Los marinos dicen que, si hay algo peor que una tormenta, es el momento en que el viento se detiene. El mar y el silencio. Puede durar días. Y en la percepción de la gente ya llevamos mucho tiempo así: estancados.

Ante la pregunta de cómo se imaginan el país, independiente de quién gane, entre los encuestados no surgen perspectivas de largo plazo, ni mejores ni peores: se impone el cuadro de un país plano. En efecto, las personas sienten que el piso alcanzado amerita nuevos desafíos de futuro, pero no ven condiciones para alcanzarlos. Ése es el malestar.

Los que no votaron creen que la política no les afecta. Da lo mismo quién gobierne. Las personas reconocen cambios objetivos en su calidad de vida, en el uso del tiempo libre, en su desempeño laboral y en las proyecciones de sus hijos. Pero, paradojalmente, todos estos recursos los empujan a valorar la necesidad de tener un mayor control de sus vidas, a enaltecer la individualidad. En particular, ¡el valor de la autonomía!

Por ello, la molestia es mayor cuando se percibe que “lo institucional” –las estructuras de poder– obstaculiza la expresión del uno mismo, de aquello que se es capaz de hacer o alcanzar; cuando se siente que debido al abuso de las instituciones, o de los que detentan el poder, la autonomía no se expresa, se chanta, como así ha ocurrido con la percepción de movilidad social (encuestas Bicentenario PUC y CEP 2013).
Hoy las personas quieren confiar en que dependen de sí mismas, que tienen la capacidad y el derecho de hacer lo que quieran con sus vidas y ser tolerantes con la opinión y la vida de los demás. Es el cambio cultural provocado por las transformaciones estructurales ocurridas en la economía y en la política en los 80 y 90. Es esto precisamente lo que estuvo en juego en las elecciones. Y, como veremos, marcará la tensión que se desencadenará en el próximo gobierno.

Veamos qué ocurrió en las elecciones. En el caso de Parisi y ME-O, los electores de ambos se sintieron triunfadores por la sencilla razón de que hicieron valer su autonomía (frente al sistema), su individualidad y voz propia. Una voz de 10%, pero digna y que se escuchó en todo el país. Parisi burlándose del poder y ME-O corriéndole el cerco, y todo ello a puro pulso.

Matthei finalmente se desacopló de la tentación de pelear en el terreno de Bachelet y apostó por diferenciarse y defender un modelo de sociedad distinto. La oportunidad era darle valor al esfuerzo individual; pero lo puso en negativo. Siguiendo el molde de la historiadora Lucía Santa Cruz, lo que hizo fue atacar al modelo de sociedad propuesto por Bachelet y la amenaza de que atentaría contra los derechos personales. La gente no lo cree y las campañas del terror no funcionan ni por libro. Si hubiera seguido la pista de tipos como Felipe Kast, quien instaló la idea de que Bachelet representaba más Estado y Matthei más sociedad, habría podido tirar la hebra de la autonomía, pero no lo hizo.

En el caso de Bachelet y la Nueva Mayoría, el problema no es menor. La candidata es una figura simbólica que reconstituye una dimensión colectiva, un nosotros, pero que es excluyente de quienes están en la agenda de la autonomía o de la individualidad. Por otra parte, las contradicciones internas prevalecen al interior de su coalición. Al sobreponer el valor de la protección del Estado, se desconoce el peso que tienen los derechos individuales para las personas en el plano económico. Y para colmo, existe una solapada identidad conservadora en algunos personeros del sector, que llenan la atmósfera de intolerancia frente a ciertos estilos de vida.

Incluso, en los grupos antisistema que promueven el asambleísmo (como la ACES), hay un enorme espíritu de autonomía y un rechazo al peso de las instituciones clásicas. En este sentido, la batalla cultural que se jugará en el próximo gobierno tiene relación con el propósito de las personas de poner en acción las prácticas de negociación en busca de su propio interés, las prácticas que expresan que no le temen al conflicto y las prácticas que les permitan entrar en un juego de intercambio bajo lógicas de beneficio mutuo (ver Informe PNUD, 2009).

Para el próximo gobierno esto implicará el desafío de aprender a relacionarse de otra forma con las personas, precisamente para respetar este clamor por mayor autonomía. Para alcanzar un complejo equilibrio de una sociedad que por un lado quiere protección, pero en función de relevar el esfuerzo individual, la tolerancia al otro y la necesidad de mantenerse distanciado de lo institucional. •••