Los Jaivas cumplen 45 años de carrera. Carrera no exenta de tragedias, pero sí testigo del mejor y más acabado experimento de fusión latinoamericana salido de las canteras de la cordillera de Los Andes.

  • 22 agosto, 2008


Los Jaivas cumplen 45 años de carrera. Carrera no exenta de tragedias, pero sí testigo del mejor y más acabado experimento de fusión latinoamericana salido de las canteras de la cordillera de Los Andes.

 

Los Jaivas cumplen 45 años de carrera. Carrera no exenta de tragedias, pero sí testigo del mejor y más acabado experimento de fusión latinoamericana salido de las canteras de la cordillera de Los Andes. Por Andrés Valdivia.

Un excelente crítico chileno de música escribió por allí que Los Jaivas eran algo así como los hijos no reconocidos de Jimi Hendrix y Violeta Parra. Y claro, la imagen funciona, no sólo a nivel nominal, sino que también en el fondo: pocas bandas latinoamericanas han logrado acercarse con éxito a la raíz andina y folklórica de la música del continente desde la trinchera lisérgica de la experimentación saturada que propuso Hendrix con la lucidez y la fuerza que Los Jaivas imprimeron a su trabajo. De hecho, no suena exagerado decir que esta banda de la quinta Región es la agrupación más importante a nivel de alcance global de nuestro escuálido Partenón de glorias roqueras. Sólo quizá Los Prisioneros, por ese cúmulo de razones diversas y a veces misteriosas que llamamos rock and roll, podría llegar a eclipsarlos.

La historia de los hermanos Parra y el Gato Alquinta (y otros más, por cierto) es conocida, pero siempre es sensato echarle un vistazo: nacidos y crecidos en Valparaíso y agrupados bajo el nombre High-Bass, estos jóvenes músicos funcionaron en sus comienzos como una banda de caballeritos de gomina y traje de fiesta, alegrando bailes universitarios y quermeses. Al llegar el fin de la década de los sesenta –y con ella la reforma universitaria y la explosión del amor libre– la conciencia local y el discurso imperante hicieron que la banda cambiara su nombre a Los Jaivas y que comenzara una época de experimentación musical. No eran canciones sino más bien piezas musicales al más puro estilo del rock de vanguardia de esos años (léase Pink Floyd) lo que se escuchaba salir de la sala de ensayo de la banda. Junto a la experimentación llegaron los pelos largos, la hierba y todo el paquete de lo que aún podemos consignar como la moral “artesa”. Al comenzar los setenta, algunos dicen presionados por los productores y las casas disqueras, el grupo comienza a incluir melodías y estructura a su propuesta. La veta folklórica ya estaba presente en el ADN de la banda, sólo faltaba dar con el tono preciso para infundir en lo que ya todos habían  escuchado esa fuerza eléctrica que estos jóvenes músicos escuchaban en los vinilos de sus héroes foráneos. Desde esa perspectiva, Los Jaivas tuvieron cojones: en medio de los vapores nacionalistas de nuestro episodio de la guerra fría, admirar a un músico norteamericano y enarbolar una zampoña al mismo tiempo no debe haber sido un asunto simple.

Y así fue cómo, casi una década después, y ya instalados en el exilio parisino y en la vida comunitaria del hipismo más ortodoxo, Los Jaivas se embarcan en Las Alturas de Machu Picchu, la musicalización de los versos de Pablo Neruda. Fue no sólo la obra más celebrada y potente de la agrupación, sino que además los catapultó como una banda internacional, respetada y querida. Hay algo en esa placa que es absolutamente mágico. Por un lado está la presencia andina en los arreglos, pero es probable que no exista un disco firmado por compatriotas nuestros donde esa expresión adquiera la altura estética y la profundidad emotiva que Los Jaivas lograron.

Luego vinieron los tiempos del regreso a Chile y de la tragedia. Primero Gabriel Parra, probablemente el baterista más interesante de nuestra historia y pilar central de la estética Jaiva, y luego, pero mucho después, el Gato Alquinta, especie de ícono del artesa chileno. Mermada irremediablemente, la banda ha intentado mantenerse a flote, pero a pesar de que esta columna quiere ser un homenaje, hay que decirlo: Los Jaivas tienen sus mejores años a sus espaldas y que cumplan 45 años de carrera y que no pretendan dar saltos por los escenarios a la Rolling Stone es un enorme ejemplo de amor propio.