En Cien libros chilenos, de Alvaro Bisama, el autor revisa títulos esenciales de nuestra literatura, desde una perspectiva personal y demoledora. El resultado es controversial, pero desafiante.

  • 27 noviembre, 2008

 

En Cien libros chilenos, de Alvaro Bisama, el autor revisa títulos esenciales de nuestra literatura, desde una perspectiva personal y demoledora. El resultado es controversial, pero desafiante. Por Marcelo Soto.

Hay una famosa frase de Edwards Bello que dice: “quiso ser escritor, llegó a ser escritor chileno”, que podría ser como el leit motiv de Cien libros chilenos, de Alvaro Bisama, un texto que rehúye las fórmulas y que de repente se parece a un viaje en ácido por algunos autores claves de nuestra historia. Más que el punto de vista de un académico, aquí está la perspectiva de un hijo de la cultura pop. Por lo mismo son muchas las referencias a películas, programas y series de TV, especialmente de ciencia ficción.

Aparte de citar a grupos de rock y homenajear a íconos chatarra como El Chavo de Ocho, usando varias veces la expresión “sin querer queriendo”, se repiten palabras como freak, saudade o médium, lo mismo que la idea del “peso de la noche” que aparece una y otra vez como un mantra. Esto, que podría ser un defecto, termina dotando a la obra de una noción de conjunto, de una mirada que lo atraviesa todo y hace que la suma sea mayor a las partes. Como el propio autor advierte, este no es un canon. Aquí no están los libros favoritos de Bisama, sino aquellos que conforman su idea de la narrativa chilena. Y pareciera que hay más desgarro que placer en las lecturas del autor.

Son varios los hallazgos del libro, entre otros rescatar la corriente fantástica de la literatura chilena que puede partir en Don Guillermo, de Lastarria o Desde Júpiter, de Saint Paul y llegar hasta Ygdrasil, de Jorge Baradit, pasando por La Luna era mi tierra, de Enrique Araya y Los altísimos, de Hugo Correa. Otro mérito del autor es poner en un lugar de privilegio a la historieta nacional, que en ciertos momentos puede ser tanto o más reveladora que una novela o el ensayo más sesudo sobre nuestra identidad, con títulos como Mampato, de Themo Lobos y Chao no más, de Hervi.

Particularmente atractiva es la mirada que Bisama otorga a la poesía. Los textos dedicados a Bertoni, Parra, Teresa Calderón, Bruno Vidal, Enrique Lihn, Rodrigo Lira, Juan Luis Martínez y Huidobro están entre los más logrados del conjunto. Sin ir más lejos, de los Veinte poemas de amor, de Neruda, un autor que seguramente no despierta muchas simpatías en el cronista, dice que “es una cristalería hecha con cebolla gruesa”. Gran defi nición. Cien libros chilenos –que entre otras cosas incluye en su lista al Libro Blanco del Gobierno Militar– es un texto personal y uno casi nunca está de acuerdo con el autor, pero ésa es su gracia. Es un libro que provoca, que incita, que a veces se parece al ruido de un moscardón volando sobre un caserón vacío. Es, por lo demás, el libro perfecto para una época en que está de moda hablar de libros que no se han leído.

Por supuesto, como sucede con todo tipo de antología o ranking, siempre se van a echar de menos algunos títulos, mientras otros pareciera que sobran. Pero la opción es clara. Cien libros chilenos lo que hace es construir una suerte de cosmovisión de la literatura local, que Bisama observa como una hoguera de vanidades, donde nadie es lo que pretende y ninguna expectativa se cumple.

Si esta obra fuera un hotel de cien habitaciones sería una casa de locos, de perdidos, de autistas y endemoniados. Un territorio parecido al que dibuja Roberto Bolaño en Nocturno de Chile, esa feroz mirada a nuestra literatura que el autor de 2666, al igual que Bisama, ve como infierno, como una tormenta dantesca o, en el mejor de los casos, como una pesadilla exquisita (de la que sólo Bolaño pudo escapar). Cien libros chilenos desmantela un edificio que se cae a pedazos. La vista no es muy alentadora, pero vale la pena.