales. No quise.

Y contra todo pronóstico un día me llamaron. Me invitaron a una casa en la cota mil entre Peñalolén y La Reina. Muy familiar y muy esotérica. Con soles y lunas de azulejos pegados en las paredes ocre y terracota. Después de recibirme en chombas de lana, me hicieron pasar a un patio con quincho, pradera y piscina. Pronto mis contertulios volvieron envueltos en túnicas. Querían saber todo de mí: ¿qué iba a escribir, a quién conocía, por qué me interesaba el 2012, qué había hecho antes sobre el tema? Bla, bla, bla. Un verdadero interrogatorio.

Me dejaron solo en una habitación y salieron al patio.

Levantaron su mano derecha al cielo e invocaron en una lengua que no conocía:

-Aja eta u.

-Aja eta u.

Gritaron.

-AKI AJA U ETA UUUUU.

No sabía si reír o llorar. Después de mucho invocar, los tres susurraron entre ellos un rato y volvieron hacia mí con cara de malas noticias:

-Nuestro ser superior noosférico nos manda decir que no quiere hablar con la prensa.

Maldito marciano, pensé. Apuesto que fue porque no les compré el queso…

La noosfera, como todo el mundo sabe, es el campo energético fuera de la tierra donde con dos hielos y un poco de limón se mezclan todos estos pensamientos de seres esotéricos, chamanes, anticristos, abducidos y demases. Es la sabiduría de moda desde hace unos años.

Salí de ahí con viento fresco. Manejando a todo lo que da por las curvas del borde cordillerano. En ese momento pensaba que Antares era la estrella o una nave madre escondida por ahí en el firmamento. Nunca imaginé a un barbón de ojos inyectados.

Me parecieron inofensivos. Había visto casos peores.

En Calama esperaban la nave

Mi experiencia peor y más incierta, ocurrió en Calama 2004-2005. Algunos jóvenes, casi niños, habían comenzado a suicidarse en los lugares y formas más insólitas. Uno de los últimos era un niño del liceo público B-10 que ingresó por una ventana al prestigioso colegio Chuquicamata, donde acudían los hijos de los profesionales y supervisores de Codelco. Se ahorcó en el laboratorio.

Una semana más tarde una joven de 17 años fue hallada muerta en un bus abandonado a la salida de Calama, donde ya comienza el desierto. Estaba vestida de negro con collares hard metal y dibujos extraños.

Sumaban ya 22 muertes. Lo común hubieran sido 6 ó 7 suicidios al año. La prensa rumoreaba la influencia de sectas satánicas que estaban empujando a los jóvenes a la muerte. Era posible. Pocos años antes –en 1997– Calama prácticamente había enloquecido con el Chupacabras y un ejército de periodistas esotéricos y buscadores de pie grande habían puesto a la ciudad patas arriba. Parece que nunca se recuperaron. Yo sólo fui a constatar la tragedia.
Pero todo lo que investigaba no llegaba a ninguna parte: símbolos trash, cruces invertidas, patas de cabra y dibujos satánicos junto a los suicidas.

Llevaba una semana investigando muertes y nada. Hasta que una noche, la Policía de Investigaciones me avisó de un operativo contra un grupo que se reunía en medio del desierto. Era la secta suicida. Subimos hasta unas alturas donde unos ufólogos habían hecho con piedras un Ying Yang gigante y hacían ritos nocturnos en espera de una nave que se los llevaría a todos. La policía esperaba capturar al supuesto líder. Llevaban varios días vigilando el sitio. Yo pasé una noche congelándome. No llegó. Y la nave tampoco. Los policías desbarataron el lugar.

De pronto, tal como partieron, las muertes cesaron.

De túnicas por Chiloé

Había escrito un par de reportajes sobre estos temas y un día del 2007 llegó hasta mí una persona con los ojos vibrantes: decía que sus hijos estaban atrapados en una secta junto a su ex mujer y que no podía sacarlos. Estaban al interior de Chiloé en la Comunidad Cahuala. Pensé: Chiloé, brujos, magnetismo. Es posible.

