Conversamos con el enólogo de Viña Casablanca y probamos algunos de sus vinos, que están dando pasos firmes en busca de personalidad y conveniencia, una combinación digna de imitar.

  • 16 septiembre, 2008

Conversamos con el enólogo de Viña Casablanca y probamos algunos de sus vinos, que están dando pasos firmes en busca de personalidad y conveniencia, una combinación digna de imitar. Por Marcelo Soto.

Es un día soleado en Casablanca, de esos días que uno agradece estar vivo, y recorro junto al enólogo Andrés Caballero los terrenos de la viña del mismo nombre que la zona. Estamos en la parte del valle más cercana a la costa, poco antes de pasar la cuesta que lleva a Viña del Mar o a Valparaíso. El cielo es tan azul que se podría creer que aquí se encuentra la “región más transparente”.

Las parras de syrah se empinan por las laderas, entre quebradas de flora nativa que son un espectáculo de verdor. Esta ruta debería ser un destino imperdible, pienso, aunque quizá sea una suerte que todavía no suceda. Las hordas de turistas pueden esperar.

“No quiero vinos serios”, me dice Andrés, un rato más tarde, cuando nos sentamos en la sala de degustación, ubicada en medio de los viñedos. “Se están haciendo muchos vinos parecidos en todas partes del mundo, súper pretenciosos. Yo busco vinos más simples, frescos, frutales”, agrega.

Las palabras de Caballero no son gratuitas. En la mesa hay varios ejemplares de la línea Céfiro, la más sencilla de Viña Casablanca, y todos son gratos, honestos, sin dobleces. Hay un rico merlot, un cabernet sauvignon de crujiente fruta roja y un syrah que sería el mejor aliado de un asado informal con amigos. Los dos primeros son del Maipo y el tercero de Rapel; todos, de la cosecha 2007 y a un precio más que conveniente: 3.990 pesos. Una buena alternativa para este dieciocho.

Si hacen memoria, recordarán que Viña Casablanca alcanzó fama, a mediados de los 90, por sus chardonnay y sauvignon blanc, elaborados entonces por Ignacio Recabarren. Eran momentos de boom en el vino chileno y Casablanca se puso de moda. Pero luego, necesariamente, debía suceder un tiempo de transición, de definiciones.

Viña Casablanca, a mi entender, lo hizo bien. Con la llegada de Andrés Caballero han vuelto a poner el foco en buscar una cualidad distintiva, después de una etapa en que parecían haberla perdido. “Lo peor que te puede pasar en enología es que tus vinos no tengan carácter. Es difícil ser grande y tener al mismo tiempo personalidad”, dice el enólogo, quien antes trabajó en Montes y conoce los riesgos de crecer demasiado rápido.

Entre otras cosas, Caballero limpió los viñedos de Casablanca, sacando todo el sauvignon vert, una variedad menor que en Chile se solía confundir con sauvignon blanc (y todavía pasa) y optó por desplantar lo que en el valle costero no servía, como cabernet sauvignon, carménère y merlot, y concentrarse en las cepas que sí funcionaban, como syrah y pinot noir; además, claro, de las blancas.

Para sus tintos de clima más cálido, Viña Casablanca recurre a uvas de Rapel, Maipo, Colchagua y Peumo, entre otros. “Era necesario definir qué cepa era adecuada para cada clima y suelo y terminar con experimentos que no tenían mucho destino”, explica Caballero, refiriéndose a la idea de hacer un gran tinto del valle con merlot o cabernet sauvignon.

De hecho, Neblus –el ícono de la viña– en su cosecha 2005 (29.000 pesos) tiene un 60% de merlot y un 40 % de cabernet sauvignon, ambos de Casablanca, y es un tinto elegante y sabroso, pero que –según Caballero– no era viable en el tiempo con esa mezcla. Por lo mismo, la cosecha2007 se elaboró exclusivamente con syrah del valle de la Quinta Región y saldrá al mercado antes de fin de año. Una buena aproximación, por ahora, es Nimbus Syrah 2007 (7.900 pesos), también de Casablanca: fino y especiado, de textura amable y fresca. Muy bueno, aunque me dicen que está casi agotado.

Nimbus es la segunda línea de la viña y su más clásico representante, sin duda, es el sauvignon blanc, cuya cosecha 2008 (5.400 pesos) muestra un perfecto equilibro entre tonos herbáceos y cítricos. Por ese precio, una compra segura y un buen ejemplo de lo que dice la variedad cuando se planta en esa zona de la Quinta Región.

Mientras probamos un jugoso Carménère El Bosque (4.200 pesos) –la tercera línea de la compañía–, de uvas de Los Lingues y Peumo, surge de manera inevitable el tema de los niveles de alcohol, que en Chile están cada vez más altos. “El alcohol no me importa en la medida en que esté equilibrado. No trabajo para tener un alcohol bajo o alto. Riego el doble y cosecho más tarde, con lo cual obtengo menos alcohol y mayor acidez”, dice, sin rodeos.

Caballero es un tipo franco y sensato, que sabe que “el 95% del trabajo lo hace la planta”. Y, sin apuntar directamente a nadie, concluye: “el enólogo no es una estrella. Hay que buscar consistencia; que los nombres cambien, que cambie el enólogo, si quieren, pero que el vino quede y persista en el tiempo”.