• 22 febrero, 2011


¿Dónde está la política? Está por los suelos. Hay que tirarle una toalla a la política, necesita aire y protección. Hay que darle espacio y reconocimiento.


La esposa del César tiene que serlo y parecerlo. Sin embargo, la delgada franja que separa lo uno de lo otro –y que está pegada con magia y sueños compartidos– se fracturó irreversiblemente con el caso Van Rysselberghe. Está dicho que el sentido de servicio público de la intendenta es generoso, aunque levemente apatronado. Pero el confuso incidente que protagonizó, y no obstante todas las atenuantes posibles, amenazó la pérdida de la fe pública depositada en la reconstrucción.

La ciudadanía confiaba en que alguien asumiera algún tipo de responsabilidad política en forma rápida y esclarecedora. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario: el tema se enredó al infinito, y lo que es evidente es que con la decisión final todos los sectores perdieron. Pero sin duda la más damnificada ha sido la propia política. Esto es, a lo menos, lo que muestran las últimas encuestas públicas. Lo más difundido ha sido el detalle de que por vez primera el rechazo a Piñera supera su aprobación. Pero miremos la parte del iceberg que está bajo el agua.

La gestión del gobierno también bajó a su peor nivel. Adicionalmente con la excepción de Relaciones Exteriores y Educación, que superan el 50% de aprobación, en el resto de los asuntos de gobierno la percepción mayoritaria es que las cosas no se están haciendo bien. En la encuesta Adimark, llama la atención la caída en la opinión sobre la evolución de la corrupción (de un 43% a 35% de aprobación), a pesar de que en esta administración no ha habido casos públicos de corrupción. Me parece que esto hay que entenderlo como un signo de malestar general, una expresión de que la política no trabaja para el interés público, sino que responde a sus propios intereses.

Paradójicamente, un grupo importante de ministros es muy bien evaluado, pero lo particular es que ello no se trasvasija ni al presidente ni al gobierno. Sus buenas performance no alcanzan a limpiar ni expulsar las malas vibras que acarrea la política, como si hubiera algo infiltrado, como si estos gestores remaran contra la corriente y, al final, poco pudieran hacer.

La Coalición por el Cambio supera en más de 10 puntos de aprobación a la Concertación, que llega a su nivel más bajo: apenas un 26%. Es probable que la ventaja tenga relación con el hecho de que aún perdura la legitimidad del cambio y, eventualmente, porque hay algún trasvasije de las gestiones positivas atribuidas a los ministros. Pero la amenaza es que se comience a agotar este saldo favorable, y de hecho el porcentaje de los que se identifican con el gobierno es el mismo que los que se identifican con la oposición (38%).

La debacle de la Concertación es más evidente: no tiene a dónde arrimarse; la generación de recambio transmite todavía escasa frescura y voluntad de poder. El triunvirato más posicionado –Lagos Weber, Claudio Orrego y Carolina Toha– se percibe más bien haciéndose cargo de un barco abandonado y a la deriva. Es cosa de mirarlos: se ven algo deslustrados y reactivos a las tormentas. Los parlamentarios no se salvan: el nivel de aprobación de la labor de la Cámara de Diputados llega a un 28%, y el del Senado, a un 34%.

En este contexto se produce el confuso incidente de la intendenta. Es pegarle en el suelo a la política. Ya es maltrato. Mucha falta de cariño. Es dejarla a la suerte en un descampado. No es exageración; menos, en un caso en el que evidentemente nadie gana. Quien piense que el señor delator de la falta –Navarro– pueda capitalizar algunos votitos se equivoca, y tampoco creo que le resulte a la Concertación realizar una cruzada para presentar una acusación constitucional como imperativo ético contra la intendenta. La percepción pública de que todos tienen tejado de vidrio es tan alta que estas acciones se relativizan y se pierden en el inevitable fuego cruzado que se desencadena, las defensas corporativas, las descalificaciones y, en definitiva, se confirma la percepción de aprovechamiento político. Nadie gana. Vuelve a perder la política y la gente a perderse en su ámbito privado. Por cierto, esta es una desorientación globalizada. En distintos hemisferios la política apenas se la puede, y son los ciudadanos los que toman el toro por las astas. Por dar algunos ejemplos, en Italia, a pesar de la degradación del cargo y de la sociedad machista que ha fomentado Berlusconi, la desacreditada oposición nunca ha podido aprovechar la situación. Han sido las propias mujeres italianas las que se autoconvocaron y realizaron las primeras manifestaciones relevantes en contra de Il Cavalieri. En Egipto, los partidos democráticos y los Hermanos Musulmanes nunca lograron unirse para derrocar a Mubarak: tuvieron que movilizarse los jóvenes y las clases medias para tumbar al faraón. Nosotros mismos en Chile tuvimos dos recientes movilizaciones sociales de gran envergadura y consecuencia –Barrancones y Punta Arenas– en que los partidos políticos apenas vieron pasar el tren.

¿Dónde está la política? Está por los suelos. Hay que tirarle una toalla a la política, necesita aire y protección. Hay que darle espacio y reconocimiento. No puede ser que haya un solo espacio político en toda la televisión chilena. Tenemos arrinconada a la política, la sacamos al sol para mirar sus trapitos sucios, pero hay todo un mundo de interés que nadie releva. Hay que revertir esta estigmatización, para retener y hacer volver a los mejores a la política. Chile sí puede.