• 2 junio, 2010


Las personas perciben que para Piñera ahora su empresa es el país, que los ministros son expertos en sus áreas y están sometidos a una rígida fiscalización. Pero la incertidumbre subsiste.


Hágase la luz, y la luz se hizo. Quienes votaron con los ojos cerrados por Piñera, e incluso quienes no lo habrían hecho ni ciegos, ven hacerse realidad lo que antes parecía artilugio de campaña: la nueva forma de gobernar. Hoy Piñera puede atribuirse un logro no menor: gran parte de los sectores emergentes –los C3 y C2– ve que hoy sí existe poción contra el abuso de poder y la incompetencia latamente atribuida a la política. No se trata de una mera elucubración sociológica. La instalación del gobierno tiene un nítido sello en torno a la eficiencia, que la gente reconoce en expresiones formales y rasgos concretos, lo cual es confirmado por cualquier estudio de opinión serio.

Las personas perciben que para Piñera ahora su empresa es el país. Y no hay dudas de las implicancias que esto tiene para la administración del Estado. Los políticos se han ido, ya no hay cuoteo, ya no son los mismos que se cambian de cargo y la corrupción parece alejarse. Todo lo contrario: entraron los especialistas y a cargo de cada ministerio hay un sujeto con excelencia académica o un exitoso empresario.

Pero también perciben que todos ellos están a prueba. Quien no lo está es Piñera. El Estado tiene un jefe, este súper gerente sabe lo que quiere y va a exigir rapidez y resultados. Y así sus ministros tienen metas y plazos que cumplir. Con su perfil todo terreno y chaqueta roja –como buen supervisor de retail–, deja claro que no habrá metro cuadrado que deje de fiscalizar. Esta fórmula de gestión transmite dos atributos: la tranquilidad de que las cosas están en manos de especialistas y la transparencia que otorga el accountability prometido.

Es por ello que la gente ve con cierto optimismo lo que ocurre en el plano público y otorga legitimidad al nuevo jefe del sistema público. Pero, ¿por qué Piñera no sube en las encuestas y por qué, por primera vez, la tendencia indica que el gobierno y la categoría ministros son mejor evaluados que el presidente?

Habría que decir que puede estar ocurriendo algo que es frecuente en las empresas: los jefes no son los más queridos. Las personas saben que ellos tienen sus intereses y que su tarea no es ser simpáticos. De hecho, es común que se sientan más identificadas con la empresa (la marca; en este caso, el gobierno) que con los jefes. Por otra parte, –paradoja de por medio– hoy las personas confían más en la dimensión de la protección social que en los beneficios de la dimensión de crecimiento económico propia de un gobierno de derecha. Perciben que sin peajes ni intermediarios abusivos se aseguran a futuro mejor educación y salud. Es cosa de darle tiempo al tiempo. Pero este buen desempeño no se ve acompañado de un evidente despliegue de energía por parte del sector empresarial. De hecho, frente a la pregunta de cómo ve la situación económica, más bien prima la duda de que se resuelva la brecha entre el costo de la vida y los sueldos.

Así, hoy convive un cierto optimismo sobre el futuro con una incertidumbre relevante sobre el presente. El jefe público es el vehículo hacia un mejor futuro, y el jefe privado –el de todos los días– es un golpe con la dura realidad diaria. Es posible afirmar que la actuación de los empresarios en los primeros meses del gobierno de Piñera todavía no agrega valor a la construcción de confianza. En general, se percibe que hay un acuerdo entre gobierno y empresas, o al menos de que ambos están en la misma cuerda.

Se produce un círculo virtuoso entre gobierno y empresas, cuando las personas perciben que éstas –los jefes privados– están motivadas a ir más allá, que son capaces de tomar el impulso de Piñera, de invertir, innovar, crecer y arrastrar a su gente en este espiral.

Pero esta magia se pierde cuando se percibe que el acuerdo es sólo una defensa mutua de intereses. Piñera, a diferencia de Bachelet, sí necesita empresarios jugados y señales concretas de crecimiento. De hecho, está la suspicacia de que, ante las medidas supuestamente antiempresariales del gobierno, los empresarios estarían tratando de recuperar en algún lado lo que por otro se pierde. Tras el terremoto fue posible identificar un reconocimiento de compromiso empresarial renovado, pero ante la ausencia de un compromiso explícito en otros planos, lo que impera es la percepción de que es el gobierno –el jefe público y su dimensión empresarial– el que empuja a las empresas a colaborar; que es el gobierno el que las incorpora y “gestiona” para que se sumen a la causa. Y esto no sólo no reditúa a Piñera en las encuestas, sino que confirma que, en el corto y mediano plazo, los empresarios están expectantes, y no jugados. Y eso gatilla incertidumbre pura.

El colmo –y esto no está en la opinión pública, sino en los pasillos de las empresas– sería que éstas restringieran el engagement social, que sólo cumplieran con la ley y. como muestra amenazante, delimitaran en forma significativa sus programas de responsabilidad social. Ahí sí que se rompería simbólicamente el círculo virtuoso gobierno-empresa, un aspecto que se considera inherente al actual gobierno para darle su aprobación con más confianza.