Un periodista y una abogada se juntan a conversar sobre la situación del agro y del dólar. ¿Qué podría salir de allí? Ni más ni menos que un llamado a analizar el problema con mirada país, como lo han hecho naciones que hoy lideran la exportación agrícola mundial, como Nueva Zelandia o Brasil. Esa es la obsesión de María Gracia Cariola, la primera mujer en el directorio de la SNA. Por Guillermo Turner; Fotos, Verónica Ortiz.

 

  • 4 noviembre, 2010

 

Un periodista y una abogada se juntan a conversar sobre la situación del agro y del dólar. ¿Qué podría salir de allí? Ni más ni menos que un llamado a analizar el problema con mirada país, como lo han hecho naciones que hoy lideran la exportación agrícola mundial, como Nueva Zelandia o Brasil. Esa es la obsesión de María Gracia Cariola, la primera mujer en el directorio de la SNA. Por Guillermo Turner; Fotos, Verónica Ortiz.

 

Declaración previa. El autor de esta entrevista, aunque periodista de profesión, confiesa un entrañable apego al mundo rural, tras criarse en el campo y por provenir de padre agricultor. No obstante, por aquello de la imparcialidad y la necesidad de confrontar posiciones, inquiere a la entrevistada con planteamientos del tipo: “¿y por qué los contribuyentes debieran cargar con los problemas de los agricultores?”

Ella, por su parte, abogada con estudios en Chile y Estados Unidos, se declara una “conversa al campo”: encariñada con la tierra como parte de un proceso que comenzó cuando su padre –el ex senador Marco Cariola– adquirió un fundo en Puyehue y que ahora la tiene ni más ni menos que integrando la directiva de la tradicional –pero cada vez más moderna, como se apura en aclarar– Sociedad Nacional de Agricultura (SNA).

El objeto de la conversación podría ser el dólar, devaluado en el mercado local hasta el punto de alarmar al sector exportador. Pero termina por trascender la cuestión monetaria, por el simple reconocimiento de que la agricultura merece algo más que una discusión acalorada cada vez que el tipo de cambio pierde competitividad internacional. “Hablamos de un tema país”, explicita María Gracia Cariola, y a continuación nos explica el porqué.

-El hecho de que exista una conciencia internacional respecto de la importancia de la apreciación o depreciación de cada moneda, en el marco de una competencia que se da entre los países, muestra que detrás del tipo de cambio hay un tema que afecta a todo el país. Se habla de la guerra de las divisas, guerra comercial, proteccionismo. Entonces, no asumir el problema del dólar como un tema país me parece una miopía.

-Pero sería interesante saber si lo que nos afecta es la guerra de divisas o el alza del cobre.

-Yo también creo que son dos factores distintos. Antes de que se iniciara esta suerte de guerra de divisas, ya veníamos con una apreciación importante del peso determinada principalmente por el alza del cobre. Y el precio del cobre y la importancia de este mineral en la economía chilena también obligan a evaluar si se deben o no tomar medidas. Porque si en Chile produjéramos nada más que cobre, otro sería el problema. Pero resulta que no es así y somos un mercado en extremo pequeño, por lo que todo tiende a la exportación. Incluso, la industria de servicios tendrá que exportar.

-Como consecuencia, hoy se siente principalmente el reclamo del agro, pero mañana podría sumarse el sector servicios u otros tradicionalmente considerados como no transables.

-Exactamente. Surge primero en el mundo agrícola, porque desde mediados de los 80 este sector muestra un desarrollo exportador importante. Pero cualquier industria que alcance un nivel mayor de desarrollo tendrá un foco en el exterior.

-O sea que esta no es una cruzada agrícola.

-Siempre dicen que los agricultores se la pasan llorando cuando el dólar cae. Obviamente, no lo harán cuando el dólar esté alto, pero hay que dimensionar el problema más allá de la agricultura exportadora y del éxito coyuntural del cobre. Porque alguna vez ya no tendremos estos precios históricos. Entonces, ¿vamos a impedir que el resto de los sectores se desarrolle porque ahora tenemos este valor del cobre? Yo creo que así no se aprovecha todo lo que el país tiene para dar. Y, al final, nos vamos a empobrecer.

-¿Se percibe, a tu juicio, esta mirada más amplia en el reclamo de los agricultores?

-Creo que se está empezando a percibir así. El hecho de que en la discusión pública haya entrado nuevamente el tema del dólar y se esté hablando de los problemas mundiales en esta materia, está logrando establecer que se trata de un asunto más allá de la agricultura.