El grupo parecía ser una empresa. Incluso una empresa exitosa.Tiene página web y ahí mismo señala que actualmente son 37 personas que encontraron en la isla sureña un espacio físico donde habitar y un espacio sicológico donde desarrollarse. Hacía asesorías en organizaciones, comunicación grupal y otras yerbas. En Castro habían fundado un colegio privado de excelencia y en Huillinco, en las cercanías del Parque Nacional Chiloé, tenían un terreno donde habían instalado sus casas, la mayoría de estilo arquitectónico como para Vivienda y Decoración en versión madera.

-¿Está seguro que es una secta? -le pregunté a mi fuente.

-No, no estoy seguro. Yo mismo la viví. Son bizarros. Están locos –me dijo.

Me contó cómo en los 80 se unió un grupo de ex alumnos del Saint George que habían fundado un grupo scout bajo la tutela de un ex profesor de filosofía. Un grupo hermético que se fue cerrando cada vez más. Hacían campamentos en Farellones, en el Cajón del Maipo y, según él, volvían cambiados. Buscaban su yo interno y quien no cumplía las reglas del líder era expulsado. Lo empezaron a llamar el Jefe.

Hasta que un día de 1987 al Jefe le dio por irse a Chiloé. Sus seguidores, me decía el tipo consternado, tuvieron que dejar familia, parejas, pololos, todo. Muchos eran parientes del red set criollo y/o familias influyentes. Pero no hubo caso. Se iban con él o quedaban en el vacío. Partieron 38 jóvenes.

-Toda una generación de los mejores alumnos del Saint George, Grange, Instituto Nacional –me decía el informante.

Fui a Chiloé tras ellos a las cercanías del Lago Huillinco. La gente me hablaba de personas extrañas que nunca salían del predio. De mujeres envueltas en túnicas que caminaban bajo la lluvia “porque estaban cumpliendo una misión”. Unos trabajadores que hicieron labores de jardinería me decían que hombres y mujeres dormían separados en casonas. A los hijos los criaban en comunidad. Sólo había un padre, el Jefe. Y lo peor:

-Que andaban con esa sonrisa eterna beatífica que te hacen sentir inferior y mugriento por preocuparte por cosas tan triviales como el dinero o el trabajo –me dijo una profesora que trabajó con ellos y luego emigró a Isla de Pascua harta de las rarezas. Demás está decir que no me dejaron entrar al predio en busca de los hijos de este señor. Y que no los vi ni en fotos.

Pero supe que tenían una oficina de asesorías en Apoquindo. Allá fui. Publiqué dos reportajes sobre la comunidad y me llovieron cartas y denuncias. Pero nada más concreto.

Después de mucho insistir me dieron una entrevista, no el Jefe, sólo unos subordinados que actuaban como robots. Y respondían siempre sonriendo. No iba a publicar eso y cuando partía, decidí esperar.

Al anochecer los vi salir a todos juntos. Cuatro hombres y una mujer. La mujer del Jefe. Caminaron varias cuadras hasta un edificio de departamentos. No contaban chistes ni conversaban. Verdaderos robots. Las luces se apagaron a las diez. Averigüé detalles. Todas las mañanas salían todos juntos y caminaban a la oficina. Ida y vuelta. Nunca hacían fiestas. Nunca llegaban visitas. Una nana hacía las compras y comentó que hombres y mujeres dormían separados. Si no estaban en el departamento, es que habían partido a Chiloé. Le di el dato a mi informante por si en alguna de esas ocasiones veía a su mujer y a sus hijos.

