Si en la sociedad meritocrática los títulos y grados académicos al final, paradójicamente, operan un poco a la manera de los antiguos blasones de la sociedad aristocrática, la necesidad de distinguir entre los abolengos que son verdaderos y los falsos volvió a la palestra después del vergonzoso episodio protagonizado por la filósofa Carolina Depassier en […]

  • 23 marzo, 2007

Si en la sociedad meritocrática los títulos y grados académicos al final, paradójicamente, operan un poco a la manera de los antiguos blasones de la sociedad aristocrática, la necesidad de distinguir entre los abolengos que son verdaderos y los falsos volvió a la palestra después del vergonzoso episodio protagonizado por la filósofa Carolina Depassier en Chiledeportes. En La Tercera, el historiador Alfredo Jocelyn-Holt escribió una afilada columna recordando que varias figuras públicas se han visto en la necesidad de reconocer su historial académico trunco o grados o títulos inexistentes o mal atribuidos. Entre los casos que cita está el del rector de la UDP Carlos Peña, abogado, que no terminó sus estudios de sociología en la Universidad Católica y tiene todavía pendiente su doctorado en filosofía de la Universidad de Chile. Aunque Peña firma sus artículos académicos como abogado y con los cargos que ha ocupado en la UDP –decano de Derecho primero, vicerrector académico en seguida y rector en la actualidad– es cierto que se ha dejado querer en los medios y en internet por biografías que lo dan como magíster en sociología de la UC y doctor en filosofía de la U, sin desmentirlas. El otro caso citado por Jocelyn-Holt es el de José Joaquín Brünner, quien reconoció a La Tercera no poseer otra acreditación académica que la licencia secundaria y “un certificado expedido por el gobierno de S.M. británica por un programa de instrucción en administración universitaria equivalente a lo que en Chile sería un título de técnico de nivel superior”, explicación que al autor de la Historia General de Chile le convence poco.