-¿Algún mea culpa respecto a cómo el agro ha enfrentado públicamente el tema? ¿Han sabido transmitir este mensaje?

-Hay que ver los resultados. Si no existe la percepción de que el tema va más allá de la agricultura, entonces parece que no hemos sabido transmitirlo, pero yo creo que esa percepción se está insalando.

-Lo digo por ese comentario del llanto reiterado de los agricultores.

-Pero hay bastante de prejuicio también en eso.

-¿Por qué?

-Porque también han sabido competir y modernizarse. De hecho, es el sector que más ha sabido aprovechar los tratados de libre comercio.

-Dicen que a los agricultores se les mide por la antigüedad de las camionetas. ¿Andan por estos días en camionetas nuevas o usadas?

-La respuesta es bastante más compleja, porque en Chile existen como 300 mil RUT agrícolas. El 95% son Pymes y, de esos, el 75% son Mipymes, propiedades bajo las 12 hectáreas de riego básico, que es lo que cubre Indap, que reflejan básicamente una agricultura campesina, de sustentación. Entonces, es difícil hacer un diagnóstico de los agricultores en general, porque falta mucho para que la mayoría pueda alcanzar una condición de productividad que les permita ser rentables. Ahora, más que rentables, subsisten. Ahí no hay camionetas nuevas.

-En estos casos, ¿el futuro es la concentración?

-Hay dos posibilidades. La concentración es una. Y esa es una definición que Chile debe tomar: si quiere que el desarrollo agrícola sea menos rural y más concentrado o si quiere mantener la ruralidad como una forma de vida.

-¿Y eso no lo deciden las fuerzas del mercado?

-En general no, porque cuando eres un país pequeño se necesitan, por ejemplo, políticas públicas que favorezcan una asociatividad que permita cultivar la tierra en pequeñas extensiones y lograr rentabilidades.

-¿Por cuál alternativa te inclinas?

-Tiene que ser una mezcla de las dos cosas. En Francia, por ejemplo, el campo debe ser el más subsidiado del mundo y es precioso. Pero Francia subsidia un modo de vida, porque no quiere que toda esa gente deje de vivir en el campo, deje de producir sus quesos artesanales, mermelada, miel o carne. Por lo tanto, subsidian que exista la ruralidad. Caso distinto es el de Brasil, con un desarrollo agrícola fenomenal, a través de grandes extensiones de tierra en manos de empresas muy industrializadas, pero en buena parte conseguidas a partir de lugares que no eran considerados suelos agrícolas. Chile no es un país lo suficientemente rico como para subsidiar la ruralidad en un 100%, pero tiene que defender de alguna forma la vida en el campo, también por un tema social. Son cosas que hay que pensar.

-Las cifras más bien muestran que en Chile la ruralidad va en retroceso.

-De hecho, la misma industrialización de la actividad agrícola, principalmente en la zona central, cambió la estructura de propiedad de la tierra. Ya no es un campo con patrones e inquilinos, sino varios campos en manos de una misma empresa, con administradores, menos personal permanente y más temporal. También contribuye a la urbanización, la falta de servicios en los sectores, como educación, salud, etc.

Algo más que dólar

-A nivel general, ¿qué es lo peor que está pasando en el desarrollo agrícola chileno? Lo que te gustaría evitar, si pudieras.

-Se me ocurren dos cosas. Una tiene que ver con cuál es la aproximación a toda esta agricultura campesina y la falta de educación, capacitación y la falta de políticas de asociatividad de esa agricultura con proveedores, distribuidores y clientes, para que aumenten rentabilidad.

-¿Esa es tarea del Indap?

-Sí. Y creo que la llegada de Ricardo Ariztía es muy buena en este sentido. Si bien el anterior director del Indap –a quien tengo gran respeto– tenía precisamente el objetivo de volcar el organismo al fomento productivo por sobre el asistencialismo, cosa que no terminó de lograr, el Indap siguió trabajando con un enfoque prioritariamente asistencialista. Eso es malo, porque sigue creando una brecha enorme entre la agricultura tradicional y la profesional. Y estamos hablando de extensiones de tierra, en la suma, importantes.

-¿Y lo segundo?

-¿Además del dólar? Es que este problema, además, no hay que enfocarlo manipulando al dólar, sino ayudando a las industrias perjudicadas para que avancen. El otro problema deriva de nuestro acuerdo con el Mercosur. Tenemos cero arancel y vecinos que son algunos más mañosos que otros. Así, por ejemplo, aunque tenemos mecanismos para proteger la competitividad del trigo, ingresan harinas importadas desde Argentina, con mezclas. O contamos con un sistema de certificación de la carne cuyo control es inaplicable para el producto trasandino. Nosotros tenemos que saber defendernos de estas situaciones.

