No es fácil contar un cuento, un buen cuento, quiero decir. Y cuando le das al país la “buena nueva” de que quieres ser su presidente, sin duda, tienes que tener un muy buen cuento. Uno que articule el pasado con el futuro; una identidad –tus atributos– con un propósito; una biografía como nudo dramático y modelo de identificación, como motor para alcanzar la visión de país que ofreces.

Se trata de tener un relato fácilmente repetible, al menos en la imaginación de los demás. No hay mejor cuento que aquel que un niño te pide, aunque se lo hayas contado una y otra vez. Y a eso es a lo que hay que aspirar. A traspasar la emoción contenida de que, en una de esas, tu relato pueda hacerse verdad.

El relato político se construye, precisamente, en la memoria de cada uno de nosotros y toma cuerpo en el anhelo de ser miembro de una comunidad que quiere salir al encuentro de algún orden perdido.

Nuestros precandidatos presidenciales ya están viendo con qué cuento nos salen a cautivar. Hay algunos que incluso ya tienen escenografía y todo. Es el caso de Velasco. Su campaña gráfica y creativa –Voy, Vamos, Ven– está por sobre la media. Sin duda sorprendió, y si venía medio trastabillado, ésta le permitió salir jugando. Su posicionamiento es por diferenciación: dice que no es parte del clientelismo de la Concertación y que él va adelante aunque ella venga. Su sitio web es una suma de mini-spot de programas, que los devela como “ideas con visión”. Pero no aparece la visión. Como bien dice su biografía, su cuento es estudiar y aplicar soluciones a los problemas que aquejan a los chilenos, lo que tiende a anclarlo en la figura del ministro de Hacienda, no en una figura presidencial. Al sobreexponerse el talento de su figura individual, la duda no es hacia dónde va, sino con quién; su relato tecnocrático diluye cualquier intento de instalar sus “ideas con visión” como hechos colectivos.

Orrego pregona la transparencia. No quiere engañar a nadie, es el anti-trasvestismo político. Su relato tiene un origen y responde a una tradición conocida, anclada en los valores del social cristianismo, de la reforma agraria, del voluntariado social y de la defensa de los derechos humanos y, por sobre todo, en el compromiso con las bases sociales. Su propuesta de desarrollo sería llevar la felicidad a ese mundo, como un modo de apalancar los desafíos y complejidades del día a día de las personas sencillas y de esfuerzo. Pero su gran drama es que su propia comunidad –el Partido Demócrata Cristiano– pareciera no creerle, no lo unge, ni le traspasa el relevo. Su relato es testimonial y, paradojalmente, es su propia tradición la que no le permite que su actual relato trascienda.

El relato de MEO –y su razón de ser– es la negación de la representación. Él se debe a la debacle de representación de la Concertación y su propia auto-reivindicación actual la realiza como padre o visionario de las movilizaciones sociales de los últimos años, es decir, de los que se tomaron la calle como expresión de la crisis de representación de las instituciones. Vendría a ser como el rey de los díscolos. El problema es que su relato ya está en la calle, la gente lo hizo propio. En la medida que el país que quería el 2009 ya ocurrió, su cuento ha perdido fuerza y su propia figura se ha institucionalizado. Ha intentado renovarse, pero su queja por la discriminación y cosas como el clasismo lo han llevado a instalar un relato institucional del díscolo: ante lo que él llama el otoño de la democracia electoral, su apuesta es por la democracia directa y una nueva Constitución.

Andrés Allamand le habla al corazón de lo que podríamos llamar la derecha tradicional. Su relato pretende gatillar el orgullo por el hombre de derecha con vocación de servicio público. Su plus es una biografía con un largo derrotero por el mundo público. La trayectoria como ventaja. Un relato que busca dejar a Golborne en corral ajeno: yo represento la derecha, yo soy a RN, como Longueira a la UDI. Quiere develar su figura impostada. Ya no es liberal democrático; es Marcela Cubillos, es el aborto bajo ninguna circunstancia, es el no a la sesión de terrenos a Bolivia. Es la claridad de las convicciones. Y además, encarna el espíritu republicano: gobernabilidad (política más que gestión), experiencia por sobre inexperiencia, político por sobre empresario. Pero por ahora su relato no alcanza a encantar a toda su comunidad, no la moviliza, no da cuenta de un anhelo a alcanzar.

Golborne hace justo lo contrario. Construye un relato no para las primarias, sino para las presidenciales. Por lo tanto, no le habla al corazón de la centroderecha, sino al 50+1 del país. Se abre a temas como el aborto, no descarta algún arreglo con Bolivia y destaca su independencia política. Trabaja para ganarle a Bachelet y no a Allamand. Él es la verdadera gestión: no es el dueño del negocio –como Piñera–, sino el buen jefe. El jefe que entiende a la gente y que sabe lo que quiere, que no es otra cosa que lo que todos deseamos: acceder y aprovechar las oportunidades. Es la narrativa de las oportunidades. Es Piñera 2.0, ahora sí. Representa los valores de la construcción de la riqueza, acompañados de la experiencia en carne propia de la meritocracia. Lo que no impide que todos los días igual lo suban a la pesa, para asegurarse que está en la categoría de los pesos pesados.

Y Bachelet, bueno, más que un relato, lo que nos llega desde el hemisferio norte apenas son sondas.
En fin, todavía hay muchos relatos por tejer; seguirán evolucionado y otros tendrán que aterrizar. Veamos que nos depara marzo. •••