A principios de año, saliendo del Angelika Film Center después de una función en digital de The Master, pensaba si acaso el puñado de gringos que la había visto conmigo estarían igual de colgados que yo. Parece que sí, porque varios huyeron rápido, sin mirarle la cara a nadie, directo a la calle, al metro […]

  • 22 febrero, 2013
The Master

The Master

A principios de año, saliendo del Angelika Film Center después de una función en digital de The Master, pensaba si acaso el puñado de gringos que la había visto conmigo estarían igual de colgados que yo. Parece que sí, porque varios huyeron rápido, sin mirarle la cara a nadie, directo a la calle, al metro y al frío, como si la propia película los estuviera expulsando. Por entonces la película ya tenía medio extinguida su vida en salas y nadie se acordaba de la tremenda excitación generada con su debut en el Festival de Venecia y sus gloriosas proyecciones en 70 milímetros. La ansiosa espera por la nueva obra maestra del director de Magnolia se había disuelto de golpe tras el espasmo inicial, generando “apenas” tres nominaciones al Oscar para sus actores principales y la ya rutinaria espera por el blu ray (que sale en un par de semanas, coincidiendo con el tardío estreno chileno en salas). En términos mediáticos, la película estaba liquidada. Lo mejor que le podría haber pasado, la verdad.

Es el perfecto antídoto para moderar las expectativas sobre una película muy distinta a la que uno se había imaginado leyendo los adelantos en la prensa e internet. Según estos, The Master era un filme sobre los comienzos de la cientología –la religión/culto que reclutó a miles en la segunda mitad del siglo XX– al mismo tiempo que un gran duelo actoral entre Philip Seymour Hoffman (que encarnaba al maestro) y Joaquin Phoenix (en el rol de una suerte de aprendiz). A eso había que sumar la continuación del portentoso retrato de Estados Unidos, ofrecido por Anderson en la enérgica Petróleo sangriento (There will be blood), de 2007, pero con Hoffman ocupando el magnético y autoritario espacio habitado en dicho filme por Daniel Day-Lewis.

Y algo de todas esas suposiciones hay, porque –al igual que en su película anterior– The Master es una historia de época que enfrenta a dos voluntades que parecen antagónicas, pero que en el fondo se sienten extrañamente complementarias: la de Freddie Quell (Phoenix), un veterano de la Segunda Guerra que rápidamente acaba convertido en vagabundo y buscavidas, y la de Lancaster Dodd (Hoffman), mezcla de filósofo y sofisticado charlatán que recorre el país buscando nuevos conversos para algo que él llama “La Causa” y que está a medio camino entre el misticismo y la autoayuda.

Es Lancaster a quien sus seguidores llaman, con reverencia y simpatía, “The Master”, pero desde el primer minuto queda claro que para el grupo de cineastas –Anderson (en dirección y guión), Mihai Malaimare (en fotografía) y Jonny Greenwood (en la banda sonora)– la relación entre los protagonistas no será la de maestro y discípulo, sino un lazo mucho más horizontal: después de diversas correrías, Quell se cuela de polizón en el barco que desplaza a Dodd y sus seguidores, y cuando es descubierto no parece muy fascinado por lo que ve. Es “el maestro”, en realidad, quien parece más interesado por lo que el destino le depare a este pobre y desequilibrado mortal, una persona quebrada en dos –¿por la guerra, por su historia personal?–, alguien capaz de dejarse llevar al completo por el descontrol y las mareas de su entorno. El hijo natural parido entre una nación y un siglo en crisis.

Esa perspectiva de posguerra cobra sentido a la luz de la confesa admiración de Anderson por el documental Let there be light (1946), que John Huston rodó en diversos hospitales siquiátricos y que presentaba en directo los estragos mentales dejados por el combate en los soldados (tan importante resultó el documento, que viene incluido en el blu-ray de The Master), pero a medida que la trama avanza, se vuelve más y más fuerte la tentación de ligar su historia con los estados de ánimo transmitidos a principios de los años 50 tanto por los novelistas “noir” como por los escritores de ciencia ficción y los de la era beat: desestabilización, inquietud, velocidad, fulgor, miseria, revelación.

Así, encorvado sobre sí mismo (al extremo que casi duele mirarlo), Freddie Quell se convierte, en forma inadvertida, en la viva encarnación de los existenciales vagabundos imaginados por Jack Kerouac y sus sucesores (con una intensidad que la ridícula adaptación que Walter Salles hizo de On the road sólo podría soñar). Al menos, esa es la perspectiva que Lancaster adopta para estudiarlo, novelarlo y, en suma, integrarlo a “La Causa”, para horror de sus discípulos y familiares más cercanos.

La extrañeza y el canon

Puesto todo eso en papel, The Master todavía emerge como un drama tradicional, de esos que la Academia disfruta viendo y luego premiando, pero en su inmensa atracción por el descalabro y por lo indomable, la forma misma de la película resiste esa clase de estandarización: aunque transcurre en forma cronológica, la trama va distorsionándose y fragmentándose, como si fuesen episodios arrancados de los sueños o de los alterados recuerdos de sus protagonistas, tan atonales como la banda sonora que los va acompañando, destruyendo en el camino todo intento de comparación o de denuncia de la religión de Tom Cruise, o los delirios de volverse un virtual crisol del siglo imperial americano. El efecto es extrañísimo, como si la película y su ambición colapsaran sobre sí mismas, dejando libres tanto a sus personajes como al espectador.

Quienes busquen entre los escombros podrán encontrar muchísimo material: la tensión que emerge del dúo de Freddie y el Maestro evoca la bíblica y economicista confrontación entre Daniel Plainview y el pastor Eli Sunday en There will be blood; pero esa misma relación puede trasladarse a otros planos mucho menos místicos, como el de homenaje al formato de “pareja dispareja”, muy común en la época en que está ambientado el filme, desde Abbott y Costello hasta Dean Martin y Jerry Lewis. Y si uno quiere empujar el carretón hasta confín también se puede, ya que The Master incluso deja espacio dentro de sí para insinuar conexiones cervantinas y shakespearianas (Freddie/Quijote/ Falstaff versus Lancaster/Sancho/Príncipe Harry, etc).

Y podríamos seguir y seguir, mientras el jueguito de relaciones se espesa sin fin; pero mientras más avanzo en la tarea, más marciana se me vuelve la película y pienso lo bien que le calza esa frase de Harold Bloom sobre cómo la extrañeza de ciertas obras de arte acaba por devenir en lo canónico, ya que poseen “una forma de originalidad que, o bien no puede ser asimilada, o bien nos asimila de tal modo que dejamos de verla como extraña”. Amén, pues…•••