El escritor y crítico argentino Alan Pauls se explaya sobre el vendaval que se vive, una vez más, en su país. Y explica que aunque las características del desorden sean otras y las promesas incumplidas también, el caos siempre se las arregla para volver. No solo las divisas lo sufren, la gente también.

  • 13 septiembre, 2018

Por: Alan Pauls

Tres meses atrás me escribieron de un Instituto de Formación Docente de Moreno, una localidad del conurbano bonaerense, invitándome a dar una charla para los estudiantes de Lengua. Pactamos que iría el 3 de octubre. Volvieron a escribirme ayer proponiéndome aplazar la fecha. El Instituto está sin clases desde el 2 de agosto, día en que la directora y el portero de una escuela primaria de esa misma localidad prendieron la luz de un aula y estallaron junto con la garrafa de gas que penaba por calefaccionarla, cuyas pérdidas habían denunciado ya ocho veces ante las autoridades correspondientes. La tragedia recibió la cobertura mediática que merecen los hechos policiales, pero me cuentan que motivó una inspección de las instituciones educativas de la zona. Al parecer, todas son riesgosas. Las que no presentan escapes de gas como el que mató a Sandra Calamano y Rubén Rodríguez tienen paredes electrificadas, o carecen de agua, o amenazan con derrumbarse. “Al ritmo (lento) con el que el gobierno encara las obras”, me escriben, nadie sabe cuándo estarán en condiciones de reanudar las clases, que por el momento se imparten en calles y plazas.

La imagen de dos trabajadores de la educación muertos por una combinación de precariedad material extrema y desidia oficial es tan dramática, obscena y descriptiva como la que últimamente, favorecida por un invierno particularmente riguroso, viene identificando a Buenos Aires, la ciudad cuyos cajeros automáticos funcionan como refugios improvisados de homeless. Después de las 8 de la noche, en el barrio opulento de Recoleta, por ejemplo, sacar dinero ya no es tan fácil: los cajeros, a los efectos de evitar refugiados y preservar la imagen corporativa del banco, bloquean automáticamente sus puertas. Familias enteras de mendigos dándose calor contra máquinas cargadas de dinero en cubículos con luz high tech: difícil imaginar un logotipo más brutal para un gobierno que tres años atrás desembarcaba anunciando con bombos y platillos que, después de doce años de mordaza populista, el capital por fin era libre.

Lo era, en efecto. Dudo que al votante de Macri con sensibilidad social se le haya ocurrido que esa reconquistada libertad contribuiría a evitar situaciones como la de la garrafa de la escuela de Moreno y los homeless asilados en cajeros automáticos. Intuyo –me pongo en un pellejo que está muy lejos de ser el mío– que pensó, no importa ahora si con ingenuidad o sin ella, que restituiría cierta sobriedad (después de una era de vehemencia militante), cierta racionalidad “fría” (después de doce años más bien calientes), cierta estabilidad (después de un final kirchnerista más que turbulento). Vaya uno a saber qué estará pensando ahora, a tres años del desembarco, pero los cacerolazos que la semana pasada volvieron a musicalizar las calles de Buenos Aires permiten imaginarlo. Es cierto que no sonaron por la suerte de Calamano y Rodríguez sino por la corrida cambiaria, que en la escalada de la última semana de agosto devaluó el peso un 24 por ciento y frustró sueños de viajes, consumos importados y acopio a destajo de divisas extranjeras, que es la forma de ahorro predilecta de los argentinos. 

¿Será que la clase media está más atenta a los espasmos del dólar que al hundimiento de la educación pública? Todo parece indicar que sí. Digamos, para no condenarla del todo, que si se abandona tan suelta de cuerpo a la dolardependencia es porque delega la otra indignación en voceros gremialmente más pertinentes, los maestros y los estudiantes, los únicos dos colectivos, junto con el de las mujeres –sin duda el acontecimiento más notable de la escena política de estos últimos años–, que parecen dispuestos a no consentir el estado de cosas actual del país.

