En algún momento, algo pasó que nos fuimos de lleno a lo femenino. Al parecer, fue como si Ricardo Lagos hubiera agotado el arquetipo del liderazgo masculino. Y los presidenciables de ambos bandos son la mejor evidencia.

A principios de este nuevo siglo, nos dejamos llevar por la imagen de hombre de Estado –personificada en Lagos– convencidos de que nos guiaba con firmeza hacia la modernidad, surcando el Eje Pacífico y salvándonos de las más temibles tormentas. Palabra de hombre: el país desarrollado se nos asomaba por el horizonte.
Pero el viaje se volvió obsesivo y agotador. Y así pasamos a buscar una meseta, un lugar donde protegernos del viento desatado que levantaba la persecución del gigantesco anhelo de estar en el primer mundo. Fue como bajarse en alta mar del Pequod y abandonar al capitán Ahab y su autodestructiva caza de Moby Dick.
Fue como si todo hubiera sido un abuso de poder. De hecho, los estudios de opinión pública a finales del periodo de Lagos mostraban la importancia que las personas le daban a cuidar el jardín propio, por sobre llevar una vida que los impulsara a correr el cerco. Se trataba de distanciarse del reino del más fuerte.
Y ahí apareció Bachelet, encarnando el arquetipo femenino, con su imagen primordial de la madre acogedora. Aquietó las aguas y nos brindó su red protectora. Si Lagos era el pescador, Bachelet era quien nos ayudaba a pescar.
En este contexto, la emergencia de Piñera fue casi contra-cultural. No tenía por dónde ganarle a Lavín, pero lo pilló tomando demasiados tecitos con las señoras Juanita. Piñera aprovechó la situación para imprimirle un drástico cambio de velocidad a la carrera presidencial: pasó por encima de la UDI y logró que Lavín apareciera como una figura femenina desgastada, con el rímel corrido. Así, Piñera fue como si nos hubiésemos dado un último gustito de liderazgo masculino. Y como era de esperar, encarnó al hombre proveedor: no sólo aseguraba herramientas para pescar, sino nuevas e innovadoras formas de pescar.
Pero no era fácil responder a tantas expectativas. El asunto es que el liderazgo masculino de Piñera ha dado paso, en forma muy caballerosa, a los liderazgos femeninos de su gabinete. El principal exponente es Golborne. No olvidemos que su acierto fue haber acogido a las familias de los 33 mineros que acamparon en el desierto contra todo pronóstico favorable. Él se quedó con ellos, cantó temas de Patricio Manns, se quebró y luego volvió a llorar con el rescate. Encarna el arquetipo de la heroína, de la ayuda incondicional, y esto es lo que le otorga libertad e independencia (política) para cruzar fronteras.
El liderazgo femenino más sorprendente es el de Allamand. ¡Quién se iba a imaginar que el hombre rudo que cruzó el desierto, el del ceño y la quijada de Capitán América, dejaría aflorar con sutileza su faceta más femenina! Así lo vimos con honestidad y muchas emociones contenidas en el trágico rescate en la isla Juan Fernández, al igual que en su reciente matrimonio. Y hoy, con este nuevo modo de expresarse, surge por primera vez como figura presidencial no confrontacional y armoniosa. Es el arquetipo de la madre que entrega seguridad y prosperidad.
Al otro lado de la vereda, los liderazgos femeninos abundan: fuera de Bachelet, están los precandidatos Velasco y Orrego.
Quienes conocen a Velasco saben que el ex ministro es por naturaleza femenino. No lo era así ante la opinión pública hasta que ocurrió el episodio personal que enfrentó mientras era ministro, lo que le permitió expresar todo su dolor, todo su ser, rompiendo con la figura distante que tenía hasta ese momento, lo que lo llevó a los más altos índices de favorabilidad. Había nacido otro liderazgo femenino. Pero su arquetipo tiene relación con la fascinación, lo que a veces no suma, pues genera tanta atracción como envidia.
De todos los barbones, es sin duda Orrego el mayor de los liderazgos femeninos. Su arquetipo también es el de la progenitora. Como se diría en buen chileno, es “más bueno que el pan” y representa el sacrificio, la abnegación y la fidelidad de toda madre querendona. Quizá sea algo sumiso y se aprovechen un poco de él, pero se sabe que es confiable y honesto.
Todos estos liderazgos llevan años floreciendo. Si el 2010 fue de Golborne, el 2011 fue de Camila. Joven, guapa, articulada, esta heroína estudiantil encandiló el mundo, pero hoy la vemos descapitalizándose, con comportamientos más bien masculinos, como apoyar a Chávez o tomarse la sede de la UDI. Pero sin duda durante el 2012 se ha visto emerger el liderazgo más femenino de todos: Iván Fuentes. A él lo guían las emociones y todo en él es protección, cuidado y apoyo incondicional. Es como la madre que nos hablaba cuando éramos chicos y nos mostraba fotos añosas: su nostalgia por un Chile mejor nos desvela un fuerte sentido de pertenencia y el anhelo de vivir en un país y un mundo más sensible.
En este cuadro, la pareja más aplomada –y femenina– para la próxima carrera presidencial es, sin duda, la de Golborne-Bachelet.
Pero falta más de un año para las elecciones. Mientras tanto, Piñera es el que tiene que lidiar incansablemente contra este esquivo liderazgo femenino. Se ve que le cuesta mucho y no debería insistir en actitudes suyas, como las empatías forzadas o las frases rebuscadas, que palidecen ante la lírica de un Iván Fuentes. Su fortaleza está en la diferenciación, en mostrarse como la última huella del homo sapiens, bien masculino. Un Piñera más lejano, serio, concentrado en su propia cacería, que sabe llevar el bienestar al país (y gestionar las expectativas creadas). Tiene tiempo.