Mientras muchos abusan de la barrica, aquí hay dos ejemplos de roble bien presente, pero bien aprovechado. Un malbec de Mendoza y un cabernet de Colchagua. POR M.S. Aparte de la absurda regulación que impulsan algunos parlamentarios, y que pondría advertencias alarmistas en las etiquetas de los vinos, el otro peligro que ronda la industria […]

  • 13 julio, 2007

Mientras muchos abusan de la barrica, aquí hay dos ejemplos de roble bien presente, pero bien aprovechado. Un malbec de Mendoza y un cabernet de Colchagua.
POR M.S.

Aparte de la absurda regulación que impulsan algunos parlamentarios, y que pondría advertencias alarmistas en las etiquetas de los vinos, el otro peligro que ronda la industria vinícola es el abuso de la madera.

No me refiero a la noble barrica francesa, sino a los chips. Resulta que muchas viñas están usando sucedáneos –polvo de roble, duelas, etc.– en sus líneas masivas, aunque nadie lo reconozca. Es una herramienta legal y puede que sirva en ciertas ocasiones. No hay problema con eso. Pero, por favor, ¡paren!

Me ha pasado que he comprado vino en la esquina de mi casa, vino de menos de $4 mil, para el día a día, y me he encontrado con ¡unos palos! Nada de fruta, solo madera. Si fuera por eso, prefiero beber agua.

El tema de la madera en el vino es como hablar de crecimiento o igualdad en economía. Una polémica de nunca acabar. Hay gente, fanática del vino, que considera que todo lo que huela a barrica es una traición. Sobre todo porque se ha llegado a una estandarización en la que ningún vino que se precie de tal puede prescindir del roble, específicamente el francés.

Y ahí, entonces, aparecen los chips y otros trucos. Para tener una idea, usar barrica francesa puede ser 50 veces más caro que utilizar duelas, que son tablas de roble de 90 por 6 centímetros, aproximadamente.

Hace un tiempo, conversando con un prestigioso profesor de enología, me decía que si un vino costaba menos de $ 3 mil y tenía aromas a madera, era porque habían usado chips. “Con ese precio por botella es imposible financiar el uso de la barrica francesa”.

Obviamente, una cosa es abusar de la madera, y otra usarla correctamente. En esa diferencia radica lo que separa a un vino bien hecho a una simple imitación.

Veamos, por ejemplo, dos vinos que probé recientemente, ambos producidos por Aurelio Montes, de quien no se puede decir que sea enemigo de la barrica. Al revés. Algunos piensan que la utiliza demasiado.

El primero es Kaikén Ultra 2004, un malbec de Mendoza de un color prácticamente negro, con bordes rojos. En nariz hay fruta negra, más unos tonos a violeta, chocolate y tabaco. Me recuerda a la chicha morada del Perú. Si tienen paciencia, verán cómo cambia este vino. Al principio sobresalen las notas tostadas, pero después de un rato y mejor si lo han decantado, aparece la fruta muy fina, muy rica, muy galana. Cereza, guinda, arándano junto a un toque floral distinguido. Es un malbec maduro-maduro, hecho con todo el know how de Montes, que algunos tildan de comercial. Sin embargo, aquí logra un vino de profundidad, digno acompañante de los mejores platos de carne que puedan encontrarse, un asado de tira como los preparan en Buenos Aires, es decir no muy cocido, pasta con ragú de cordero, o conejo fresco cocinado en vino tinto, acompañado de repollo salteado con tocino.

El segundo es un clásico, un vino que tiene muchos seguidores, en todas partes y en todos los ambientes. Probablemente no hay una etiqueta más recomendable si quieren dar una buena impresión a sus amigos. Es, cómo no, el Montes Alpha Cabernet Sauvignon 2005, de Colchagua.

De color burdeo oscuro, destaca por sus aromas a frutos secos, higos y ciruela y algo de murtilla. He probado otros Montes Alpha y este es menos barricoso, apuesta más por el lado de la fruta que de la vainilla. Los tonos de chocolate son suaves. Muy maduro, quizá demasiado, pero bien. Es parte de la religión. En boca, una estructura digna, con taninos que tienen harta pelea que dar. Final largo, a frutas y especias. Preparen unos contundentes spaguetti a la genovesa, en su versión chilena, es decir una posta rosada cocinada tres horas con tomate y callampas secas, cebolla y zanahoria y algo de vino y sirvan sobre la pasta al dente.

Un vino que le va a gustar a todo el mundo. Quizás no sorprenda, pero su estilo se nota. Altiro.