Lo cierto es que en Argentina el dólar sube y el pan salta de 60 pesos a 90, prueba del uso particular que en estas tierras hacen algunos de la palabra crisis y de que los vaivenes de las carteleras de las casas de cambio también afectan el mundo de la primera necesidad, ya castigado por una inflación galopante. El gobierno, por su parte, no habla de crisis sino de tormentas, eufemismo meteorológico que el presidente Macri ponía de moda al tiempo que descubría que estaba sin brújula y con instrumentos de medición descompuestos. En plena debacle cambiaria, mientras algunos de sus emisarios más eminentes volaban a Washington a explicarle al FMI por qué el país incumplía el acuerdo que acababa de firmar, Macri ofrecía un discurso de un minuto cuarenta admitiendo saber “que estas situaciones tormentosas generan angustia” y procurando aplacar a los angustiados con la noticia de “que estoy tomando todas las decisiones necesarias para cuidarlos”. Media hora después, los mercados le respondían con su laconismo habitual y devaluaban el peso otro 7 por ciento. Conclusión: los mercados no confían en el gobierno.

Se entiende el estupor: ¿no era eso a lo que Macri había venido: a reconciliar al país con los mercados? ¿No era la intimidad de Macri con los mercados, fogoneada por décadas de actividad empresaria, el activo principal con el que la coalición Cambiemos venía a acabar con más de una década de populismo anacrónico? ¿No eran Macri y su familia y sus ministros y sus contactos internacionales nuestra línea directa con los mercados que finalmente invertirían en el país y nos reconectarían con el mundo? Si el presente argentino es oscuridad y desaliento, diría que es básicamente por eso: por la decepción que el gobierno representa en el terreno y los términos mismos en que presentó alguna vez sus títulos, valores, certidumbres y ambiciones. Pensado desde la misma perspectiva de la “derecha moderna” que se jactaba de encarnar, el proyecto Cambiemos se parece mucho a un fracaso, y la Argentina cruel, errática, deprimente y degradada que las primeras planas del mundo vuelven a observar con asombrada sorna suena como el resultado de una guerra, un business plan fallido, un campeonato de inepcias o un malentendido entre poderosos que el resto de los mortales no podemos sino contemplar.

Ni sobriedad, ni racionalidad, ni estabilidad. Tormentas. Hoy la derecha en Argentina ni siquiera es capaz de asegurar el horizonte de derecha que vende. (De ahí que, ante la tormenta y desfinanciado, Macri retome el intervencionismo que vivía reprochándole a la era Kirchner, y al que culpaba de la “pesada herencia” que había recibido.) ¿Cómo explicar esa incapacidad? ¿Cómo entender que Macri sea incapaz no solo de satisfacer a quienes no lo votaron (lo que era previsible y debe tenerlo sin cuidado), sino también, y sobre todo, de satisfacer a los que sí, de satisfacer a sus socios y a su fe liberal y hasta de satisfacerse a sí mismo? 

Tal vez haya una pista (no necesariamente una respuesta) en la imagen que el presidente da cuando por alguna razón se ve obligado a actuar de presidente; esto es (mal que le pese), a hablar. Pero a hablarle a la ciudadanía, en el setting protocolar y con la bandera argentina a su lado, forzado a imaginar que habla para un destinatario más o menos general, no cuando se selfea en sus famosos timbrados casa por casa balbuceando las mismas consignas de positividad que después hace circular por las redes sociales. Su imagen es la de un alienado (en el sentido más técnico de la palabra): el cuerpo va en una dirección, las palabras en otra, y el coaching laborioso que apuntala sus performances no hace más que subrayar esa perturbadora disyunción. Tiene algo de autómata o de sonámbulo, como si declamara palabras de otro, palabras a las que nada lo une, que nunca antes leyó ni oyó y que, por supuesto, es absolutamente incapaz de imaginar por su cuenta. 

El problema no es que carezca de cualidades de orador, que aburra o que le falten ingenio, vehemencia, capacidad persuasiva. Macri no habla mal; simplemente no cree en hablar. O piensa que hablar no es más que perder tiempo, frenar, dilatar imperdonablemente eso que al parecer lo desvela: la acción. Hablar, para Macri, es como “hacer política”, algo que solo acepta a regañadientes, como concesión a un sistema de reglas que lo impacienta y que desprecia, sinónimo de retórica vacía, impotencia o corrupción. Hay una sola instancia que descree del hablar (esto es: del hacer política) tanto o más que Macri: los mercados. Solo que en apenas ocho meses, los mismos mercados con los que Macri contaba por default, socios en los negocios y la fobia a perder el tiempo, demostraron no serle tan leales, o tener otros planes, o simplemente considerar que Macri, que no cree en hablar, tal vez hable todavía demasiado para el mundo taciturno con el que sueña el dinero. ¿Es posible hacer sin hablar? ¿Es posible hacer sin (hacer) política? Sin duda, y los resultados –un país deshecho– están a la vista. Es más política, no menos, lo que salvará a la Argentina –si es que algo la salvará.