Esos raros que reciclan

Otra experiencia fue en el Cerro San Cristóbal en el 2006. Había surgido una polémica en la prensa porque unos padres denunciaban que un iniciado estudiante de Filosofía, Felipe Orellana, se había llevado a un grupo de jóvenes del Instituto Nacional que habían participado en un taller de autoconocimiento, a vivir a la ladera del cerro en una casa, para organizar una vida en comunidad. Así, sin anestesia.

“Engatusan a cuatro jóvenes del Instituto Nacional”, “Mayonesos los inducen a abandonar la casa y los estudios”, “Secta induce a escolares a abandonar el hogar”, decían los pintorescos titulares.

Se querelló contra el líder el entonces diputado Maximiano Errázuriz por “inducción al abandono de hogar”. Los interrogaron a medianoche en un cuartel. Los revolcaron en la TV. Pero ellos decían estar ahí por su propia voluntad. Luego desaparecieron de la pantalla.

Ahí llegué yo.

La casa no pintaba fuera de lo común. Pero al fijarse en los detalles empezaba la frontera de lo desconocido: reciclaban la basura. Cultivaban verduras. Tenían un taller de carpintería. Hacían sus propios utensilios. Cantaban en coro. Y se hacían clases unos a otros. Querían ser autosuficientes en todo: a 5 minutos del centro…

Era como si estuvieran viviendo en otro siglo, en otra época.

Felipe Orellana era ex institutano y como estudiante de Filosofía había encontrado una salida distinta al consumismo y lo material. Tenía respuestas para todo. Pero de pronto, algo me decía que no era el verdadero líder del grupo.
Curiosamente, siempre que Felipe Orellana hablaba, otro miembro merodeaba por ahí, lavando la losa, lijando una maderita, reparando una silla. Y observé que en algunas circunstancias complicadas o pequeños desórdenes, su voz era la que volvía todo al cauce. No la de Felipe.

“Éste ese es el verdadero líder de todo el asunto”, pensé.

Lo comencé a seguir, como quien no quiere la cosa. Fui varios días a la casa a tomar fotos. A observar sus clases de canto. A ver sus artesanías.

El almacenero del sector me contó que cuando salieron en la tele los vecinos preguntaban por sus peculiaridades, por qué hacen hornos solares, por qué cultivaban flores, si eran muchos, por qué desde la casa oían cantar un coro.

-¿Son monjes o algo así?, preguntaba él a su vez.

Desde afuera eran tan normales como un avistamiento de marcianos. De la casa a menudo brotaba música. Mozart al piano, un estudio para viola. O un dúo musicalizando el poema 15. O un coro ensayando un spiritual. Vivían una humildad proverbial y llena de reglas. No había fiestas, ni televisión, ni escuchaban rock. No bebían ni fumaban. Tampoco vestían de negro. O de blanco. Cuando no estaban trabajando en artesanía o en el jardín, estudiaban haciéndose clases recíprocas de esperanto, filosofía, literatura, teosofía o lo que pillen interesante. En las 4 habitaciones si no estaban practicando música, conversaban en charlas de “autoconocimiento”. Se trataban de usted por respeto. Pero les salía relajado, como en las teleseries colombianas.

-Usted Nicolás, qué opina del origen de las contradicciones…

-¡Miguel, ha visto el martillo, podría buscarlo por fa…!

Hasta que un día pude conversar con Leonardo. Un flaco huesudo y sólido como un galgo. Todo el resto observaba boquiabiertos el diálogo. Él cuestionó el periodismo. La exhibición de la realidad. No lo contradije y lo apoyé. Citó a distintos filósofos, pensadores. Agradecí crecer junto a una biblioteca. Así que cité yo a mi vez. El debate tomaba vuelo.

Las contradicciones del mundo volaban en palabras. Sarre, Gurdiejf, Rancière. De pronto di el paso: inventé un autor y un tema.

Y él dijo:

-Sí, sí claro, ahora que me acuerdo, eso también lo leí.

Eso era todo lo que necesitaba saber.

Chantas. Crédulos y un mentiroso. Eso era todo. •••