El nuevo libro del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa y un homenaje a Gabriel García Márquez. El aceite y el vinagre de la literatura caribeña. POR MARCELO SOTO Aunque algunos de sus relatos transcurren en selvas y tienen un componente mágico, pocos escritores latinoamericanos se parecen menos a Gabriel García Márquez que el guatemalteco Rodrigo Rey […]

  • 29 junio, 2007

El nuevo libro del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa y un homenaje a Gabriel García Márquez. El aceite y el vinagre de la literatura caribeña.
POR MARCELO SOTO

Aunque algunos de sus relatos transcurren en selvas y tienen un componente mágico, pocos escritores latinoamericanos se parecen menos a Gabriel García Márquez que el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa. Este narrador, nacido en 1958, es casi el opuesto del Nobel colombiano. Todo lo que en el autor de Cien años de soledad es desmesura y vértigo, en Rey Rosa es contención y detalle.

Ambos autores coinciden en librerías, no obstante el primero tiende a acaparar los focos, mientras el segundo a pasar inadvertido. El volumen Presencia del ausente recopila conferencias realizadas en Buenos Aires con motivo de las cuatro décadas transcurridas desde la publicación de Cien años de soledad y, como todos los libros de homenaje, es bastante desechable.

Si no fuera por dos o tres crónicas, el lector debería “pasar” de este compilado. Hablando en jerga de jugadores, diríamos que la apuesta es incierta y más vale esperar una mejor mano. El texto está lleno de los elogios que hemos escuchado una y otra vez, pero se salva por el testimonio de un coleccionista de libros que se obsesiona con García Márquez y empieza a juntar sus primeras ediciones, que pueden valer tanto como un Ferrari.

También poseen interés los recuerdos de Barranquilla que entrega un amigo del escritor, con quien se reunía en el mítico bar La Cueva de esa ciudad caribeña y las anécdotas que desempolva un periodista que le hizo dos largas entrevistas a un novelista famoso por no darlas. Aquí se descubre un rostro íntimo y poco divulgado de un autor que es tan popular como Madonna.

Rodrigo Rey Rosa, por el contrario, cultiva un perfil tan bajo que casi no existe. No se involucra en rencillas ni aparece fotografiado con presidentes. Otro zoo, su nuevo libro, acaba de llegar al país, pero hay que tener suerte o perseverancia para encontrarlo. El guatemalteco –discípulo de Paul Bowles, con quien comparte el don para retratar escenas fantásticas o violentas con una serenidad que descoloca– es un autor secreto, cuyo mundo es un lugar salvaje, plagado de bichos y pequeños monstruos y donde la crueldad es un invento humano, y es muy probable que los pocos ejemplares arribados ya estén en manos de sus escasos pero agradecidos lectores.

Pese a su aparente pequeñez, Otro zoo es un libro grande. Está compuesto por cinco relatos, uno de lo cuales –Finca familiar–, es una pieza maestra. Este cuento, que podría ser una novela breve, presenta el despertar de un muchacho a los aspectos más ruines y lujuriosos de la vida. Registra el momento en que el niño que fuimos se queda dormido y en su lugar aparece un tipo desconfiado y torpe.

En este libro nada sobra, ni una coma ni un adjetivo. Todo está en su lugar, rozando la perfección, aunque el narrador no la busca. Nada más alejado de su estilo que la idea de lo inmaculado o brillante. Sus frases tienen un sentido musical profundo, sin aspavientos ni virtuosismo. Un párrafo elegido al azar: “Por una zona sin luz en el fondo de la galería apareció de pronto un niño. Andaba sin hacer ruido, y Mary no se percató de su presencia hasta que llegó junto a ella y se abrazó a sus caderas. El niño tenía ojos negros y una sonrisa de grandes dientes blancos”.

Alguien podrá decir, con toda razón, que es antojadizo poner a Rey Rosa y García Márquez juntos, porque son como el aceite y el vinagre. No viven lejos uno del otro –a un par de horas en avión, nada más–, sin embargo en términos de obra y personalidad los separan galaxias. Con todo, ambos comparten un territorio, entre la selva y el Caribe, ruidoso y colorido, donde es imposible dar un paso sin desatar una obertura animal que sería la envidia de Wagner. El sonido y la furia.