-Jugamos con reglas limpias, en un mercado donde buena parte opera con canasta sucia.

-Entonces, no hay que ser más papistas que el Papa. El anuncio del presidente Piñera, en orden a contar con un sistema de salvaguardias de cuatro años, dentro de lo que establece la OMC, va en la dirección correcta. O sea, juguemos con las reglas que están, pero por qué tenemos que ser los más fundamentalistas.

-¿Chile puede ser potencia alimentaria?

-Chile puede ser potencia alimentaria de productos de calidad.

-Eso vendría siendo algo así como Chile, boutique alimentaria.

-Yo creo. Porque no contamos con las grandes extensiones de tierra agrícola que tienen Brasil y Argentina. Entonces, podemos ser potencia alimentaria de productos de buena calidad. Tenemos que encontrar los nichos y aprovechar nuestro patrimonio fitosanitario y seguir desarrollándolo. Hoy es una aspiración, porque fuera de la fruta y los vinos, el resto no existe.

-¿Cuáles son nuestras variables competitivas?

-Tienes las praderas, con un clima apropiado, tratados de libre comercio y tienes sobre lo que construir…

La experiencia de Nueva Zelandia, que optó por invertir en la productividad de sus praderas para desarrollar una industria ganadera que la potenció como nación exportadora líder en productos lácteos, sirve para ilustrar el impacto que pueden tener decisiones de fondo en torno al mundo agrícola.

-A lo que quiero llegar es dónde tiene el agro que poner el énfasis en materia de competitividad. Lo que está al alcance de los empresarios…

-Tiene que mejorar tres cosas. Una es mi obsesión personal, que consiste en seguir el ejemplo de países con desarrollo agrícola exitoso, como Nueva Zelandia y Brasil. Allí lo que se ha hecho es mejorar los suelos, se ha invertido en capital. Es como construirle un segundo piso al suelo, darle valor al suelo. Esos países se han transformado en grandes exportadores. Nueva Zelandia tomó una decisión, que incluyó también definir la estructura de propiedad de la tierra. El modelo lo pensaron bien y después lo implementaron. En Brasil había una gran parte del país no explotada. Se fertilizó e invirtió en asociación pública y privada para investigación y desarrollo, trajeron un tipo de soya que se daba en Africa, lo adaptaron a este suelo y hoy son los mayores exportadores de soya del mundo.

-¿Y la inversión en capital humano?

-Sin duda. Pero ese es un problema mucho mayor de Chile, como lo advierte el reciente Informe de Competitividad.

-¿Invierte el agro en capital humano?

-Invierte y ha cambiado la percepción al respecto. Pero otra cosa que falta es decidir si queremos una agricultura más mecanizada, con menos gente y más productiva, o una con mano de obra poco calificada y menos productiva.

-La tendencia pareciera ir a la maquinización.

-Adelantándome a lo que sí se puede hacer en materia de dólar, es implementar incentivos para mecanización con créditos en dólares para compra de maquinarias en el exterior.

-¿Cuánto de la mecanización actual es consecuencia de las mayores regulaciones laborales?

-No, creo que es un tema más bien de productividad. Lo que está pasando con la urbanización del campo, la forma como se trabajan ahora los campos es más temporal y, como consecuencia, el empleo agrícola se volvió más precario.

Cómo duele el dólar

-Bueno, volvamos al dólar. No lloran cuando el dólar está alto, obvio. Pero eso equivale a socializar los riesgos, pero no los beneficios.

-No es tan así. También se podría decir que buena parte del bienestar actual lo produjo el agro, porque fue la alternativa cuando se suponía que el cobre no tenía mayor futuro. Pero no es socializar los riesgos. El problema se origina en un desequilibrio internacional y un alza sostenida del cobre. Ello nos lleva a la conocida enfermedad holandesa. Si bien la apreciación de la moneda es buena para algunos sectores, es mala para otros. Y si estás a cargo de organizar este pastel, la pregunta es ¿dejo que siga o lo controlo?

-De partida, ese responsable tendría que saber cuál es el punto de equilibrio.

-En ese sentido es bueno tener a Sebastián Piñera de presidente, porque es capaz de darse cuenta de este tipo de problemas y afirmar, por ejemplo, que cuando analizan el tipo de cambio no ven el promedio del Banco Central, sino el de cada uno de los sectores que exportan, para evaluar cuál está más o menos afectado.

-¿La promesa de campaña de un tipo de cambio competitivo está aún pendiente?

