La aparición de Winter’s bone –que retrata la miseria económica y moral en EEUU- es casi un milagro de la cartelera. No la deje pasar. Por Christian Ramírez

  • 7 abril, 2011

 

La aparición de Winter’s bone –que retrata la miseria económica y moral en EEUU- es casi un milagro de la cartelera. No la deje pasar. Por Christian Ramírez

 

Mirándolo fríamente no se entiende por qué una película como Lazos de sangre (Winter’s bone) llegó a nuestras salas. De verdad. El negocio chileno de la exhibición hace rato que no tiene espacio para esta clase de productos, concentrado como está en entretenciones de rápida capitalización, como La batalla de Los Angeles, y en la comercialización de unos cuantos títulos para el segmento adulto, repartidos entre comedias románticas, títulos de acción y una cuota de cine arte. En medio de eso, este filme no tiene nada que hacer.

El drama de Ree -una chica de 17 años, que a duras penas cuida de su madre enferma y sus dos hermanos menores, en una Norteamérica aquejada por heridas más aterradoras y permanentes que la actual crisis económica- viene a ser casi una curiosidad si la medimos con la misma vara que a Rango, Sucker punch o la próxima Piratas del Caribe 4.

Si no fuera porque el filme consiguió cuatro nominaciones al Oscar (incluyendo Mejor Película), nos la podríamos haber topado casualmente en su paso por el cable o en DVD. Así ocurrió por lo menos con George Washington (2000), 8 mile (2002), Man push cart (2005), Half Nelson (2006), Old joy (2006) y muchos otros exponentes del interesante “neorrealismo alucinado” que el cine americano viene alimentando con cuenta gotas, pero de modo constante, desde hace casi una década.

Aunque sus mejores realizadores –gente como Ramin Bahrani o Kelly Reichardt- continúan trabajando en los márgenes, hay consenso en que parte memorable del futuro audiovisual estadounidense pasará por aquí; más aún considerando que la pauperización de “America” dejó de estar a la vuelta de la esquina para convertirse en algo muy palpable.

Porque, ojo: el país retratado por Winter’s bone no tiene mucho que ver con el mundo white trash que aparece de tanto en tanto en los filmes de David Lynch o de los hermanos Coen, casi como recurso ficcional. Tampoco busca ser la cosa real. Si alguien quisiera una representación exacta de las actuales miserias de Branson, Misouri –lugar en el que transcurre el filmetal vez debería recurrir a un documental. El mundo habitado por Ree, sus parientes y vecinos es la versión arrasada del país alguna vez retratado por Faulkner y que hoy emerge convertido en desechos en las páginas de Russell Banks o Cormac McCarthy.

De hecho, una comparación con la reciente La carretera de este último parece de rigor, a medida que el espectador sigue a Ree en la desesperada búsqueda de su padre, delincuente que puso casa y rancho como colateral para obtener la libertad provisional y que ahora no aparece por ningún lado. La chica tiene apenas una semana para ubicarlo y conservar el hogar, pero para hacerlo debe ir al interior del condado en busca de los cómplices de su viejo, precisamente el tipo de personajes que ha estado evitando por años.

Todo indica que a la miseria económica su camino sumará la miseria moral. Una combinación no muy diferente a la que enfrentaba el Tom Joad de Henry Fonda hace exactos 70 años, en Las uvas de la ira: en dicha película –y tal como le ocurre a Ree en Lazos de sangre– Tom avanzaba por un país de dimensiones espectrales, una nación de pesadilla de la que no parece posible despertar.

Claro que, en esa cinta, el personaje de Fonda tenía de su lado a la titánica Ma’ Joad: “aquí estamos. Somos la gente que vive. No pueden borrarnos del mapa. Seguiremos aquí para siempre”, proclamaba la matriarca al final de su historia.

Ante ese discurso, Ree y Winter’s bone sólo pueden oponer un inquietante silencio.