Nos creemos modernos, despabilados por la razón y libres de supersticiones, pero esta imagen auto gratificante suele alejarse de la realidad. Sin someterlas a examen, recibimos como verdades las declaraciones del gurú de turno.

Deben contarse con los dedos de una mano los lectores chilenos de Thomas Browne. Son pocos, pero fieles. Este escritor londinense del siglo XVII, traducido por Borges y Bioy Casares, escribió un libro titulado Inquisiciones sobre muchísimas aceptadas doctrinas, y comúnmente presuntas verdades. Se trata de un texto redactado de noche, a la luz del aceite, para expurgar la cultura de su tiempo de los errores que oscurecían el trabajo de un intelecto despierto. Browne abogaba por la inteligencia inquisitiva que evita rendirse al fácil encanto de las nociones recibidas. Sostenía que la verdad “yace en el fondo de un pozo”, y que ésta “no se recupera sino por extracción”, con esfuerzo y diligencia.

Doctor en medicina por la Universidad de Leiden, Browne actuó como el médico de cabecera de una razón enferma, diagnosticando sus males y proponiendo los remedios para contrarrestar esos padecimientos. Su vasto catálogo de errores se lee como una contra-enciclopedia que documenta, con una erudición omnívora, los tempranos extravíos de la razón moderna. Browne tiene en mente los errores mediante los cuales las personas se engañan entre sí y, a su vez, se engañan a sí mismas. No se ocupa únicamente de las supersticiones vulgares o de las versiones más rústicas de la ignorancia, sino también de las faltas de las mentes eminentes de las mejores universidades de su época (universidades de las cuales señaló que podían estar llenas de estudiosos, pero “vacías de saber”).

Por eso dedicó tanta atención a las formas de la credulidad y a sus patologías. La credulidad, advierte, es ese “consentimiento fácil a lo que se les impone, o un creer a primer oído lo que otros declaran; es ésta una debilidad del entendimiento, que sin examen asiente a cosas que, por sus naturalezas y causas, no ofrecen ninguna persuasión; por lo cual los hombres suelen engullir falsías por verdades, dudas por certezas, factibilidades por posibilidades, y cosas imposibles como si fueran posibles”.
Las fabulosas encarnaciones de la credulidad que Browne disecciona –creer que la sangre de cabra ablanda los diamantes; que a los hombres, por ser hijos de Adán, les falta una costilla; que la mandrágora sólo crece al pie de los patíbulos; o que el castor perseguido se arranca los testículos con sus dientes para eludir al cazador— no son comunes hoy día, supongo.

Nos creemos modernos, despabilados por la razón y libres de supersticiones, pero esta imagen auto gratificante suele alejarse de la realidad. La credulidad sigue siendo una fuerza activa que infiltra lo que pensamos, conversamos y escribimos. Con frecuencia no sometemos a examen las verdades recibidas. Los argumentos de autoridad o la fe ciega en lo que dicen los gurús de turno siguen estando a la orden del día. Esa autoridad ante la cual declinamos nuestra facultad crítica puede ser un profesor de Harvard aficionado al Power Point lúdico, los últimos indicadores de la OCDE, la prédica light de la psicóloga superventas o una encuesta piñufla invocada por los medios como oráculo de la sociedad chilena.