-Desde el punto de vista de política fiscal, el gobierno ha hecho dos cosas importantes: teniendo un gigantesco terremoto, no usó los ahorros externos para financiar reconstrucción, sino que privilegió un esquema ordenado con distintas fuentes. En segundo lugar, está tendiendo a bajar el gasto público y hacerlo más eficiente. Uno no puede dejar de reconocerlo. ¿Corresponde que se haga más dada la coyuntura internacional? Quizás sí. No sé si la intervención –aunque hay momentos en que las intervenciones por parte del Banco Central son apropiadas y generan efecto– pero tampoco hay que decir de esta agua no beberé. Eso es asunto del Banco Central, pero el gobierno puede hacer más. No para manipular artificialmente el tipo de cambio, pero sí tomar otras medidas; por ejemplo, en el caso de frutas y vinos, grandes productos de exportación chilena que están clamando por una mayor inversión en imagen país.

-Pero eso, al final, ¿no es un subsidio? ¿Por qué la plata de los contribuyentes tendría que destinarse a promocionar productos específicos?

-No es promocionar una industria específica, es enfrentar competencia con otros países invirtiendo en imagen para que todos sus productos se vean beneficiados. Tú le puedes decir subsidio, yo le digo inversión en la competitividad del país, y eso no lo puede hacer sólo el productor de vino, o lo hará de forma menos eficiente.

-Concha y Toro auspicia al Manchester United con sus recursos y sin recurrir a aportes públicos.

-Pero no se trata de auspicios específicos, sino de competir con países que están haciendo importantes inversiones para promocionar su imagen. Aquí la competencia es entre países.

-Mencionaste los suelos, la imagen… ¿Qué más? ¿Barreras parancelarias?

-No, en la medida en que nos podamos defender con una comisión de distorsiones que sea eficiente. Chile tomó una decisión hace mucho tiempo y que ha sido en buena parte lo que le ha permitido crecer a través de la exportación de productos agrícolas y no tener barreras. Pero hay que cuidarse, porque a nivel global las barreras son cada vez más sofisticadas, como la huella de carbono. Porque si nos miden la huella con el transporte incluido hasta el punto de destino del producto, no hay cómo competir. Eso es privilegiar la producción local versus la extranjera.

-Y después les van a medir la huella del agua.

-Ahí también nos estamos moviendo, para ocupar mejor las aguas.

Ficha personal
María Gracia Cariola es directora de Inversiones Pathfinder y de sus filiales (Agrofruta y Vidrios Lirquén), de la Feria de Osorno, de Essal y de Inmobiliaria Santo Domingo. Es abogada de la Universidad Católica de Chile y master en Derecho de la Universidad de Nueva York. Directora de la Sociedad Nacional de Agricultura e integrante del consejo asesor de Endeavor.

Fue abogada de Simpson Thacher & Bartlett, Nueva York, y de Cariola Diez Perez-Cotapos y Cía.

La experiencia pública
La presidencia de la transversal comisión sobre mujer, trabajo, familia y maternidad, implementada por el presidente Sebastián Piñera para discutir la aplicación de propuestas claves de su campaña, como la extensión del postnatal a seis meses, se convirtió en la primera experiencia de María Gracia Cariola en el frente público.

“Para mi fue sorprendente lo gratificante, lo entretenido, lo desafiante y lo que hace sentido sentarse a pensar en un problema de interés público con una cantidad de gente que, no se trata de que piensen distinto, sino que tienen historias distintas, y sensibilidades diferentes, distintas formas de aproximarse a los temas”, cuenta y continúa: “cuando se logra construir un piso de confianza, de trabajo profesional y de buena voluntad, pensar en temas públicos –cualquiera que estos sean- resulta muy potente”.

-¿Qué sentido tienen estas plataformas ciudadanas cuando la decisión y los posibles acuerdos deben darse en el Congreso?

-En eso creo que el gobierno de la presidenta Bachelet fue visionario, porque una comisión de expertos tiene conocimientos acabados del tema en cuestión, además de libertad y compromiso para analizar los problemas y plantear propuestas que no respondan a una agenda política predeterminada, y –con todo el respeto del mundo- en el Poder Legislativo existe poca discusión sin agendas. El ideal es que el Congreso use y se beneficie del estudio, de la discusión y de las propuestas de estas plataformas ciudadanas, y lleve adelante una discusión con contenido y densidad que a su vez genere un debate público amplio y fertil. En otras palabras, creo que son una manera de generar una discusión que no se da mucho en el Congreso ni en Chile en general y por ende, de obtener mejores políticas públicas.